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La semiótica ministerial

Esta semana el Presidente Uribe asumió de nuevo el papel de vocero de su gobierno y defendió —en vivo y en directo— el nombramiento de Fernando Araújo como nuevo Ministro de Relaciones Exteriores. El nuevo Canciller “es un símbolo de la tragedia nacional… Es un símbolo de que Colombia necesita superar esta tragedia”, dijo el Presidente con la vehemencia acostumbrada. “Por eso esta mañana me gustó mucho la BBC. Si no hubiéramos nombrado al doctor Fernando Araújo, simplemente muestran ahí escenas de la parapolítica. Tuvieron que mostrar esa escena macabra de las Farc, con el doctor Fernando Araújo en cautiverio, cuando lo rescatan y lo entregan en semejantes condiciones físicas”, añadió seguidamente. En suma, el Presidente eligió un símbolo encubridor de un problema y revelador de otro. No escogió un ministro: compuso una imagen fructífera. Las declaraciones del Presidente sorprenden más por su candidez que por su novedad: reconoció sin aspavientos que algunas decisiones públicas significativas persiguen no tanto consecuencias reales, como efectos simbólicos. Los aspectos sustantivos de las políticas parecen secundarios. O, al menos, subordinados a las apariencias. Así, los actos de gobierno son juzgados más por su impacto mediático de corto plazo (¿qué dijo la BBC?) que por su efecto real de largo plazo (¿qué va a pasar con la política exterior?). La forma prima sobre el fondo. Los gestos sobre los actos. La retórica sobre la realidad. Los sofismas sobre la evidencia.No debería sorprender, entonces, que algunos integrantes del alto gobierno sean hombres y mujeres sin atributos. O con otro tipo de tipo de atributos. La competencia, el conocimiento o la experiencia son menos importantes que la lealtad, la sensibilidad o la serenidad. Al fin y al cabo, los ministros son llamados a actuar más en el campo de lo simbólico que en el área de la administración pública. Los ministros, en particular, deben ayudar a mantener la bonanza de confianza. A blindar la burbuja. A infundir optimismo. A recuperar la legitimidad. A administrar la compleja y voluble psicología de las masas. Su presencia —si ocurre una tragedia, por ejemplo— tiene más valor simbólico que real. En estas épocas de la semiótica ministerial, gobernar es posar.Por tal razón, los estrategas políticos —los maquiavelos modernos— se han convertido en los verdaderos tomadores de decisiones. Podríamos incluso hablar de la institucionalización de la demagogia: un fenómeno que ocurre, cabe reconocerlo, en todas las democracias, pero que ha asumido una dimensión preocupante en la administración Uribe: el Presidente en persona se autoendilgó el cargo de semiólogo mayor. Se puso al frente de la batalla retórica. De la disputa, palmo a palmo, del aplauso de la gente y la adhesión de los medios.En últimas, el nombramiento de Araújo podría señalar una tendencia preocupante. Aparentemente los escándalos de la parapolítica han exacerbado la obsesión mediática del Gobierno, su fijación con el qué dirán. Los actos de gobierno —los nombramientos, las políticas, los discursos— son con frecuencia intentos deliberados para desviar la atención. Cada revelación es seguida de un contragolpe de opinión presidencial, lo que, tarde o temprano, terminará afectando la calidad de las decisiones públicas. Sobra decirlo, manejar mirándose al espejo, de manera permanente y obsesiva, puede resultar peligroso. Ojalá no nos estrellemos.
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La historia de Juan

(un aporte a la discución sobre salud y dineros públicos)
Juan es un ingeniero de 64 años de vida y 37 de matrimonio. Ha vivido la mayor parte de sus ya muchos años en la ciudad de Cali, donde reside actualmente en compañía de su esposa y donde también viven sus dos hijos, ya casados e independientes. Juan se ha convertido, en los albores de la vejez, en ayudante de su esposa en un pequeño negocio familiar de asesorías financieras. Su vida, mirada desde lejos, tiene el encanto (y el terror) de la monotonía. Incluso sus tragedias tienen cierto aire previsible. Hace dos años Juan fue diagnosticado con un cáncer de postrata y fue luego operado con prontitud y destreza. Después de la operación, Juan se recuperó plenamente pero no así su órgano masculino que yace postrado y reacio a los remedios de estos tiempos extraños de erecciones encapsuladas.

