Sin categoría

La mala suerte de los sin tocayo

Los nombres propios siempre han suscitado curiosidad y debate. Muchas conversaciones informales contienen alusiones a la extrañeza de éste o aquel nombre. O derivan en opiniones sobre las inclemencias de la vida de los sin tocayo. Hasta hace algún tiempo, sin embargo, este tema no parecía llamar la atención de los académicos o de los medios de comunicación. Pero esta situación está cambiando. Hace unos meses el diario El Tiempo publicó un editorial que planteaba una pregunta peculiar: “¿Tienen derecho los padres a adjudicar al hijo el nombre que se les ocurra?”. El mismo editorial insinuaba una respuesta: “Nuestra Constitución defiende el libre desarrollo de la personalidad, pero siempre y cuando lo ejerza el sujeto titular del derecho. Una cosa es que un adulto resuelva llamarse Deportivo Independiente Medellín (lo que ya es bastante esperpéntico) y otra muy distinta, que los progenitores condenen a una criatura indefensa a sobrellevar la gracia de Cabalgatadeportiva”.

Los nombres propios son usualmente usados por los empleadores para discriminar en contra de los aspirantes a un empleo, bien sea porque los primeros tienen preferencias de raza o de clase y asocian algunos nombres atípicos con afiliaciones raciales o socioeconómicas. O alternativamente, porque los empleadores tienen información imperfecta sobre los aspirantes y utilizan sus nombres como una forma sencilla para inferir las calificaciones y los atributos relevantes. Este comportamiento ha sido confirmado por varios estudios basados en experimentos ficticios con hojas de vida, realizados en los Estados Unidos. Los estudios mencionados comienzan por asignar aleatoriamente a las hojas de vida nombres típicamente negros (Lakisha o Jamal) o nombres tradicionalmente blancos (Emily o Greg). Una vez asignados los nombres, las hojas de vida se envían por correo a miles de potenciales empleadores tomados de los avisos clasificados de los periódicos. Los estudios muestran que los candidatos con nombres “blancos” deben enviar, en promedio, diez hojas de vida para recibir una llamada a entrevista, mientras que los candidatos con nombres “negros” deben enviar 15 en promedio. Seguramente lo mismo ocurre en Colombia. Algunos jefes de personal dicen abiertamente que discriminan según nombres o vecindarios. Otros manifiestan que descartan las hojas de vida que usan formas estandarizadas.
En últimas, este comportamiento se refleja en los salarios. Un estudio reciente realizado en la Universidad de los Andes (por Alejandro Gaviria, Carlos Medina y María del Mar Palau), muestra que un nombre atípico puede reducir el salario hasta en un 15%. El estudio compara parejas de individuos con los mismos atributos: la misma educación, la misma experiencia laboral, el mismo lugar de residencia, la misma afiliación racial y la misma educación de los padres. Simplemente uno de ellos tiene un nombre atípico y el otro un nombre común. Para los individuos con más de cinco años de educación, los “agraciados” con un nombre atípico ganan 15% menos. Para los individuos con más de once, 16% menos. Y para las mujeres con más de cinco años de educación, 17% menos.
Pero así y todo, los nombres raros son (paradójicamente) cada vez más populares. En la Costa Atlántica, el 12% de los jefes de hogar no tienen un tocayo entre los 20.000 informantes de la Encuesta de Calidad de Vida del Dane. En la Costa Pacífica, el 11% sufre del mismo exceso de originalidad. En Bogotá y en Antioquia, los porcentajes están cercanos al 5%. Y la tendencia, de nuevo, es creciente.
Muchos padres ignoran los efectos adversos de un nombre raro. O no son plenamente conscientes de los mismos. Otros sí son conscientes de los costos pero deciden ignorarlos. Muchas veces los padres escogen los nombres de sus hijos con el fin de afianzar sus identidades ideológicas o raciales. Otras veces simplemente desean expresar sus expectativas o aspiraciones con respecto a sus hijos (Yesaidú por “Yes, I Do” y Juan Jondre, por “One Hundred” son ejemplos extremos mencionados). Otras más, las escogencias son caprichosas. Los nombres mezclados o invertidos son comunes. Lo mismo que las elaboraciones sobre los nombres de personajes famosos o sobre temas recurrentes de la cultura popular. Recientemente, The New York Times reseñó el caso de Gilberto Vargas, un vendedor ambulante venezolano, quien les dio a sus cuatro hijas los nombres de Yusmary, Yusmery, Yusneidi y Yureimi, y a sus dos hijos los nombres de Kleiderman y Kleiderson. Los nombres de los niños fueron tomados del pianista francés Richard Clayderman (originalmente Phillip Pages), y los de las niñas, según el testimonio del mismo padre, fueron completamente caprichosos: ocurrencias de ocasión que, seguramente, resultarán, bastante costosas.
En suma, los nombres atípicos no sólo señalan una pertenencia social específica, sino que pueden también contribuir a deprimir las oportunidades laborales y por ende a afianzar las brechas sociales. Aparentemente los nombres se han convertido en un factor más de exclusión y discriminación. Pero más allá de las especulaciones sociológicas, 15% parece un costo muy grande para un capricho o un exceso de originalidad.
Sin categoría

