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Una propuesta modesta

Quisiera aprovechar esta columna para hacer una propuesta sencilla. O para plantear una mera inquietud. La propuesta no pretende alterar el contrato social. Ni propiciar un cambio institucional. Ni instaurar un nuevo modelo económico. El objetivo es más modesto. Se trata, en general, de una invitación a hacer justicia social con nuestras propias manos (o bolsillos). A quitarle al Estado el monopolio de la redistribución. A intervenir voluntariamente un mercado específico. A no respetar los términos de intercambio. A pagar más de lo que toca.

Si el lector quiere conocer los detalles de la propuesta, lo invito a leer de una vez el último párrafo de esta columna. Pero yo debo antes hacer algunas aclaraciones. Y exponer los motivos del asunto. Primero, la propuesta no es mía: es de mi colega Luis Carlos Valenzuela, quien me la expuso hace ya varios meses durante una conversación informal. Y segundo, la propuesta está dirigida no sólo a los grandes potentados, sino también a los hogares que (en términos absolutos) conforman nuestra quejumbrosa clase media pero que (en términos relativos) constituyen nuestra privilegiada clase alta. En concreto, la propuesta va dirigida a los hogares del decil superior de la distribución del ingreso. Al 10% más rico: aproximadamente un millón de familias que, en conjunto, acaparan casi la mitad del ingreso nacional.

Los hogares en cuestión son los beneficiarios de una doble desigualdad. No sólo tienen ingresos muy superiores al resto, sino que pueden también comprar servicios personales a precios irrisorios. Casi indignos. La abundancia de mano de obra no calificada (que explica, en buena parte, la desigualdad del ingreso) les permite a muchas familias acomodadas disfrutar, a precios módicos, muy inferiores a los que estarían dispuestos a pagar, de los servicios de aseadoras, cocineras, niñeras y conductores. Para no mencionar la conveniencia de los peluqueros a domicilio. O de los tramitadores a destajo. Los proveedores de servicios personales trabajan por una fracción de lo que perciben sus contrapartes en el primer mundo. El servicio de una aseadora, por ejemplo, cuesta 30 veces más en Nueva York que en Bogotá.

Hace algún tiempo, un reportero del diario The New York Times, interesado en estudiar las diferencias en los patrones de consumo entre los ricos de los ricos y el resto de los mortales, pasó varios días persiguiendo señoras de clase alta en los Estados Unidos. Su conclusión fue tajante. Ni las carteras, ni los relojes, ni las prendas, ni las agendas electrónicas marcan la diferencia. La crema de la crema se distingue de los demás por su acceso a los servicios personales. Las señoras más ricas son las que tienen empleadas permanentes. Las que pueden pagar el lujo imposible de los servicios personales. Pero, en Colombia, el mismo privilegio está disponible para muchos hogares acomodados que pueden comprar servicios personales a precios de abundancia y así disfrutar del tipo de ayuda sólo asequible para la realeza europea o la aristocracia americana. En últimas, la doble desigualdad facilita el acceso a los lujos de los más ricos de los ricos.

Así las cosas, no estaría de más pagar algo más. Y en eso consiste, precisamente, la esencia de mi propuesta. En dar propinas abundantes a los proveedores de servicios personales. Hasta que duela como dijo recientemente el filósofo Peter Singer. En pagarles 20, 30 o 70% más a las empleadas domésticas. En no negociar hasta el último peso del precio de los servicios de niñeras y tramitadores. En remunerar generosamente a quienes nos facilitan la vida con su trabajo. Y a quienes les pagamos apenas una fracción de lo que estamos dispuestos a pagar. Para que así, con el tiempo, los servicios personales sean lo que deben ser: una mercancía que se compra y se vende, y no una forma velada de esclavitud.