La disfunción aludida le produjo a Juan una desazón comprensible. Perdió la confianza, se volvió irritable y comenzó a albergar ideas de minusvalía y vergüenza. Los médicos de su empresa promotora de salud (EPS) le recomendaron, como solución definitiva, la implantación de una prótesis peneana inflable. Pero la empresa se negó a cubrir un procedimiento valorado en varios millones y no incluido en el plan obligatorio de salud (POS). Desesperado y sin medios económicos para pagar por un implante que le restauraría el cuerpo y le aliviaría el alma, Juan interpuso una acción de tutela alegando la vulneración de sus derechos fundamentales. Pero dos jueces de circuito de la ciudad de Cali negaron el amparo aduciendo que el asunto no era cuestión de vida o muerte.

Pero Juan iba a encontrar en algunos justicieros encumbrados la solución a su parálisis. En febrero de los corrientes, la Corte Constitucional decidió revocar las dos sentencias anteriores, ordenar la iniciación del mencionado procedimiento y prescribir que el mismo debería ser pagado con dineros públicos. Para justificar su decisión, la Corte argumentó, en primer término, que el principio constitucional de eficiencia en la prestación de los servicios implica necesariamente que los tratamientos médicos deben agotar todas las opciones posibles. “Si… se da inicio a una de varias posibles opciones tendientes a solucionar el problema, el paciente podrá reclamar el acceso a todas las demás opciones que médicamente le permitan recuperar su actividad sexual”. Llevado a un extremo, este argumento implica que si la prótesis inflable no funciona, el Estado deberá, entonces, cubrir la implantación de un miembro biónico o de grafito o quien sabe que otra maravilla de la urología moderna.

En segundo término, la Corte justificó su decisión argumentando la vulneración de los derechos a la vida digna, a la integridad personal y al libre desarrollo de la personalidad (uno esperaría que a los 64 años de edad la personalidad ya estuviese desarrollada pero casos se han visto). Más allá de los argumentos jurídicos lo que uno percibe leyendo la sentencia es la intención de los magistrados de convertiste en justicieros cósmicos: en reparadores de las tragedias privadas que llegan a sus escritorios.

No sé que pasará por la mente de los justicieros cósmicos pero creo, honestamente, que incumbe a todos preguntarnos si los más de cien mil millones de pesos pagados en tratamientos y medicamentos por fuera del POS no tendrían un uso más productivo socialmente: la afiliación de medio millón de personas al régimen subsidiado de salud, por ejemplo. En últimas, la tragicomedia de Juan contiene una enseñanza fundamental. A saber: una sociedad debe reclamar de sus jueces no tanto corazón para hacer caridad con dineros ajenos, como inteligencia para entender las implicaciones de sus fallos y actuar en consecuencia.