Los enemigos de la libertad

“No hay un estado policiaco en Venezuela, por ahora al menos”, escribió recientemente Francis Fukuyama en un ensayo publicado en el Washington Post y reproducido por el diario El Tiempo. Pero la tendencia es clara: el estado policiaco parece la culminación lógica del proceso venezolano. El totalitarismo es una enfermedad de progresión lenta, que aprovecha la pasividad de las víctimas y (sobre todo) la actividad de los victimarios. Los tiranos no nacen, se van haciendo. Van ampliando su área de influencia con la ayuda de los muchos voluntarios dispuestos a sumarse a la causa despótica.
Los síntomas totalitaristas del régimen de Chávez no necesitan ojo clínico. Saltan a la vista. Basta con citar una declaración reciente del ex senador, ex canciller y vocero de la revolución bolivariana William Izarra. “Hay personas que salen de la casa donde damos las conferencias convencidas de lo que decimos, pero se impregnan otra vez de la realidad que es otra vez la televisión, el carrito por puesto, la rutina de ir al colegio, de lavar la ropa y esa rutina es contrarrevolucionaria… Hay alienación… Incluso los caballos (las carreras de), aunque sea una industria que permita programas sociales, es alienación. A mi juicio, el béisbol profesional es alienación”.
El régimen, en últimas, no parece contento con la eliminación de los contrapesos al poder presidencial. No parece satisfecho con la supresión de la libertad de expresión. No parece conforme con la aniquilación (gradual pero implacable) del sector privado. Y ahora quiere también extender sus tentáculos a la vida cotidiana. Probablemente los venezolanos que se atrevan a disentir, los que sigan atentos al béisbol profesional (o leyendo ciertos libros o creyendo en ciertas cosas), terminarán como en Cuba. Bajo el yugo del régimen en la forma de vecinos energúmenos (ciudadanos comprometidos) que arrojan proyectiles a las ventanas de sus viviendas en nombre del pueblo. O de cualquier cosa parecida.
Esa ha sido, por ejemplo, la suerte de Elizardo Sánchez, uno de los líderes de la disidencia cubana. Cuando la coyuntura lo exige, cientos de ciudadanos se congregan al frente de su vivienda con el fin de arrojar guijarros certeros contra el anjeo que protege precariamente las ventanas. “No hay fusilamientos en Cuba”, dice Elizardo. “Pero tenemos una sociedad cerrada. Tenemos una oligarquía política que explota a los trabajadores. No hay libertad de prensa. No hay sindicatos. No hay libertad para dejar el país o para salir y regresar”. Y esta situación, podría haber agregado, ha sido mantenida por la diligencia maligna de los vecinos. De los que defienden la esclavitud a pedradas.
La semana pasada, el periodista Daniel Coronell escribió una columna que denunciaba los atropellos a la libertad de prensa del régimen chavista. Algunos lectores protestaron con varias piedras en la mano. “Las dictaduras son buenas dependiendo a quién beneficien… Si Chávez se vuelve un dictador para ennoblecer al pueblo, será un buen dictador; si no, será un dictadorcito”, escribió uno de ellos. Muchos otros repitieron las procacidades de siempre. Sin temor a exageraciones, uno podría suponer que muchos de los iracundos lectores estarían dispuestos a defender, con la misma vehemencia con la que insultan a los periodistas, los desafueros de un régimen que les permitiera, al menos, un alivio retórico para sus enfados redistributivos. En últimas, los enemigos de la libertad no son sólo los dictadores, sino también los que acechan en nombre del pueblo o los que insultan en defensa de un régimen sin controles, encaminado (ineluctablemente) hacia el totalitarismo.
Sin categoría

Sobre la ideología de los foristas

Más allá de la agresividad verbal, los participantes en los foros electrónicos de la prensa colombiana se distinguen por su falta de imaginación. Por la facilidad con la que repiten el mismo diagnóstico y señalan los mismos culpables: el sistema, el establecimiento, los cacaos, la clase dominante, el gran capital, etc. “Ahora el señor Hommes –escribió esta semana un forista indignado–dice que la pobreza disminuyó por las políticas neoliberales que practican los gobiernos desde el vende patrias de Gaviria. Cuando todos sabemos que la apertura ha sido la causa de la tragedia nacional.” Y sigue una larga retahila de acusaciones a los culpables de siempre. En fin, el diagnóstico está hecho. Y los malos, claramente identificados.

Es difícil tener paciencia con la ignorancia ignorante de si misma. Mi primera reacción es siempre de exasperación. Trato de buscar consuelo en la misantropía. Imagino replicas hirientes: resentido es aquel que confunde el fracaso personal con el fracaso del país. Intento, en últimas, seguir el consejo de Alain De Botton. Darse cuenta, dice De Botton, de que “las ideas de la mayoría de la población sobre la mayor parte de los asuntos están extraordinariamente transidas por el error y la confusión” puede ser tremendamente liberador. “Puede que, mediante una interpretación no paranoica de las deformaciones del sistema de valores que nos rodea, nos conformemos con asumir una postura de misantropía inteligente».