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Un hombre obsesionado

En Colombia los presidentes siempre son los personajes del año. Sin realeza, sin figuras intelectuales y con escasos héroes deportivos, el protagonista principal es casi siempre el mismo: el ocupante ocasional del solio de Bolívar. “Es que si usted se muere en Colombia y el presidente no va a su entierro —dice Fernando Vallejo—, haga de cuenta que no se murió. Mejor espérese y tome turno. En Colombia, el presidente lo es todo. Colombia nada es sin él. Él es el presente, él es el pasado, él es el porvenir. Él es el que parte el pan y él es el que sirve el vino”.
Pero Álvaro Uribe Vélez no es sólo un personaje de ocasión. Más allá de su estatus novedoso de reelegido, el presidente Uribe se ha convertido en la personificación de nuestros anhelos y nuestros temores. En la encarnación de nuestro pasado y de nuestro futuro. Sus críticos lo siguen con la misma devoción celosa que demuestran sus partidarios. Unos y otros comparten el mismo fanatismo. Unos y otros padecen el mismo odio tribal: hutus y tutsis divididos inexorablemente por la figura ambigua del Presidente de esta República. Para unos, el Presidente constituye la salvación providencial después de muchos años de conflicto y de pobreza. Para otros, significa la condena definitiva a la violencia y la injusticia social. Una visión neutral parece imposible. Muchos columnistas de prensa escriben discursos exaltados que son leídos por lectores exaltados en busca de exaltación. Nadie quiere escuchar opiniones. Todo el mundo quiere oír posiciones. Y las posiciones son binarias: o blanco o negro. O Uribe o No Uribe. En últimas, cada cual interpreta los hechos a su antojo. Cada quien confirma sus prejuicios mediante la lectura selectiva de sus compinches ideológicos. Pero la polarización ha terminado por desfigurar al personaje. El intercambio de caricaturas sesgadas ha impedido un entendimiento preciso de la figura del Presidente. O, mejor, ha profundizado nuestra ignorancia acerca del verdadero carácter del sujeto de nuestra obsesión. Ante todo, el presidente Uribe es un político (un hombre de acción) en la definición precisa de Ortega y Gasset. “Impulsividad, turbulencia, histrionismo, imprecisión, pobreza de intimidad, dureza de piel, son las condiciones orgánicas, elementales, de un genio político… Ni sus ideas ni sus gustos son precisos originales refinados… Lo importante para él son sus actos. Cuando miente, en rigor no miente, porque no está adscrito íntimamente a nada determinado. Las palabras, y dentro de ellas las ideas, son para él tan solo instrumentos”. En este caso, la impulsividad ha llevado a la arbitrariedad. El Presidente desautoriza a los ministros, reemplaza a los fiscales y sustituye a los alcaldes. “A mí no me gusta discutir las buenas ideas; las buenas ideas no se discuten, se ejecutan”, dice de manera repetida en los escenarios públicos, para la exasperación de los escépticos que se preguntan (calladamente) cómo hace uno para saber si una idea es buena antes de discutirla. Pero el Presidente no se inmuta con las críticas de quienes lo tachan de impulsivo o de histriónico o de turbulento o de impreciso. Pensará, como pensaba Ortega, que “no hay creación en ningún orden sin cierta dosis de titanismo –que es, en verdad, la ausencia de dosis, el absoluto lujo de la vitalidad—”. Una vitalidad que anima la labor incansable y dispersa del presidente Uribe y que lo ha convertido en pregonero de todos los intereses. A menudo los hombres de acción se convierten en coleccionistas de problemas. Son administradores dispersos. Con más variables que ecuaciones. Con muchas ideas malas tomadas como buenas. Pero el presidente Uribe (y ésta es quizás su característica esencial) une a su desconcentración como administrador público, su reconcentración como estadista. La vitalidad del Presidente parece motivada por una única convicción: la de llenar todos los vacíos de autoridad. “Que en todas las regiones de la Patria, en ese Catatumbo donde nos duele el asesinato de los soldados, en Urabá, en el sur del país, en el Pacífico, en todos los departamentos, la presencia eficaz de la Fuerza Pública sea la garantía de una ciudadanía”. El administrador disperso es al mismo tiempo un pensador reconcentrado. Obsesionado con una idea fija. Convencido de que todos los problemas del país se derivan de la falta de autoridad (alimentada, a su vez, por muchos años de indolencia). Impaciente con quienes no son capaces de percibir la supuesta claridad moral y pertenencia factual de su gran tesis. Usualmente los estadistas animados por una única visión (por una idea fija) fracasan de manera repetida. Con frecuencia, además, son incapaces de reconocer su fracaso. Siempre tienen una disculpa a la mano: los problemas son descartados como contingencias menores o distorsiones transitorias. Pero cuando aciertan, lo hacen de manera espectacular. Winston Churchill (el ejemplo es de Phillip Tetlock) nunca dejó que los hechos interfirieran con sus ideas fijas. Hizo la apuesta equivocada con respecto a la independencia de la India, a la cual siempre se opuso. Pero nunca permitió que los accidentes de la coyuntura afectaran su resolución acerca de la necesidad imperiosa de eliminar a Hitler. Fracasó muchas veces, pero triunfó cuando tocaba. Pero los juicios históricos no vienen al caso en esta oportunidad: el presidente Uribe es todavía un personaje del presente. Un político en ejercicio. No sólo un hombre de acción, sino también un hombre obsesionado. Un hombre con idea fija de cuya validez depende, en buena medida, el futuro de este país. Un hombre y varios millones de destinos. Ni más. Ni menos.
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Las misiones de Chávez