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Y más amargo el recuerdo

Hace ya cuatro años murió Juan Luis Londoño. Las circunstancias de su muerte son conocidas. Pero existe un episodio desconocido que quisiera compartir con los lectores de esta columna. Por mandato constitucional, el 6 de febrero del año siguiente al año electoral, cada nuevo gobierno debe llevar al Congreso el proyecto de ley del plan de desarrollo. Para los tecnócratas del llamado equipo económico (la analogía deportiva sugiere un exceso de dinamismo) es un día de alivio. Un punto de llegada. El final de muchas noches de desvelo. De muchas jornadas de caos y confusión.
En la tarde del 6 de febrero del año 2003, recorrí, con un pequeño grupo de funcionarios pertenecientes al primer equipo económico de la primera administración Uribe, las dos cuadras que separan el edificio del Ministerio de Hacienda del edificio del Congreso, con el propósito de cumplir el ritual que manda la ley y dicta la costumbre: radicar el proyecto, estrechar las manos de los secretarios de las comisiones parlamentarias y responder las preguntas de los reporteros económicos. Gajes del oficio.Esa tarde, caminé el trayecto señalado en compañía del entonces Ministro de Hacienda, Roberto Junguito, quien lucía distraído, ausente: como desentendido del asunto. En la mitad del camino, el Ministro sacó una hoja de papel del bolsillo de su camisa, y me la entregó con una expresión de malicia. Era una carta de una línea, dirigida al Presidente Uribe, que anunciaba su renuncia irrevocable. “Ya le conté al Presidente —me dijo— y ya tengo reemplazo: Juan Luis Londoño”. Yo me quedé pasmado. Entre incrédulo y sorprendido. Pero las palabras de Junguito no dejaban lugar a dudas. Juan Luis iba a ser el nuevo Ministro de Hacienda.Después de la intempestiva confesión, seguimos caminando hasta el edificio del Congreso, radicamos el proyecto: un anticlímax que implicó varias firmas y varios sellos. Contestamos las preguntas de siempre con una diligencia aprendida. Y cuando nos disponíamos a abandonar el edificio, uno de los reporteros nos sorprendió con el anuncio de la tragedia en ciernes: “Está perdida la avioneta en la que viajaba el ministro Londoño”, dijo. El resto de la historia ya es historia: la búsqueda infructuosa de varios días, el aleve atentado contra el club El Nogal un día más tarde, y el hallazgo de los restos mortales una semana después.Por razones obvias, Roberto Junguito tuvo que aplazar su renuncia varias semanas: dimitiría cuatro meses más tarde para darle pasó a Alberto Carrasquilla, entonces viceministro de Hacienda. Las circunstancias económicas de entonces eran distintas a las actuales: “Podemos soñar con un crecimiento de 2%”, era la frase recurrente del agobiado equipo económico. Al interior del Ejecutivo, Juan Luis era visto como el reemplazo obvio para Roberto Junguito: como el insustituible sustituto de un ministro que había lidiado hábilmente con unas circunstancias externas desfavorables y unas condiciones internas lamentables. Siempre he creído que esta coincidencia hizo más triste la tragedia. Y ha hecho más amargo el recuerdo. Y más difícil el olvido.Con Juan Luis tuve algunas diferencias de fondo, pero siempre admiré su ímpetu intelectual, su voluntarismo a toda prueba, su falta de cinismo. Juan Luis era un contrapeso necesario a las profecías tristes de una disciplina de agoreros. Al exceso de realismo de muchos economistas. La muerte lo sorprendió en el mejor momento de su carrera. Quizá sea inútil especular sobre qué habría sido de este país si Juan Luis hubiera ocupado el cargo que merecía. Pero me atrevo a decir que su presencia nos habría dado, al menos, un poco de solaz y algo de esperanza en estos tiempos de odio y desigualdad.
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Las nuevas repúblicas bananeras

Esta columna trata sobre la división internacional del trabajo en el mundo globalizado. O sobre los efectos de la confluencia de dos tendencias irreversibles: el envejecimiento del primer mundo y la globalización del mercado de los servicios. Estas tendencias ya están incidiendo sobre las posibilidades y los patrones de desarrollo de muchos países. Y sus efectos serán cada vez más notorios. Esta semana, por ejemplo, The New York Times reportó que el afamado economista Dani Rodrik, afiliado a la escuela de gobierno de la Universidad de Harvard, ha estado ayudando a un grupo de ciudadanos portugueses a escoger entre dos tipos de inversiones estratégicas: las ciudadelas para retirados extranjeros o los sectores de alta tecnología.Aparentemente Rodrik no recomendó ni lo uno ni lo otro, sino ambas cosas a la vez. Es decir, un patrón de desarrollo que le dé cabida tanto a los hospicios de lujo como a las tecnologías de punta. Algo así como una versión renovada del modelo costarricense que mezcla el futuro industrial con el pasado generacional. Muchos países, sin embargo, por razones diversas, incluida la falta de educación de sus ciudadanos, no pueden darse el lujo de apostarles simultáneamente a los servicios y a la tecnología. Y deben resignarse, entonces, a convertirse en refugios de ocasión para los jubilados dispuestos a abandonar su país en busca de precios módicos para sus caprichos otoñales. Este es el modelo que se ha implantado con éxito en Panamá. O el que se pretende implantar en Nicaragua y en algunas regiones de Colombia.La lógica económica es implacable: las ventajas comparativas determinan los patrones de especialización. Si un país es más competitivo en tender camas que en componer algoritmos, habida cuenta de su abundancia de mano de obra no calificada, pues terminará por especializarse en los servicios domésticos. Hay excepciones. Muchos economistas hablan de ventajas dinámicas. Pero el futuro previsible de muchas economías tercermundistas parece ser la provisión de servicios para retirados sin ataduras. Con el tiempo, probablemente, la representación pintoresca del Tercer Mundo no será la plantación, sino el edificio de jubilados. O, en otras palabras, la globalización de los servicios podría convertir las otrora repúblicas bananeras en repúblicas de camareras. O de enfermeras. Parecemos avanzar, en últimas, hacia la filipinización del Tercer Mundo.Pero los flujos del mundo globalizado son de doble vía. Mientras algunos retirados inmigran en busca de servicios baratos, muchos trabajadores pobres emigran en procura de trabajos domésticos pagados en dólares. 35% de las mujeres que emigraron ilegalmente a los Estados Unidos reportan que su primer trabajo fue como empleadas domésticas: niñeras, cocineras o aseadoras o todas las anteriores. El susodicho porcentaje seguramente seguirá creciendo. Así, muchos latinoamericanos podrían terminar dedicados a cuidar a los padres y los hijos de los yuppies. Los hijos reciben el cuidado en su propio país, los padres van a buscarlo a tierras extrañas. Pero los encargados son siempre del mismo lado del mundo.Uno podría componer una diatriba contra la globalización o intentar una pataleta de nuevo rico –al estilo Chávez–, pero la lógica económica usualmente contradice los discursos indignados. Si América Latina no quiere convertirse en la sirvienta de los Estados Unidos, debe sumarle muchos años de educación a su fuerza de trabajo. Es más fácil decirlo que hacerlo. Pero no hacerlo implica aceptar un destino alienante. Al menos, creo yo, deberíamos aspirar a un puesto de auxiliar contable o de programador en la división internacional del trabajo. Todavía es posible. Pero no queda mucho tiempo.
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Desigualdad y populismo