Pero allí no termina la cuestión. Incumbe indagar por las causas de tantos y tantos comentarios cortados por la misma tijera ideológica. ¿Por qué la mayoría de los foristas repiten el mismo diagnóstico y señalan los mismos culpables? ¿De dónde viene esta ideología tan precaria como extendida? Jaime Ruiz ha sugerido que la causa está en las universidades. O mejor, en los dogmas que se enseñan y se inculcan en nuestras instituciones de educación superior. Los foristas serían, en su opinión, victimas complacientes del adoctrinamiento. Simples repetidores de las ideas que sus profesores han repetido por décadas. Literalmente, estaríamos ante la repetición de la repetidera, magnificada ahora por la magia del internet.

Pero yo no creo que las universidades tengan tal capacidad de adoctrinamiento. O que los profesores universitarios sean ventrílocuos avezados con miles de muñecos obedientes. Los foristas son la manifestación de una realidad sociológica. De un modelo mental. La mayoría de ellos está convencida de que la sociedad colombiana es injusta, de que el trabajo duro no paga, de que las conexiones son causa del éxito y de que ellos merecen mucho más de lo que tienen: todos se creen víctimas del sistema. Este diagnostico está asociado con la existencia de desigualdades reales, pero, es al mismo tiempo, un fenómeno sociológico con fuerza propia. Un modelo mental que genera las condiciones para su propia reproducción.

Este tipo de pesimismo promueve las visiones justicieras del estado, el voluntarismo utopista, los deseos de revancha (que se convierten en un exceso de igualitarismo compensatorio). Y en últimas, favorece el crecimiento desordenado y corrupto del Estado. Y este crecimiento, a su vez, enriquece a unos cuantos privilegiados, concentra aún más las oportunidades y confirma las expectativas iniciales, el pesimismo generalizado. Jaime Ruiz ha sugerido una explicación similar. Pero yo difiero en un punto fundamental. Jaime cree que todo esto es deliberado. Pero no. Los foristas no son conscientes de las consecuencias de sus creencias. Desconocen que la causa última de su enojo es su mismo enojo. Su indignante indignación.

Sin categoría

Una lengua de emigrantes

“Nuestra lengua, la pobre…”. Así tituló Antonio Caballero un artículo publicado en la última edición de la revista cultural Arcadia. En opinión de Caballero, ya nadie quiere hablar o escribir en español. Los comerciantes negocian en inglés. Los filósofos especulan en alemán. Los diplomáticos saludan en francés. Y ahora, con el advenimiento del proteccionismo lingüístico, los vecinos hablarán en vasco o en gallego o en quechua o en palanquero o quién sabe en qué otro dialecto resucitado no tanto por la voluntad de los hablantes, como por el capricho de los burócratas de la cultura. Además, escribe Caballero, “tampoco hay, ni ha habido nunca, un escritor ruso, digamos, que haya escrito en castellano; ni un hindú, ni un sueco, ni un turco, ni un neozelandés. Cosa que sí sucede en otras lenguas. Hay escritores malayos que han decidido escribir en japonés o en chino, y lituanos o persas que lo han hecho en ruso. El polaco Conrad escribió en inglés, en tanto que el irlandés Beckett escribió en francés, como los rumanos Ionesco o Cioran”. Caballero apunta bien, pero no da en el blanco. Su juicio sobre la importancia de la lengua española deja de lado un asunto fundamental. En el continente americano, el español es una lengua de emigrantes. No de quienes llegan sino de quienes se van. De fugitivos económicos. De buscadores de fortuna. Por ello no hay rusos o lituanos o africanos escribiendo en español. Por ello Junot Díaz y Ernesto Quiñónez (el uno dominicano, el otro ecuatoriano) escriben en inglés. Y por ello mismo, el español puede convertirse en una ventaja competitiva fundamental para muchos países de América Latina: en un puente cultural hacia la economía más grande del planeta. Los emigrantes juegan un papel fundamental en la superación de las barreras informativas y las dificultades lingüísticas del comercio internacional. Los emigrantes chinos, por ejemplo, sustentaron las primeras aventuras comerciales de ese país. Sin los barrios chinos, sin los varios millones de contactos que facilitaron la comunicación entre productores domésticos y distribuidores extranjeros, el ímpetu comercial chino no habría sido tan avasallante. O habría progresado más lentamente. O habría tardado más tiempo en manifestarse. Entre 1998 y 2005, aproximadamente 300.000 colombianos se radicaron en los Estados Unidos. Nuestros coleccionistas de tragedias han mencionado toda suerte de efectos nocivos asociados a la diáspora. Pocos analistas han llamado la atención sobre las implicaciones positivas. Los nuevos emigrantes podrían, por ejemplo, multiplicar las oportunidades generadas por el (todavía incierto) Tratado de Libre Comercio. Su presencia nos ha acercado, de manera definitiva, al mayor mercado del planeta. Y constituye una inmensa ventaja competitiva construida en pocos años de manera casi involuntaria. En fin, a pesar del poderío económico de los Estados Unidos, a pesar de la supremacía comercial del inglés, a pesar del proteccionismo lingüístico, a pesar de la amenaza china, a pesar de los tigres, los dragones y de toda la zoología de las antípodas, el español no es tan pobre como dicen: su importancia comercial ha dejado de ser despreciable. Una importancia sustentada no solamente en la demografía, sino también en la movilidad de nuestras gentes. En el futuro, tal vez, no habrá muchos rusos o malayos o árabes escribiendo en español. Pero una cosa parece cierta. El español irá forjando, poco a poco, lo que la política parece negar día a día: la integración comercial del continente americano.
Sin categoría

