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La disfunción aludida le produjo a Juan una desazón comprensible. Perdió la confianza, se volvió irritable y comenzó a albergar ideas de minusvalía y vergüenza. Los médicos de su empresa promotora de salud (EPS) le recomendaron, como solución definitiva, la implantación de una prótesis peneana inflable. Pero la empresa se negó a cubrir un procedimiento valorado en varios millones y no incluido en el plan obligatorio de salud (POS). Desesperado y sin medios económicos para pagar por un implante que le restauraría el cuerpo y le aliviaría el alma, Juan interpuso una acción de tutela alegando la vulneración de sus derechos fundamentales. Pero dos jueces de circuito de la ciudad de Cali negaron el amparo aduciendo que el asunto no era cuestión de vida o muerte.
Pero Juan iba a encontrar en algunos justicieros encumbrados la solución a su parálisis. En febrero de los corrientes, la Corte Constitucional decidió revocar las dos sentencias anteriores, ordenar la iniciación del mencionado procedimiento y prescribir que el mismo debería ser pagado con dineros públicos. Para justificar su decisión, la Corte argumentó, en primer término, que el principio constitucional de eficiencia en la prestación de los servicios implica necesariamente que los tratamientos médicos deben agotar todas las opciones posibles. “Si… se da inicio a una de varias posibles opciones tendientes a solucionar el problema, el paciente podrá reclamar el acceso a todas las demás opciones que médicamente le permitan recuperar su actividad sexual”. Llevado a un extremo, este argumento implica que si la prótesis inflable no funciona, el Estado deberá, entonces, cubrir la implantación de un miembro biónico o de grafito o quien sabe que otra maravilla de la urología moderna.
En segundo término, la Corte justificó su decisión argumentando la vulneración de los derechos a la vida digna, a la integridad personal y al libre desarrollo de la personalidad (uno esperaría que a los 64 años de edad la personalidad ya estuviese desarrollada pero casos se han visto). Más allá de los argumentos jurídicos lo que uno percibe leyendo la sentencia es la intención de los magistrados de convertiste en justicieros cósmicos: en reparadores de las tragedias privadas que llegan a sus escritorios.
No sé que pasará por la mente de los justicieros cósmicos pero creo, honestamente, que incumbe a todos preguntarnos si los más de cien mil millones de pesos pagados en tratamientos y medicamentos por fuera del POS no tendrían un uso más productivo socialmente: la afiliación de medio millón de personas al régimen subsidiado de salud, por ejemplo. En últimas, la tragicomedia de Juan contiene una enseñanza fundamental. A saber: una sociedad debe reclamar de sus jueces no tanto corazón para hacer caridad con dineros ajenos, como inteligencia para entender las implicaciones de sus fallos y actuar en consecuencia.
Esta semana, el empresario colombiano Nicanor Restrepo, antiguo director del Grupo Empresarial Antioqueño, manifestó una preocupación similar a la de los empresarios estadounidenses. Según varios informes de prensa, Restrepo resaltó la importancia de la equidad en el desarrollo económico y llamó la atención sobre la trascendencia de los salarios justos, los derechos de los trabajadores y la solidaridad social. En suma, muchos empresarios (de ideologías distintas y nacionalidades diversas) parecen coincidir en sus preocupaciones sobre la distribución desigual de los réditos de la economía global.Más que con sentimientos altruistas, la preocupación de los empresarios tiene que ver con consideraciones prácticas. Y, en particular, con las consecuencias políticas de la desigualdad. Muchos consideran, con razón, que la creciente desigualdad le resta soporte político a la globalización. O, en otras palabras, que el empeoramiento distributivo les confiere legitimidad a las políticas proteccionistas y a las prácticas populistas. Nicanor Restrepo, por ejemplo, llamó la atención sobre la enfermedad contagiosa del populismo. “Somos una isla y nos podemos convertir en parte del archipiélago… Existen unos gobiernos populistas en el vecindario y el populismo se vende fácil”. Sobre todo, cabría adicionar, si la desigualdad y el consecuente malestar de la clase media aumentan año tras año.Los empresarios han ofrecido pocas propuestas concretas para disminuir la desigualdad. Las iniciativas sociales emprendidas directamente por el sector privado son loables, quién puede negarlo, pero nunca resolverán el problema en cuestión. Algunos comentaristas económicos, entre ellos los editorialistas de la revista inglesa The Economist, han propuesto una solución basada en la capacitación laboral y en la universalidad de la protección social. Pero estas medidas toman tiempo, tienen un efecto limitado y son por lo tanto insuficientes para mitigar los efectos políticos de la desigualdad. Si acaso, los editoriales de The Economist sirven para aliviar la remordida conciencia de los hombres de Davos, alarmados ante el crecimiento exagerado de sus sueldos y ganancias.En últimas, el crecimiento de la desigualdad necesita de una nueva política fiscal. Entre otras medidas, cabría pensar en la introducción de incentivos tributarios, ya no para la acumulación de capital, sino para la generación de empleo; en la reimplantación de la doble tributación; y en el aumento de los impuestos para las ganancias de capital. Tal vez este tipo de iniciativas no cuenten con la anuencia de los preocupados hombres de Davos. Probablemente no resolverán el problema de la desigualdad. Pero constituyen, al menos, una alternativa razonable a las políticas regresivas de Bush y Uribe, y a las propuestas populistas de Chávez y sus amigos.