Hace unos días, la revista electrónica Slate publicó un artículo que llamaba la atención sobre un fenómeno inusual en la política estadounidense: la manifiesta preocupación de los empresarios por el crecimiento de la desigualdad. Entre otras, la revista cita la opinión de Stephen Schwarzman, uno de los 100 hombres más ricos de los Estados Unidos, defensor del presidente Bush pero crítico del deterioro distributivo. Dice Schwarzman: “a la clase media no le ha ido tan bien como a la gente más rica durante los últimos 20 años, y yo creo que uno de los acuerdos tácitos de los Estados Unidos es que todo el mundo tiene que mejorar”. En el mismo sentido, Mortimer Zuckerman, otro empresario exitoso, integrante de la famosa lista de los 400 de la revista Forbes, dijo lo siguiente: “la mayor parte de las ganancias de la economía han ido a lo más alto de la distribución. En contraste, el ingreso mediano de la gente en edad de trabajar ha caído por cinco años consecutivos”.

Esta semana, el empresario colombiano Nicanor Restrepo, antiguo director del Grupo Empresarial Antioqueño, manifestó una preocupación similar a la de los empresarios estadounidenses. Según varios informes de prensa, Restrepo resaltó la importancia de la equidad en el desarrollo económico y llamó la atención sobre la trascendencia de los salarios justos, los derechos de los trabajadores y la solidaridad social. En suma, muchos empresarios (de ideologías distintas y nacionalidades diversas) parecen coincidir en sus preocupaciones sobre la distribución desigual de los réditos de la economía global.Más que con sentimientos altruistas, la preocupación de los empresarios tiene que ver con consideraciones prácticas. Y, en particular, con las consecuencias políticas de la desigualdad. Muchos consideran, con razón, que la creciente desigualdad le resta soporte político a la globalización. O, en otras palabras, que el empeoramiento distributivo les confiere legitimidad a las políticas proteccionistas y a las prácticas populistas. Nicanor Restrepo, por ejemplo, llamó la atención sobre la enfermedad contagiosa del populismo. “Somos una isla y nos podemos convertir en parte del archipiélago… Existen unos gobiernos populistas en el vecindario y el populismo se vende fácil”. Sobre todo, cabría adicionar, si la desigualdad y el consecuente malestar de la clase media aumentan año tras año.Los empresarios han ofrecido pocas propuestas concretas para disminuir la desigualdad. Las iniciativas sociales emprendidas directamente por el sector privado son loables, quién puede negarlo, pero nunca resolverán el problema en cuestión. Algunos comentaristas económicos, entre ellos los editorialistas de la revista inglesa The Economist, han propuesto una solución basada en la capacitación laboral y en la universalidad de la protección social. Pero estas medidas toman tiempo, tienen un efecto limitado y son por lo tanto insuficientes para mitigar los efectos políticos de la desigualdad. Si acaso, los editoriales de The Economist sirven para aliviar la remordida conciencia de los hombres de Davos, alarmados ante el crecimiento exagerado de sus sueldos y ganancias.En últimas, el crecimiento de la desigualdad necesita de una nueva política fiscal. Entre otras medidas, cabría pensar en la introducción de incentivos tributarios, ya no para la acumulación de capital, sino para la generación de empleo; en la reimplantación de la doble tributación; y en el aumento de los impuestos para las ganancias de capital. Tal vez este tipo de iniciativas no cuenten con la anuencia de los preocupados hombres de Davos. Probablemente no resolverán el problema de la desigualdad. Pero constituyen, al menos, una alternativa razonable a las políticas regresivas de Bush y Uribe, y a las propuestas populistas de Chávez y sus amigos.