Inmunes a la realidad

Esta columna trata sobre nuestra aversión a la realidad. Sobre nuestros extravíos cognitivos. Sobre la verdad de nuestras mentiras. Cuando los hechos confirman nuestras conclusiones preferidas, los aceptamos al instante. Pero cuando las contradicen, los analizamos de manera rigurosa, con escrúpulos cientificistas y paciencia denodada. Somos crédulos con lo que nos conviene. Y desconfiados con lo que nos perjudica. Científicos unilaterales. Curiosos en una sola dirección: la que nos lleva a dudar de los hechos contrarios.

Como dice el psicólogo Daniel Gilbert, no hace falta mucha evidencia para convencernos de que somos inteligentes o saludables. Pero se requieren muchos exámenes, segundas opiniones y pruebas ácidas para convencernos de lo contrario. Así somos. Renuentes a abandonar la comodidad de nuestros dogmas. Dados a manipular los estándares de prueba para salvaguardar nuestras convicciones más queridas. Pero el asunto no termina allí. La confrontación política multiplica el problema en cuestión. Le da una dimensión mayor y un sentido colectivo. En la política, la tarea dudosa de cuestionar la evidencia perjudicial y exagerar la favorable se vuelve omnipresente: llena las páginas de los periódicos, los espacios de opinión, las declaraciones públicas. Todo.

Basta una mirada a algunos debates recientes para entender la dimensión del problema. Cuando, hace unas semanas, las encuestas de opinión mostraron que la popularidad del Presidente no había cambiado a pesar de los escándalos, algunos columnistas asumieron el papel de estadísticos escépticos. Cuestionaron la representatividad de la muestra, los factores de ponderación y la clasificación socioeconómica. Pidieron explicaciones técnicas. Pusieron de presente su compromiso con la verdad. Pero sus escrúpulos científicos, cabe decirlo, son sólo una forma elaborada de deshonestidad intelectual. ¿Habrían los mismos columnistas expresado las mismas preocupaciones si las encuestas de opinión hubieran mostrado una disminución en la popularidad del Presidente? No. Más que conocer la verdad, ellos querían proteger “su verdad”.

Lo mismo ocurre con los funcionarios del Gobierno. Cuando las cifras del DANE mostraron el estancamiento de su sector, el Ministro de Agricultura sometió la metodología a un escrutinio detallado. Cuando las encuestas de hogares indicaron un empeoramiento laboral, el Gobierno argumentó que los registros oficiales de afiliación a la seguridad social eran más confiables que las encuestas. Algunos de los argumentos expuestos son válidos. Pero ese no es el punto. El punto es que los argumentos sólo se esgrimen cuando los hechos invalidan las conclusiones preferidas. Como los columnistas, los ministros suelen ser científicos intermitentes. Muy duros para cuestionar lo que les estorba. Y muy laxos para aceptar lo que les halaga.

Hace algunos meses, el Gobierno publicó unos datos que mostraban una disminución sustancial de la pobreza en el país. Inmediatamente, varios analistas manifestaron sus preocupaciones técnicas: sobre las estimaciones de los ingresos no reportados, sobre los ajustes de las encuestas, etc. La semana anterior, la prensa nacional reportó los resultados de un informe que mostraba una reducción significativa de la pobreza en Bogotá. Pese a que el informe usa una metodología similar a la utilizada previamente por el Gobierno, los mismos analistas que antes se habían manifestado preocupados, ésta vez no dijeron nada. Pero su silencio dice mucho sobre su objetividad.

En suma, unos y otros parecen inmunes a la realidad. Ven lo que quieren ver. Oyen lo que quieren oír. Y casi siempre dicen la misma cosa.