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Los demagogos de la virtud siempre han tenido buena prensa. O mucha prensa, al menos. Por esta época, muchos repiten su cantaleta virtuosa con una insistencia que esconde su incoherencia. ¿Acaso no se han dado cuenta los circunspectos guardianes de la salud que el objetivo de la vida no es maximizar su duración? En las revistas de moda, los sicólogos del corazón reparten consejos virtuosos entremezclados con las vidas viciosas de la farándula. Y los inveterados críticos del sistema (esas almas atormentadas, siempre en Semana Santa) arengan sobre la comercialización de las fiestas. O sobre la fatuidad de los gustos. “Lo que cuenta para el burgués —escribió esta semana Alberto Aguirre— es que compra. Cualquier cosa, buena o mala, útil o inútil… No vive, compra”. Me disculparán los lectores por reincidir en las rencillas, pero las lecciones de vida de los mamertos son como las recomendaciones sexuales de los sacerdotes. Más que inocuas, peligrosas.
Quisiera, ya para entrar en la conspicua materia de esta columna, presentar mi argumento en contra de los demagogos de la virtud. No se trata de una opinión ligera o de una perorata hedonista, sino de una argumentación científica, sustentada por experimentos controlados y resultados replicables. Los investigadores Anat Keinan y Ran Kivetz de la Universidad de Columbia publicaron hace unos meses un artículo científico que confirma la doble naturaleza del remordimiento humano. En el corto plazo, lamentamos nuestros vicios. Y en el largo plazo, renegamos de nuestras virtudes. O, dicho de otra manera, el remordimiento ocasionado por no trabajar o no ahorrar disminuye con el tiempo, pero el causado por no descansar o no gastar aumenta con los años. En enero, renegaremos de nuestros excesos. En diez años, de nuestras tacañerías. En suma, las virtudes se convierten en vicios. Y los vicios en virtudes. Eso, al menos, es lo que dice la ciencia.
Por desgracia, los miembros adultos de la especie, concienzudos en sentido literal, somos incapaces de anticipar el arrepentimiento futuro que traerá la moderación presente. Los científicos llaman a esta falencia cognitiva hiperopia, definida como un exceso de previsión o de autocontrol. Como una incapacidad para anticipar que los placeres resistidos son también experiencias no vividas. No nos dejamos caer en tentación. Nos libramos de muchos supuestos males. Y cuando nos damos cuenta del error, ya es demasiado tarde. Padecemos de hiperopia: un mal de la especie. O, al menos, de su encarnación burguesa.
Pero la ciencia (con su proverbial conservadurismo) se ocupa muchas veces de nombrar lo conocido: de bautizar el agua tibia. La hiperopia es una falencia cognitiva conocida de tiempo atrás. “Nadie en su lecho de muerte se arrepiente de no haber pasado más tiempo en la oficina”, dijo alguna vez un senador gringo. “A nadie le quitan lo bebido y lo bailao”, dicen los campesinos colombianos. Y la ciencia, vea usted, terminó dándoles la razón.
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