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La cenicienta colombiana

El globo de oro otorgado esta semana a la versión gringa de Betty la fea confirmó el carácter universal de la historia de Fernando Gaitán. A diferencia de García Márquez, Gaitán no alcanzó la universalidad describiendo su villa. Betty no es un personaje autóctono. Es la heroína de un cuento de hadas de gusto universal. Una cenicienta enfrentada ya no a la indiferencia de los príncipes, sino a la banalidad de los yuppies. Un paradigma de movilidad social en el mundo traicionero de las oficinas. La protagonista de una tragedia con final feliz, para usar la expresión afortunada de William Howell.
Además de su carácter universal, Betty la fea tiene el atractivo de la flexibilidad: de la facilidad con la que puede adaptarse a las condiciones de cada país. Betty es un maniquí propicio para exhibir las particularidades locales de la exclusión social. En su versión neoyorkina, Betty revela la brecha cultural entre los desaliñados latinos y los estirados anglosajones que miran con sorpresa (y desagrado) sus ponchos y sus gustos gastronómicos. Pero estas diferencias, exageradas hasta la caricatura, esconden una visión más compleja de la realidad. En últimas, la versión gringa de Betty la fea da respuesta a una de las preguntas más debatidas en la academia y la política de los Estados Unidos. A saber: ¿cuáles son las posibilidades de integración y movilidad social de los emigrantes latinoamericanos? Betty es una emigrante de segunda generación. Hija de un mexicano que reside ilegalmente en los Estados Unidos. Ambos viven en Queens, rodeados de extranjeros en un enclave típicamente latino. Los emigrantes latinos de segunda y tercera generación, representados por el familiar rostro de Betty, han sido objeto de muchos estudios por parte de varios autores que unen a su reputación académica, sus inclinaciones xenófobas. Estos autores lamentan la falta de integración cultural de los latinos, sus limitadas posibilidades de movilidad social, su impacto negativo sobre la identidad estadounidense y los fiscos regionales. Para ellos, los latinos constituyen la antítesis del sueño americano. Pero la serie describe una realidad muy distinta. Betty no sólo logra avanzar socialmente, sino que lo hace mediante el trabajo y la perseverancia: los valores americanos por antonomasia. Más que la antítesis del sueño americano, Betty representa su personificación perfecta, casi caricaturesca. Betty contradice el mito de las insalvables diferencias culturales y cuestiona la supuesta inmovilidad social de los emigrantes latinos. Pero, al mismo tiempo, muestra que el ascenso social no implica necesariamente la asimilación absoluta. O, en otras palabras, que el progreso socioeconómico no supone la renuncia definitiva a la cultura y a los hábitos nacionales. Probablemente Betty la fea contribuirá a cambiar el clima de opinión pública con respecto a los latinos residentes en los Estados Unidos. Con una audiencia de 14 millones de televidentes, en su mayoría anglosajones, su mensaje pro latino podría tener un impacto decisivo en la reforma migratoria actualmente en discusión. Por tal razón, los sectores más reaccionarios de la sociedad estadounidense fustigan permanentemente el contenido de la serie. Fernando Gaitán nunca imaginó que su personaje podría convertirse en un agente de cambio social. Pero Betty superó todas las previsiones. Ya conquistó los corazones de los gringos. Y muy pronto podría también conquistar la mente de los políticos. Un logro prodigioso para esta humilde cenicienta colombiana.
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El nuevo socialismo y el viejo totalitarismo