Sin categoría

La historia de un vía crucis

Hace 120 años, en 1887, el mundo vivía su primera bonanza cocalera. Los efectos estimulantes del alcaloide habían sido descubiertos algunos años atrás en Alemania. Sus propiedades como anestésico local igualmente eran reveladas. Y su utilización en algunas bebidas estimulantes (el Vin Marini y la Coca Cola) había popularizado su consumo: la coca ya no era solamente un producto de interés científico. La bonanza causó una pequeña conmoción entre los importadores. El historiador Paul Gootenberg cuenta que, ante la escasez del producto, los farmaceutas estadounidenses comenzaron a debatir seriamente las posibilidades de cultivarla localmente. Sobra decirlo, otra habría sido la historia de Colombia si esos planes hubiesen prosperado. Con la intención de conjurar la crisis, los farmaceutas pidieron ayuda al gobierno. El mismo Gootenberg relata que los cónsules americanos en Lima y La Paz (acompañados por la Marina de los Estados Unidos) participaron activamente en la identificación de los cultivadores de coca (no precisamente con fines de extradición). Los enviados comerciales de los Estados Unidos les enseñaron a los productores a secar y empacar las hojas. La compañía alemana Merck fue más lejos. Envió algunos agentes a Lima con el fin de adiestrar a los cultivadores peruanos en la transformación de las hojas de coca en una torta de sulfato de cocaína. Esta técnica decimonónica es, en esencia, la misma que usan hoy en día los campesinos colombianos. La química del negocio no ha cambiado en 120 años. Pero la economía se ha modificado cruentamente por cuenta de la prohibición. La producción mundial de coca alcanzó su nivel más alto en la primera década del siglo XX. El declive posterior estuvo asociado al descubrimiento de sustitutos médicos y a las restricciones a las importaciones, motivadas por las primeras medidas antinarcóticos: la coca comenzó a ser percibida no como una hierba mágica sino como un veneno adictivo. El mercado legal desapareció completamente después de la Segunda Guerra Mundial. La Organización de las Naciones Unidas, bajo la influencia de los Estados Unidos, jugó un papel fundamental en la creación de un consenso mundial en favor de la prohibición. Actualmente esta organización sigue desempeñando un papel protagónico (y no siempre productivo) en la lucha mundial contra el tráfico de drogas. El mercado de la cocaína se revitalizaría, ya de manera clandestina, durante los años setenta. La cocaína llenó el nicho de mercado creado por la heroína y otras de las drogas fuertes de los años sesenta. Si durante el siglo XIX los cantantes de ópera habían sido los consumidores más conspicuos del alcaloide, durante los años setenta fueron los cantantes de rock los que marcaron la nota. En 1971, los Rolling Stones vendieron, en escasas dos semanas, medio millón de copias de su álbum Sticky Fingers. Uno de los éxitos del álbum, la canción «Can’t You Hear Me Knocking», contiene una mención explícita (casi apologética) al consumo de cocaína (Yeah, you’ve got plastic boots, Y’all got cocaine eyes). Eran otros tiempos, por supuesto. Kate Moss ni siquiera había nacido. La exportación ilegal de cocaína fue inicialmente dominada por los traficantes chilenos, quienes no sólo tenían conexiones históricas con los cultivadores peruanos y bolivianos, sino que habían aprendido la sapiencia química de los inmigrantes alemanes. Pero la Conexión Chilena no duró mucho. Pocos meses después del golpe de estado en contra del gobierno de Salvador Allende, ocurrido en septiembre de 1973, el nuevo gobierno extraditó a varios de los cabecillas del negocio. Esta medida terminó de manera abrupta y definitiva con la efímera hegemonía chilena. Ya en 1975, la hegemonía colombiana era notoria. En abril de ese año, un oficial de la DEA le dijo a un reportero del diario The New York Times: “Colombia envía más de esa sustancia a los Estados Unidos que ningún otro país”. Lo mismo podría decirse hoy en día: 32 años después. Las causas de la hegemonía colombiana se han debatido ampliamente. Algunos estudiosos mencionan las ventajas geográficas. Otros el pasado violento del país. Otros más el supuesto desprecio por las normas y las leyes. O la misma falta de movilidad social. Pero estas especulaciones sociológicas son sólo eso: hipótesis sin confirmar. Determinismos sociológicos sin pruebas. Simples conjeturas que sobresalen más por sus insinuaciones culposas que por su sustento empírico. Las causas de la hegemonía colombiana pueden haber sido fortuitas: producto de unas circunstancias históricas irrepetibles. A mediados de los años setenta, una crisis en la industria antioqueña ocasionó el despido de miles de trabajadores, muchos de los cuales emigraron hacia los Estados Unidos: la mayoría se radicó en el sur de la Florida y en la ciudad de Nueva York. Un número significativo de los nuevos emigrantes encontró una ocupación lucrativa en la distribución de cocaína. Con su ayuda, los traficantes colombianos pudieron integrar verticalmente el negocio y adueñarse del mercado. Sin su aporte, probablemente, los cubanos residentes en la Florida o hasta los mismos argentinos se habrían quedado con el grueso del negocio. Sean cuales fueren las causas, las consecuencias de la consolidación de Colombia como el primer exportador mundial de cocaína son indiscutibles. En palabras de la historiadora Mary Roldán, el tráfico de cocaína “rompió la tradición, transformó las costumbres sociales, reestructuró la moral, el pensamiento y las expectativas”. Pero no sólo eso. También corrompió la justicia y la política. Debilitó las instituciones y disparó la violencia. Incluso permitió el desarrollo de otros negocios. La falsificación de moneda extranjera y el tráfico de armas o de personas crecieron al amparo del narcotráfico: de sus externalidades y de su capacidad transformadora. En últimas, el negocio de la cocaína creó las condiciones para su propia perpetuación. La debilidad institucional pudo haber ayudado al desarrollo inicial. Pero fue el propio negocio el que contribuyó decididamente a debilitar las instituciones. En el corto plazo, los países exportan lo que son. Pero, con el paso del tiempo, los países se convierten en lo que exportan. La cocaína, en particular, transformó radicalmente muchos aspectos de la realidad colombiana. La política se convirtió en narcopolítica, la justicia en narcojusticia, la guerrilla en narcoguerrilla y así sucesivamente. En abril de 1973, la revista Time publicó un artículo sobre la creciente popularidad de la cocaína en los Estados Unidos. Las fiestas en Manhattan comenzaban con martinis y terminaban con “a hit of coke”. Los financistas la llevaban en la billetera. Los estudios de Hollywood la incluían en sus presupuestos. “La gente no trabaja sin su despertador” decían los magnates del cine. El artículo de marras termina con la descripción de unas cucharitas para aspirar cocaína que estaban causando furor en los Estados Unidos. La más vendida tenía la forma extraña de un crucifijo. Casi 35 años más tarde, el capricho estilístico parece premonitorio. O, al menos, puede interpretarse como una alegoría involuntaria al largo, sangriento y todavía inconcluso vía crucis de Colombia como el mayor exportador mundial de cocaína.