El fin de semana pasado, el Coronel Hugo Chávez Frías fue reelegido con un porcentaje del voto popular casi idéntico al obtenido por Álvaro Uribe Vélez en las elecciones del mes de mayo: una coincidencia notable y entendible. Ambos gobernantes han sido favorecidos por unas circunstancias externas excepcionales. Y ambos han puesto en práctica una versión exitosa del Estado teatral: pan y circo en el mismo escenario y en directo por televisión. Pero si uno quisiera señalar una sola razón para explicar el triunfo electoral de Chávez, tendría necesariamente que mencionar las llamadas Misiones: los programas sociales usados por el gobierno venezolano para entregarle a la población más necesitada una parte de los excedentes petroleros. Durante la bonanza petrolera de los años setenta, los gobiernos de entonces también utilizaron los excedentes petroleros para incrementar el gasto social. Aproximadamente 40% del presupuesto nacional fue invertido en programas sociales. La cobertura educativa y el acceso a la salud avanzaron de manera notable. Los alimentos y las medicinas fueron subsidiados por varios años. Muchos jóvenes fueron becados para realizar estudios en las más prestigiosas universidades del mundo. En suma, la redistribución de la bonanza petrolera no ha sido una innovación chavista. Ha sido, por el contrario, una constante en la historia reciente de Venezuela. Durante los años setenta, los programas sociales se ejecutaron por medio de los ministerios y los canales institucionales establecidos. Las redes clientelistas de los partidos tradicionales (Acción Democrática y Copei) jugaron un papel preponderante en la asignación. Así, las clases medias, que concentraban una buena parte de la militancia partidista, fueron las grandes beneficiadas. Con Chávez todo cambió. Los partidos tradicionales pasaron a la historia. Y los programas sociales (las Misiones) terminaron siendo ejecutados por medio de una institucionalidad paralela, independiente de los ministerios y de las redes clientelistas del pasado. En consecuencia, los sectores más pobres han pasado a ser los principales beneficiarios del mayor gasto público. El antiguo clientelismo de clase media ha sido sustituido por un nuevo clientelismo de clase baja. O, para decirlo en términos más sofisticados, ha mejorado la focalización de los programas sociales. Pero esta mejoría ha tenido un costo muy grande: la ineficiencia. Las nuevas redes clientelistas son costosas, redundantes y corruptas. Tómese, por ejemplo, la llamada Misión Robinson, una campaña de alfabetización diseñada por expertos cubanos. Un estudio reciente, liderado por el economista Francisco Rodríguez, muestra que el número actual de analfabetas es igual, en términos estadísticos, al que existía antes del comienzo de la Misión. Además, el costo por alumno supera al menos en diez veces el observado en iniciativas similares de otros países. En síntesis, el gobierno de Chávez ha logrado llegarle a la población más pobre. Pero lo ha hecho con programas ineficientes que aumentan la presencia estatal sin cambiar la realidad social. La ausencia de resultados ha sido eficazmente contrarrestada por la propaganda oficial. En palabras de Francisco Rodríguez, “es sorprendente la facilidad con la cual el gobierno ha sido capaz de vender versiones exageradas de unos supuestos éxitos en el campo social que no tienen ningún asidero real”. Las Misiones, por supuesto, tienen tanto de propaganda oficial como de política social.
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El leviatán dormido