Si nos atenemos a los discursos, las cosas van a seguir cambiando en Venezuela. Ya se anuncia una nueva doctrina para el nuevo siglo. Ya se menciona un nuevo amanecer. Ya se habla de la institucionalización de la revolución. Del cambio permanente en busca de una utopía benevolente. “Socialismo es el reino de Dios en la tierra, que se debe fundamentar en la ética de la solidaridad, nuevos valores, transparencia, humildad”, dijo el presidente Chávez unos días antes de su posesión. “Ser institucional hoy es ser revolucionario, porque la revolución se ha institucionalizado”, afirmó durante el mismo acto, como para que no quedaran dudas sobre la ambición de los fines y la dimensión de los medios. El gobierno de Chávez parece cada vez más encaminado hacia un régimen totalitario. O, al menos, cada vez más adepto a los discursos y las poses del totalitarismo. El totalitarismo es mesiánico. Aspira a la creación de una nueva humanidad y a la instauración de un régimen perfecto. Desea la transformación completa de la sociedad. Los totalitaristas siempre hablan de nuevos valores, de éticas renovadas, prometen reinos terrenales y dicen estar dispuestos a morir por la causa. “Juro por mi pueblo y juro por mi patria que… entregaré mis días y mis noches y mi vida entera en la construcción del socialismo venezolano, en la construcción de un nuevo sistema político, de un nuevo sistema social, de un nuevo sistema económico… ¡Patria, socialismo o muerte, lo juro!”.Los totalitaristas creen que la construcción del nuevo sistema necesita un partido único que controle las decisiones públicas, las organizaciones sociales y la información. El totalitarismo detesta la pasividad. Deriva su poder de una prole activa y comprometida. El totalitarismo necesita seguidores leales que, en palabras de George Orwell, vivan “en un continuo frenesí de odio hacia los enemigos foráneos y los traidores internos y de subordinación ante la grandeza y la sabiduría del partido”. Y (finalmente) el totalitarismo exige disciplina. Cualquier intento de disenso o de debate es mirado con recelo. O tachado de traición. O castigado con el despido o el encierro. Pero el totalitarismo no es otra cosa que una estrategia para la acumulación de poder. Una forma elaborada de autoritarismo. Una manera de manipulación y de intimidación. Un disfraz conveniente para una intención velada. El totalitarismo, sugiere Orwell, sólo desea el poder por el poder. El mismo deseo que parece animar los proyectos políticos del presidente Chávez. “Un ansia que lo mueve –escriben sus biógrafos Cristina Marcano y Alberto Barrera–, que no lo deja dormir. Es una obsesión que, como toda obsesión, se delata sola. No se puede esconder. Sea el Chávez que sea, obsesivamente, siempre está deseando el poder. Más poder”. Nadie ha definido el llamado “socialismo del siglo XXI”, pero los discursos de Chávez rememoran los devaneos propagandistas de algunos regímenes totalitarios del siglo anterior. En sus rasgos conocidos, el nuevo proyecto chavista, que busca fundar un nuevo sistema en un nuevo siglo, aparece prefigurado en un libro publicado en 1949 y titulado 1984. Un libro que definió los regímenes totalitarios del siglo XX. Y que, aparentemente, no ha perdido vigencia en el siglo XXI. Al fin y al cabo, Venezuela parece avanzar, al mismo tiempo, hacia el futuro incierto del socialismo del siglo XXI y hacia el pasado ominoso de 1984.
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El engordamiento global

Aparentemente la economía no es lo único que está creciendo en China. La gente también crece, literalmente. Según una investigación publicada esta semana por el Ministerio de Salud, los chinos se han estirado seis centímetros en los últimos 30 años. La estatura promedio de un niño de seis años, por ejemplo, pasó de 112,3 centímetros en 1975 a 118,7 en 2005. Ante el estiramiento general, una consecuencia obvia del crecimiento económico, las autoridades de Beijing decidieron sumarle diez centímetros al límite de estatura bajo el cual los niños chinos pueden viajar gratis en los autobuses de la capital. La burocracia renguea detrás del capitalismo. Pero avanza de todos modos.
El crecimiento económico usualmente tiene efectos multidimensionales, como afirman, circunspectos, algunos indignados burócratas internacionales que denigran del capitalismo ajeno mientras disfrutan del propio. En el caso de China, el crecimiento no sólo ha sido a lo largo, sino también a lo ancho. La gordura ha crecido a la par con la estatura. El peso promedio de un niño de seis años aumentó en más de tres kilogramos entre 1975 y 2005. Los adultos, por su parte, engordan pero no crecen. Se ensanchan pero no se alargan. A partir de cierta edad, el crecimiento económico se torna unidimensional. O se concentra alrededor de la cintura. O se manifiesta principalmente en las balanzas.Pero el fenómeno en cuestión no está circunscrito a las lejanas tierras de Oriente. En todas partes, el músculo del capitalismo multiplica la grasa del organismo. La gordura es una consecuencia inevitable de un sistema que incrementa los ingresos, modifica los patrones de vida y de trabajo (mediante la urbanización y la creciente predominancia de los servicios) y aumenta, al mismo tiempo, la disponibilidad de comidas procesadas a bajo precio. Para bien o para mal, la obesidad afecta actualmente a una proporción similar de mexicanos que de gringos. Con el paso del tiempo, el capitalismo parece convertir a muchos de sus súbditos en figuras redondas y macizas, semejantes a las ubicuas esculturas de Botero. Otrora los caprichos plásticos de un artista. Ahora los símbolos metálicos del sistema.El capitalismo no afecta a todo el mundo por igual. Mientras unos se hacen cada vez más ricos, otros se hacen cada vez más gordos. La obesidad, en concreto, afecta cada vez más a los pobres que a los ricos. En los Estados Unidos, el porcentaje de adolescentes con sobrepeso es 14% en las familias de ingresos altos y 23% en las de ingresos bajos. Algo similar ocurre en las zonas urbanas de Brasil y en las de otros países del tercer mundo, incluido Colombia. En las ciudades del mundo en desarrollo, las calorías son baratas, los televisores asequibles y las ocupaciones sedentarias. El resultado: una versión actualizada del Mundo Feliz, poblado ya no por hedonistas hipnotizados, sino por trabajadores panzudos y satisfechos.Y el sistema, todos lo sabemos, tiene sus contradicciones culturales. Al mismo tiempo que engorda la gente, enflaquece los estándares. En los centros del nuevo capitalismo, los trabajadores viven rodeados de vallas gigantescas que muestran a unas mujeres de flacura sobrenatural exhibiendo las chucherías que ellos producen mediante actividades rutinarias que gastan apenas una fracción de las calorías engullidas. Tal vez sus corazones no estén contentos. Tal vez sus mentes estén confundidas (el sistema produce gordura y celebra la flacura). Pero sus barrigas están llenas. Y eso, insisto, es mucho más que un cuento chino.
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Hiperopia