Sin categoría

Nada personal

Vuelve y juega. El presidente Uribe anunció esta semana que su gobierno insistirá en la penalización de la dosis personal. “Vamos a presentar el 16 de marzo ante el Congreso el proyecto de reforma constitucional, para penalizar, no con pena privativa de la libertad, pero sí para sancionar la dosis personal”, dijo en una rueda de prensa ofrecida con motivo de la visita de su homólogo alemán, Horst Kölher. Las razones del Presidente, no sólo con respecto a la dosis personal, sino también con referencia a la legalización de la droga, son una combinación de paternalismo, sinrazón y demagogia. Paso a explicar por qué.

“Yo veo con mucho pesimismo el tema de la legalización. Por supuesto lo miro más como padre de familia, que como Presidente. Tengo alguna inclinación más de sentimiento de padre de familia, que de raciocinio frío”, dijo el Presidente el año pasado en una de sus muchas declaraciones públicas sobre el tema. Nada de raro tiene que un padre de familia se muestre preocupado por el tema de las drogas. Lo extraño del asunto es que las preocupaciones paternales se conviertan en iniciativas gubernamentales. O que se confunda la esfera privada con la pública. O que se pretenda cambiar la Constitución con razones de padre. O que se le quieran dar atribuciones al Estado para esculcarle los bolsillos a todo el mundo. O que el legislador se ocupe de los vicios privados. O que el Presidente diga qué gusticos valen y qué gusticos, no.

Cuando el presidente Uribe deja de lado el paternalismo y hace uso del “raciocinio frío”, la cosa tampoco mejora. Sus argumentos son casi un insulto a la razón: a la suya y a la nuestra. “La droga en Colombia ha destruido un millón 700 mil hectáreas de selva tropical de la inserción amazónica. Con la droga, aún legalizada, esa diáspora no se frena. Creo que a cualquier precio que se pusiera la droga, podemos correr el riesgo de la destrucción de la selva si no la enfrentamos”, ha dicho el Presidente de manera reiterada. “Cuando entro en discusiones para proponer mis tesis contra la legalización, en frente de los muchachos de las universidades, de muchos profesores, el gran argumento para poderlos situar en una reflexión contra la legalización, es el ecológico”, ha repetido en varios escenarios académicos.

Pero los argumentos del Presidente son erróneos. Arrevesados. El “gran argumento ecológico” es uno de los principales motivos para oponerse a la prohibición. Seguramente la legalización retornaría la coca a las laderas de los Andes, de donde es endémica y de donde salió hacia la selva amazónica por cuenta de la prohibición. La tragedia ambiental no es causada por la coca: es causada por las políticas prohibicionistas. Esto es, por la tentación de los precios altos y la obligación de la clandestinidad. A ningún agricultor se le ocurriría sembrar un producto legal en la mitad de la selva. Pero el presidente Uribe supone erróneamente que la legalización aumentaría la dimensión del negocio —las hectáreas sembradas—, sin cambiar la geografía del mismo.

Muchas veces las razones paternalistas persuaden. Y los raciocinios equivocados convencen. La propuesta de penalizar la dosis personal es ante todo una forma de demagogia. Un intento por convencer con temores: ambientales o paternales en este caso. En últimas, la adicción a los votos puede ser peor que la adicción a las drogas. La búsqueda obsesiva —casi maniática— del favor popular puede llevar a “la coerción moral de la opinión pública”. A la imposición del moralismo barato de las mayorías. En eso estamos.