Esta semana, en un discurso pronunciado en la clausura del curso de altos estudios militares, el Presidente presentó la teoría oficial sobre las causas del problema paramilitar. Dijo el Presidente: “Eso había pasado en muchas zonas de Colombia, se mantenían los emblemas de la Nación, las formalidades, pero las fuerzas invasoras del terrorismo ejercían el poder real, que todos los días se escapaba más de las competencias del Estado… Muchos colombianos que lo vivieron no se extrañan de lo que hoy aparece. ¿Por qué se daba?: porque no había voluntad de derrotar al terrorismo. ¿Y por qué ahora aflora?: porque hay voluntad de derrotar al terrorismo”. Así, la teoría oficial postula que el problema paramilitar se originó en la debilidad histórica del Estado. La teoría tiene un marcado énfasis hobbessiano: presume un leviatán dormido (o complaciente) que propició el surgimiento de bandas de criminales y de hordas de vengadores. Los culpables, dice el Presidente, fueron los medrosos, los que “prefirieron coquetear con el terrorismo”, los que confundieron la fuerza del Estado con la inercia de sus formas, los que viajaban a las regiones a tomar whisky sin percatarse de que la vida rural era solitaria, pobre, desgraciada, brutal y corta. Pero, en opinión del Presidente, el Estado ha comenzado a recuperar la fortaleza perdida —leviatán ha salido de su marasmo—, lo que ha permitido, entre otras cosas, restablecer el orden perdido y conocer la verdad escondida. “Gracias a la política de Seguridad Democrática, se están desmontando los poderes del crimen que antes no se enfrentaron en debida forma”. La teoría oficial identifica el origen histórico del problema, pero no esclarece su naturaleza actual. Si los acusados son congresistas, gobernadores, alcaldes, diputados y concejales, el problema ya no es la supuesta debilidad del Estado, sino la evidente corrupción de sus agentes. O, en otras palabras, la fusión de la política y el paramilitarismo no debe concebirse como una abdicación del Estado, sino como una captura del mismo. Ya no cabe hablar de confrontación, sino de confabulación. El paramilitarismo puede haberse originado en la debilidad estatal. Pero ha derivado en un problema muy distinto: la cooptación de su fortaleza por parte de políticos inescrupulosos. Las instituciones del Estado, en este caso, no están amenazadas desde afuera, sino desde adentro. Lo que complica el diagnóstico y dificulta la solución. La captura del Estado no ha ocurrido de arriba hacia abajo, como argumentan (con maledicencia) algunos críticos del Gobierno. La captura ha ocurrido de abajo hacia arriba. Comenzó con la supresión de la democracia local y con el saqueo de los presupuestos regionales. Y continuó con la penetración de los estamentos nacionales. De manera gradual, la “parapolítica” alcanzó una dimensión tan incierta como aterradora. Si antes, como lo dijo el Presidente esta semana, el Estado se había convertido en un mero formalismo (en un leviatán dormido), ahora se ha transformado, al menos en muchas regiones el país, en una empresa criminal (en un leviatán domesticado para el servicio de unos pocos). Pero la teoría oficial confunde la captura estatal con la amenaza terrorista. Como si combatir la “parapolítica” fuese lo mismo que enfrentar la demencia de Pablo Escobar o del Mono Jojoy. O como si el problema fuese la falta de autoridad más que la ausencia de vigilancia y control. Sin buenas instituciones electorales, sin adecuados controles presupuestales, sin mecanismos para recentralizar recursos, sin jueces independientes y sin participación comunitaria, el matrimonio entre los políticos y los grupos armados seguirá vigente. En esencia, la captura estatal no se combate con soldados, sino con burócratas. Pero el Presidente olvida que la Seguridad Democrática no puede resolver todos los problemas. O, para decirlo de otro modo, que Hobbes no tiene todas las respuestas para los desafíos de la política.
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Clientelismo y corrupción