La disyuntiva entre el vicio y la virtud es una constante en la vida del hombre: una lucha eterna que nunca termina, ni siquiera con la vejez. Y esa disyuntiva se hace más evidente en las festividades de fin de año, cuando los centros comerciales o las agencias de viajes o los restaurantes de moda se atiborran de Hamlets indecisos entre gastar o no gastar. Entre darse el gustico o guardarlo para más tarde. El consumidor decembrino es un sujeto freudiano por definición: un alma embrollada en una brega constante con las demandas prudentes del superyó. Un ser atemorizado por el remordimiento. Pero el remordimiento, cabe decirlo de una vez, no es sólo arrepentimiento: es también anticipo culposo. O demagogia virtuosa.
Los demagogos de la virtud siempre han tenido buena prensa. O mucha prensa, al menos. Por esta época, muchos repiten su cantaleta virtuosa con una insistencia que esconde su incoherencia. ¿Acaso no se han dado cuenta los circunspectos guardianes de la salud que el objetivo de la vida no es maximizar su duración? En las revistas de moda, los sicólogos del corazón reparten consejos virtuosos entremezclados con las vidas viciosas de la farándula. Y los inveterados críticos del sistema (esas almas atormentadas, siempre en Semana Santa) arengan sobre la comercialización de las fiestas. O sobre la fatuidad de los gustos. “Lo que cuenta para el burgués —escribió esta semana Alberto Aguirre— es que compra. Cualquier cosa, buena o mala, útil o inútil… No vive, compra”. Me disculparán los lectores por reincidir en las rencillas, pero las lecciones de vida de los mamertos son como las recomendaciones sexuales de los sacerdotes. Más que inocuas, peligrosas.
Quisiera, ya para entrar en la conspicua materia de esta columna, presentar mi argumento en contra de los demagogos de la virtud. No se trata de una opinión ligera o de una perorata hedonista, sino de una argumentación científica, sustentada por experimentos controlados y resultados replicables. Los investigadores Anat Keinan y Ran Kivetz de la Universidad de Columbia publicaron hace unos meses un artículo científico que confirma la doble naturaleza del remordimiento humano. En el corto plazo, lamentamos nuestros vicios. Y en el largo plazo, renegamos de nuestras virtudes. O, dicho de otra manera, el remordimiento ocasionado por no trabajar o no ahorrar disminuye con el tiempo, pero el causado por no descansar o no gastar aumenta con los años. En enero, renegaremos de nuestros excesos. En diez años, de nuestras tacañerías. En suma, las virtudes se convierten en vicios. Y los vicios en virtudes. Eso, al menos, es lo que dice la ciencia.
Por desgracia, los miembros adultos de la especie, concienzudos en sentido literal, somos incapaces de anticipar el arrepentimiento futuro que traerá la moderación presente. Los científicos llaman a esta falencia cognitiva hiperopia, definida como un exceso de previsión o de autocontrol. Como una incapacidad para anticipar que los placeres resistidos son también experiencias no vividas. No nos dejamos caer en tentación. Nos libramos de muchos supuestos males. Y cuando nos damos cuenta del error, ya es demasiado tarde. Padecemos de hiperopia: un mal de la especie. O, al menos, de su encarnación burguesa.
Pero la ciencia (con su proverbial conservadurismo) se ocupa muchas veces de nombrar lo conocido: de bautizar el agua tibia. La hiperopia es una falencia cognitiva conocida de tiempo atrás. “Nadie en su lecho de muerte se arrepiente de no haber pasado más tiempo en la oficina”, dijo alguna vez un senador gringo. “A nadie le quitan lo bebido y lo bailao”, dicen los campesinos colombianos. Y la ciencia, vea usted, terminó dándoles la razón.
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Todos se van