Sin categoría

Contra el antiamericanismo

A veces las ironías se revelan de manera sutil. Esta semana, un noticiero de televisión mostró a un grupo de estudiantes que protestaban contra la visita del presidente Bush mientras quemaban una bandera de los Estados Unidos. La bandera no estaba hecha de satín. Ni de retazos improvisados. Era una toalla playera estampada con las barras y las estrellas. Probablemente había sido adquirida por el padre de uno de los manifestantes. Un señor desentendido de la geopolítica. O mejor: entendido a su manera. Alguien que veía en la bandera de los Estados Unidos una imagen propicia. El símbolo de un afecto remoto. Como el que se siente por un paisaje familiar. O por un rostro famoso. O por una marca inaccesible.

Los manifestantes no parecieron percatarse de la ironía. Todos lucían concentrados en una liturgia conocida: sus rostros iluminados por los jirones ardientes de la toalla multicolor. Sin duda, el antiamericanismo representa para muchos de ellos una especie de religión. De fervor colectivo. Pero no sólo eso: el antiamericanismo constituye también una pose moralista. Una manera de reafirmar la identidad regional. De exhibir el patriotismo. De allí el fervor que concitan estas liturgias de pirómanos. De allí el éxito de los profetas del antiamericanismo. Y la frecuencia con la que se repiten sus letanías.

El antiamericanismo puede ser justificado de muchas maneras. Cabría mencionar, por ejemplo, los afanes imperialistas. O la guerra contra las drogas. O más recientemente, la ignominia de Guantánamo. Pero los profetas de esta religión sólo cuentan una parte de la historia. Ninguno menciona el liderazgo científico y tecnológico. O la capacidad para recibir inmigrantes de todas las razas: todavía sin parangón en el mundo. O el talento innovador. O la producción literaria. Hasta el mismo García Márquez, tan latinoamericano en apariencia, es un heredero intelectual de los novelistas gringos. He ahí una forma productiva de imperialismo.

A finales de la década pasada, Colombia vivió la peor crisis económica de su historia. Muchas familias se vieron enfrentadas por primera vez al desempleo o a la quiebra intempestiva de sus negocios. Muchas perdieron en pocos meses lo que habían ganado en varias décadas. Sin ninguna fuente de sustento, miles de colombianos tuvieron que aferrase al único activo que les quedaba: una visa de turismo para entrar a los Estados Unidos. Y así partieron. A vivir su versión imperfecta del sueño americano. Algunos encontraron suerte. Otros, la siguen buscando. Cientos han regresado. Otros tantos permanecen. Ganándose la vida. Dedicados a la ardua tarea de disculpar ilusiones. Estados Unidos no les brindó el sueño imaginado. Pero sí les dio la oportunidad de dejar atrás una pesadilla. Y eso ya es mucho cuento.

Actualmente, algunos de los profetas antiamericanos quieren convertir a América Latina en una isla. Un supuesto paraíso fraternal. Pero América Latina no es una isla: es una península conectada geográfica y culturalmente con los Estados Unidos. Como dijera el novelista judío Amos Oz: “todo sistema político y social que nos convierte a todos y a cada uno de nosotros en una isla darwiniana y al resto de la humanidad en enemigo o rival, es una monstruosidad”. Además, la mayoría de los latinoamericanos no desean el aislamiento. Ni odian a los Estados Unidos. Muchos incluso coleccionan sus símbolos. Así sea de manera disimulada o involuntaria. Así sea en la forma simple de una toalla estampada.

Sin categoría

Buenos y malos políticos

El escándalo de la «parapolítica» ha revivido el interés en la reforma del Congreso. Los reformistas más avezados proponen la instauración de un régimen parlamentario. El Gobierno ha propuesto la eliminación de la circunscripción nacional para el Senado. El Presidente propuso una reforma política que castigue a los partidos con la pérdida automática de las curules de los congresistas condenados por la justicia. En fin, la crisis reciente les ha dado un nuevo aliento a los reformistas políticos, siempre dispuestos a revolver las normas para engatusar los problemas. Pero más que mejores instituciones, este país necesita mejores políticos: personas que refuercen las instituciones en lugar de instituciones que cohíban las personas.

Con el ánimo de justificar las opiniones proferidas, quisiera proponer la siguiente caricatura tomada de un artículo reciente del economista Francesco Caselli. El mundo está dividido en dos tipos de ciudadanos: los buenos y los malos. La bondad ciudadana está definida, a su vez, con base en dos atributos: la competencia y la honestidad. Los buenos ciudadanos tienden a ser más capaces y menos corruptos. Los malos lo contrario. Más allá de cualquier afán moralizante, esta definición reconoce que los políticos —como los periodistas o los ejecutivos o los académicos— pueden ser buenos o malos ciudadanos. El problema es que, en general, los buenos ciudadanos tienen menores incentivos para “meterse a la política”: sus habilidades les permiten un ingreso atractivo por fuera de las angustias electorales y sus escrúpulos les impiden cualquier forma de oportunismo o corrupción.