Desde hace varios años, los analistas de la economía colombiana han puesto de presente los grandes costos económicos de nuestra limitada infraestructura de transporte. En un futuro cercano, la economía podría literalmente atascarse como resultado de la falta de vías adecuadas. Los analistas afirman que la inestabilidad jurídica ha impedido una mayor participación del sector privado en un sector estratégico, y señalan que el ahorro privado (cada vez más concentrado en los Fondos de Pensiones) debería orientarse hacia la inversión productiva (cada vez más presente en el sector de infraestructura). En esta columna, quiero llamar la atención sobre otro problema: la creciente politización (y la consecuente ineficiencia) de la inversión pública en el sector. En el sector de infraestructura, el Gobierno tiene dos caras: la cara programática de los planes de desarrollo y los documentos estratégicos, y la cara clientelista de la escogencia de los proyectos y la repartición de contratos. La teoría es programática pero la práctica es clientelista. Los dos planes de desarrollo de Uribe han enfatizado la necesidad de que las inversiones públicas en infraestructura sean eficientes y oportunas, coherentes con la inserción internacional de la economía y conducentes a una mayor competitividad. Dice uno de los planes: “Para los proyectos financiados con recursos públicos, se seleccionarán aquellos de alto impacto económico teniendo en cuenta las razones beneficio-costo y la generación de empleo”. Pero este discurso no es más que un ropaje tecnocrático para una realidad clientelista. Los proyectos financiados con recursos públicos (los que conforman el llamado Plan vial 2500) no han sido seleccionados con base en su rentabilidad social. O con base en un análisis de los beneficios previstos o de los costos probables. Los planes de desarrollo ni se obedecen, ni se cumplen. Los proyectos han sido seleccionados con base en consideraciones políticas. La milimetría regional ha sido el criterio predominante. Como resultado, el todo de los proyectos será mucho menor que la suma de las partes: los proyectos son inconexos y desarticulados. Además, los recursos para su mantenimiento permanecen en un limbo presupuestal. Una vez inaugurados, los proyectos viales entrarán en una fase irreversible de deterioro. Tristemente el clientelismo se desvanece en el aire. Pero la historia no termina con el clientelismo. Ahora el Plan 2500 parece también afectado por la corrupción contractual. Seguramente el Gobierno hará las purgas respectivas. Y exigirá que se conozca toda la verdad del asunto. Esto es, el Gobierno asumirá el papel de víctima cuando ha sido, al menos, generador del problema. Al fin y al cabo, la corrupción es consubstancial al clientelismo. Uno no puede llenar la alcoba de queso y después salir a quejarse de los ratones. O, en otras palabras, uno no puede lavarse las manos cuando se ha dedicado sistemáticamente a ensuciar el aguamanil. Para terminar, cabe retornar al mensaje del comienzo. En las finanzas públicas, la corrupción es el problema más conspicuo, pero no es necesariamente el más grave. O el más importante. El problema de fondo es el clientelismo. Cuando el clientelismo predomina, el Estado deja de ser un instrumento para el desarrollo y se convierte en una herramienta para el mantenimiento de ciertas redes políticas y de ciertas lealtades regionales. Pero, como decía Lauchlin Currie, la opinión pública suele ser inflamada por los escándalos pero no por el clientelismo. Ni tampoco por las inversiones públicas malogradas. Aparentemente el público (y los medios) requieren de la corrupción para percatarse del clientelismo. He ahí una paradoja.
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Por punta y punta