Esta semana, Raúl Castro y Gabriel García Márquez se reunieron en el Museo de Bellas Artes de la Habana con motivo de la presentación de un mural en homenaje a Fidel Castro, elaborado por 15 artistas cubanos. En una de las fotografías del evento, García Márquez, vestido enteramente de negro, luce ausente, desinteresado por las hechuras de los artistas del régimen. El mural recrea al yate Granma: “Es el barco especial de la historia de Cuba, es el barco que nos cambió la vida a todos”, dijo el pintor Alexis Leyva, uno de los promotores del homenaje. La obra se titula El arca de la libertad: un nombre tan perfectamente revolucionario que parece una broma compuesta con el fin de ridiculizar a los compungidos camaradas. Pero mientras los artistas del régimen intentan elegías exaltadas, los disidentes insisten en mostrar de qué manera (de qué callada manera) la vida cambió realmente para todos los cubanos después de la llegada del Granma. Una de las novedades literarias de este año, la novela Todos se van, de la escritora cubana Wendy Guerra, ofrece una versión tan sutil como desgarradora de la realidad cubana tras el arribo del “Arca de la libertad”. La novela, escrita en forma de diario, narra la vida de una adolescente inconforme, que no soporta la uniformidad impuesta litúrgicamente en las escuelas de la isla. Con el tiempo, Nieve (la heroína) se va quedando sola, pues todos los que desean algo distinto se fueron yendo sin despedirse. “Nosotros vivimos entre lo prohibido y lo obligatorio”, escribe Nieve en su diario, en un momento de rabia. “Como si no bastara con la realidad. Nos obligaron a combinar la verdad con la mentira. Porque así crecimos, ocultando los libros, las ideas, los parientes”, dice uno de sus amigos ante un consejo disciplinario que juzga a Nieves por leer libros prohibidos. Así crecieron: convertidos en seres homogéneos. En burócratas de sí mismos. La tiranía estructura la vida y no admite diferencias. “Hoy es ‘la Marcha del pueblo combatiente’ –escribe Nieve–… tocaron muchas veces a la puerta desde la seis de la mañana, pero no abrimos… Los viejos que no van al desfile pueden descubrirnos”. Y con el tiempo todos se van yendo, uno a uno, dejando atrás las prendas que Nieve viste para soportar la ausencia. “Mi libreta telefónica está llena de rayas rojas. Ya no puedo marcar esos números. Nadie me contestará. Casi no hay gente conocida en la ciudad. Todos se van. Me dejan sola. Ya no suena el teléfono”. Seguramente, los artistas del régimen no alcanzan a entender la ironía de la situación –la militancia destruye esa muestra inconfundible de civilización que es el cinismo– pero la historia de Cuba no es tanto la de un barco que llegó como la de muchas gentes (o barcazas) que se fueron. El “Arca de la libertad” más parece el arca de la soledad. “Dije adiós a todos los amigos de infancia. Hoy dije adiós a Cleo. Mientras me probaba uno de sus sombreros hermosos que era definitivo. ¡A cuántos falta por despedir antes de que pueda escaparme yo!”. Y volviendo al comienzo: a la imagen de García Márquez de luto, apesadumbrado, no es difícil adivinar su sentimiento de nostalgia: repasando la vida del patriarca repasa su propia vida. Tal vez, sentado en el homenaje, rodeado de hombres en uniforme y artistas comprometidos, intentó componer una elegía y recordó involuntariamente la línea final de una de sus novelas: “las campanas de gloria anunciaron al mundo la buena nueva de que el tiempo incontable de la eternidad había terminado”. Llegado el momento, todos se van. Hasta los dictadores.