En términos económicos, los malos ciudadanos tienen una ventaja comparativa en el campo de la política, lo que implica un equilibrio inquietante: los malos ciudadanos se dedican a la vida pública y los buenos se mantienen por fuera. El problema con esta caricatura es que sólo considera los beneficios pecuniarios. En muchas ocasiones, los ciudadanos no ingresan a la política buscando rentas económicas, sino sicológicas. No quieren tanto llenar su bolsillo, como henchir su ego. Satisfacer su vanidad. Brillar ante las cámaras. Sentirse depositarios del bien común. Si no fuera por la vanidad personal —con frecuencia disfrazada de altruismo— la política sería un monopolio exclusivo de los oportunistas.

Pero las rentas sicológicas dependen de la reputación de los políticos. Si la gente piensa que el Congreso es un “antro que reúne todos los males”, o todos los malos, los buenos ciudadanos tenderán a quedarse por fuera: sus deseos de reconocimiento o figuración tendrán que buscar un desfogue distinto. En otras palabras, la mala reputación ahuyenta a los buenos ciudadanos, y la huida de los buenos ciudadanos confirma la mala reputación. Es un círculo vicioso inmune a cualquier tipo de remedio institucional. Una forma de selección adversa que no se arregla con pactos de transparencia o con juramentos de buena voluntad.

Lo más complicado de todo este asunto es que los medios de comunicación (y algunos editorialistas en particular) se regodean diariamente en mancillar la reputación del Congreso sin reparar en las consecuencias de sus opiniones. La indignación histérica siempre ha sido una forma sencilla de conseguir lectores. Basta con arrumar un montón de adjetivos y adoptar un tono moralizante. Pero los juicios absolutos destruyen sin construir. Benefician en el corto plazo a quienes los profieren pero perjudican en el mediano plazo a quienes los celebran. Un país indignado, habituado a los juicios desaforados, incapaz de valorar la vida pública, es un país que tiene lo que se merece: un Congreso hecho a la imagen y semejanza de las opiniones más ruidosas.

Sin categoría

Advertencia

Ahora que el Dane vuelve a estar cuestionado: no sabemos ni cuantos somos, ni cuantos trabajamos, ni cuanto devengamos, etc. Ahora que la investigación socioeconómica dejo de ocuparse de la realidad, para dedicarse a la especulación sobre lo que el Dane hizo o dejo de hacer. Ahora que el Gobierno y el Dane se imprecan en privado y se evitan en público. Ahora que lo simbólico prima sobre le verídico, vale la pena leer la historia de lo sucedido en Perú, donde acaban de arrojar el último censo de población a la basura. Copio un editorial publicado el primero de febrero en el diario peruano La República. No quiero hacer de agorero. Pero es bueno que nos vayamos preparando para lo que viene: la chatarrización de la estadística.

El Décimo Censo Nacional de Población y Sexto de Vivienda, realizado a mediados de 2005 por el economista Farid Matuk, entonces director del INEI, y un vasto equipo de especialistas, trajo una gran novedad. Los anteriores censos se concentraron en un solo día, en el cual el país permanecía inmovilizado y pendiente de la llegada de los encuestadores a cada casa. Pero hace dos años se empleó un método nuevo, que obvió todo eso al extender la consulta a lo largo de un mes, sin encierro o inmovilización alguna.
En aquel momento se dijo que tal era el método de recolección de datos utilizado por los censos modernos, que recomendaban extender la consulta y no paralizar productivamente al país. Hoy el nuevo gobierno ha puesto en la picota al señor Matuk y satanizado en todos los términos el censo que realizara, al extremo de que se ha llegado a decir que había que arrojar sus resultados a la basura.
Lo que está en juego no es poco, pues al cancelar de ese modo las cifras recogidas en el 2005 no quedaría más remedio que mantener las del censo de 1993 y quedarnos sin estadísticas confiables, pues todas ellas serán proyecciones sobre economía, población, educación, vivienda, etc. Dicho sea de paso, esas mismas proyecciones, solo que sobre los resultados del 2005, son las que viene proponiendo el señor Matuk.
La idea de “arrojar a la basura” estos resultados no es broma, pues implica declarar oficialmente que se desperdiciaron 38 millones de dólares, que tal fue el costo de la última consulta. Es verdad que nuestro país solo puso una parte de dicha cantidad, pero tampoco estamos para dilapidar 10 millones de dólares. Como sea, y sin que medien estudios serios sobre las cifras del 2005, el gobierno ha resuelto desecharlas y realizar otro censo.
Y aquí nuestro asombro, pues circula la versión de que el nuevo jefe del INEI, el señor Renán Quispe, ha anunciado que la fecha tentativa para dicha consulta sería el próximo 26 de agosto. ¿Siete meses apenas para preparar y realizar un nuevo censo nacional?
Es como para no creerlo, pues si esta encuesta se va a realizar mediante el método antiguo, es decir, inmovilizando al país por 24 horas, es necesario entrenar un ejército de medio millón de empadronadores, contar con cuestionarios de base, hacer ensayos previos, etc.
En suma, se trata de una maniobra de alta estrategia, que no admite fallas. Al ser realizada con tanta premura, lo único que ocurrirá es que se la acuse de improvisación y voluntarismo, y sus cifras sean tanto o más cuestionadas que las del anterior censo.
Qué país.