Cabría comenzar esta columna con una advertencia general: el origen no tiene nada que ver con la esencia de las cosas. En unos casos, los grupos paramilitares desplazaron a los políticos tradicionales y se apoderaron del poder local. En otros, los políticos tradicionales se asociaron con los grupos paramilitares y lograron conservar el poder local. Y en otros más, los grupos guerrilleros desterraron a los políticos tradicionales y se adueñaron del poder local. El origen pudo haber sido distinto, pero el resultado ha sido el mismo: la captura de lo público por medios violentos y con fines pecuniarios. Es la corrupción al servicio del conflicto. Y el conflicto al servicio de la corrupción.


En muchos lugares de Colombia, la competencia política ha sido eliminada mediante las masacres selectivas, el asesinato de los adversarios, la intimidación armada y la compra de votos. El clientelismo armado no ha desplazado al clientelismo tradicional: lo ha complementado. Y juntos han convertido la democracia local en una farsa: el proselitismo armado asegura la supremacía electoral, la cual, a su vez, asegura los recursos necesarios para el financiamiento del proselitismo armado. Aunque la democracia local no ha fracasado de manera definitiva —algunas regiones han hecho buen uso de su mayor autonomía—, la descentralización parece haber dividido al país en tres grandes bloques (la caricatura es inexacta pero no equivocada): un bloque norte de dominio paramilitar, uno sur de dominio guerrillero y otro central donde la corrupción y el conflicto todavía no han logrado aniquilar completamente la competencia política. A todas estas, la captura del poder local ha contrariado las buenas intenciones de muchos reformadores sociales. Los subsidios a la demanda, que habían sido introducidos con el fin de neutralizar el clientelismo político, terminaron siendo capturados por el clientelismo armado. En la salud, por ejemplo, se pasó de la depredación del Seguro Social al pillaje de las ARS. O del control de las nóminas al control de los contratos. Así mismo, la educación contratada, que había sido implantada como una respuesta a la inoperancia de la educación pública, fue parcialmente capturada por cooperativas de papel.

De la mediocridad de Fecode se pasó a la voracidad de los grupos armados. Así, en muchas regiones del país, la descentralización no redundó en un mejoramiento social a pesar del incremento del gasto. Incluso la descentralización, al transferir el poder político y el control presupuestal a las regiones, pudo haber contribuido al surgimiento del clientelismo armado, como lo muestran Fabio Sánchez y María del Mar Palau en una investigación reciente. Por circunstancias fortuitas, el crecimiento de los cultivos ilícitos coincidió con la profundización de la descentralización, con consecuencias tan nefastas como imprevisibles. En el norte y en el sur, las mismas organizaciones que monopolizaron las rentas del narcotráfico se adueñaron del poder local y por lo tanto de los cuantiosos presupuestos regionales. Entre otras cosas, las circunstancias descritas indican la ligereza de quienes denuncian el fenómeno paramilitar y demandan, al mismo tiempo, un aumento de las transferencias regionales. O la de quienes insisten en la disyuntiva tradicional entre gasto militar y gasto social (“con el recorte de la inversión social se financiará la guerra”, escribió Jaime Castro la semana anterior).


El asunto es más complicado. Pues el gasto social, al menos en algunos momentos y lugares, puede haber contribuido a instigar el conflicto. Como lo señaló recientemente un blogero anónimo: “La triste realidad es que el Gobierno acaba financiando la guerra por punta y punta: vía presupuesto de defensa y vía transferencias y regalías que van a parar a manos de quienes, de uno u otro modo, están socavando la gobernabilidad democrática en Colombia”.
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Los “afeminados” años setenta


Esta semana, ante un auditorio de jóvenes abogados, el Ministro de Agricultura formuló una hipótesis atrevida sobre las causas de la tragedia colombiana de la última generación: “Todo comenzó por allá en los setenta, con una bonanza marimbera, cuando el gobierno de turno fue flexible, fue blandito, fue pusilánime, casi con actitud —no lo estoy diciendo en términos peyorativos—, con actitud afeminada para tratar ese problema”. Los periodistas ya se ocuparon de las osadías verbales del ministro. Yo quiero ahora ocuparme de sus juicios históricos. De su intención de interpretar la historia con la sabiduría infalible de la retrospección. O de juzgar los actos pasados con los valores exaltados del presente.Cabe recordar que “por allá en los setenta” todos los gobiernos eran blanditos con el problema de la droga. La actitud afeminada no fue una perversión exclusiva de unos cuantos gobernantes colombianos. Las autoridades del Cono Sur fueron mucho más permisivas. O alcahuetas para usar una expresión más femenina. En enero de 1971, un agente estadounidense le confesó lo siguiente a un reportero del New York Times: “La cooperación local es casi inexistente. Tampoco existe ningún estigma moral asociado con el negocio de la droga. ¿Qué más podría querer un traficante?”. El agente estaba hablando, no de la permisividad colombiana, sino de la alcahuetería argentina y chilena.Por allá en los años setenta, el tráfico de drogas era percibido, a lo largo y ancho de América del Sur, como una forma venial de contrabando. Como una manera de sacarle provecho al proteccionismo moral (e injustificado) de los Estados Unidos. La exportación de cocaína, en particular, era vista como una actividad de amas de casa desesperadas. O de diplomáticos dispuestos a explotar impunemente la conveniencia de sus valijas. Por ese entonces, los chilenos dominaban el negocio de la producción y la exportación de cocaína. Los marimberos colombianos participaban marginalmente en el negocio. Como por no dejar.En los años setenta, los especialistas todavía no se ponían de acuerdo sobre los efectos de la cocaína. Muchos dudaban de su estatus de narcótico o de su naturaleza adictiva. En septiembre de 1974, el New York Times publicó un extenso artículo sobre la cocaína, titulado “La champaña de las drogas”. El artículo tiene un tono amable, casi apologético. Decía el diario neoyorkino que la cocaína había sido consumida por algunas de las figuras más representativas de la historia. “El Papá Leon XIII soportó sus ascéticos retiros a punta de Vin Matini, un vino suave envenenado generosamente con cocaína”. A finales de los setenta, un bombero de Texas fue detenido por las autoridades colombianas en Riohacha. Había venido a comprar varios kilos de uno de los ingredientes del elíxir papal: el mismo que comenzaba, por entonces, a causar furor entre los ricos de su país. Pero las autoridades estatales exigieron la liberación inmediata del traficante. Hasta los texanos se mostraban afeminados por aquellos días.Con el tiempo, los colombianos desplazaron a los chilenos en el tráfico de cocaína. El negocio alcanzó dimensiones industriales. Las amas de casa fueron reemplazadas por poderosos carteles que enfrentaron a unas autoridades, ya no tanto permisivas, como inermes ante las exorbitantes utilidades del negocio. Sin duda, la complacencia de los setenta contrasta con la tragedia de las décadas que siguieron. Pero los juicios anacrónicos del ministro Arias son inútiles. Pues nadie, en los años setenta, habría sido capaz de imaginar lo que vendría después. Nadie, mejor dicho, habría sido capaz de prever que la historia de Colombia durante el tumultuoso siglo XX sería la historia de dos drogas: de una roja que duró ochenta años y de una blanca que aún no termina.
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Así es este negocio

El pasado fin de semana dos políticos progresistas, de buenas ideas y conciencias limpias, fueron invitados, en el marco de un festival cultural, a especular sobre el futuro. El espectáculo tenía algo de grotesco. En la tarima, micrófono en mano, dos bienpensantes, Antanas Mockus y Sergio Fajardo, sentados en la palabra, hablaban del futuro, mientras, al frente, cien malpensantes, sentados en sus asientos, esperaban, con paciencia, una sorpresa. Un atisbo de ironía. Una pizca de escepticismo. Un arranque de pesimismo ilustrado.
Sentado entre los malpensantes estaba Fernando Vallejo: mirando de frente con sus ojos pero de perfil con su mente. Aparentemente atento mientras Sergio Fajardo mostraba, una a una, las imágenes de su Medellín del futuro: bibliotecas, parques y colegios “espectaculares” construidos con la plata que ha dejado la bonanza económica y la pulcritud administrativa. Hacia el final de la presentación, pasó lo que tenía que pasar: el político optimista (un negociante del futuro) se enfrentó con el novelista nostálgico (un revendedor del pasado). Al fin y al cabo, el Medellín de Fajardo, hecho de optimismo y artificio, es muy distinto del Medellín de Vallejo, hecho de memorias y rencores. “Mi Medellín que cuando yo nací tenía tranvía…”Mucho se ha dicho sobre las opiniones políticas de Vallejo. Sobre los objetos de su odio. Sobre sus reiterados enemigos. Un novelista rencoroso lo comparó con José Obdulio Gaviria. Un conocido blogero lo llamó maniático irresponsable. Pero todo esto no es más que un gran malentendido. Vallejo no tiene enemigos. O mejor, tiene uno sólo: el tiempo. “Así pasa cuando se vive mucho, que no hay enemigos y por fin vemos claro: el gran enemigo del hombre es el tiempo, su meticulosa obra de destrucción. Punto”. Las peroratas de Vallejo son una protesta ruidosa contra “las caricias inexorables de Cronos”. Sus opiniones políticas son meras metáforas atrabiliarias contra el paso del tiempo. “Unos jóvenes reemplazan a otros jóvenes y unas canciones a otras. Es el destino universal, inevitable, un ir pasando todos y todo de moda, así es este negocio”.Y en el ir pasando de las cosas, va cambiando el lenguaje a pesar de las reglas de los gramáticos que nadie lee. Y van cambiando las ciudades a pesar de los planes de los urbanistas que nadie obedece. Y se va poblando el mundo a pesar de las advertencias de los demógrafos que nadie atiende. Y Vallejo despotrica contra lo uno y contra lo otro. Con su alma conservadora. Con su apolítico desprecio por el futuro. Con ese maltusianismo estético que lo lleva a denigrar de la fecundidad de los pobres, para desconcierto de los que aplauden, ilusos, sus insultos contra el Presidente: el dueño del presente y, por lo tanto, el blanco obligado de la rabia de un poeta nostálgico. “Ay, Abuela, ya los ríos de Colombia se secaron y los loros se murieron y se acabaron los caimanes y el que se pone a recordar se jodió porque el pasado es humo, viento, nada, irrealizadas esperanzas, inasibles añoranzas”.Pero, en últimas, los discursos de Vallejo, “sus anatemas de campanario” como escribió Eduardo Escobar esta semana, sus lamentos sobre el alud del futuro que se nos viene a todos encima, constituyen un llamado de atención (un espabilamiento) sobre las trampas de la política y las argucias de los pregoneros del futuro. A la demagogia sobre el futuro, Vallejo antepone el cataclismo de la vida. “El Tiempo gasta a la gente y desportilla las palabras”, dice. Y hasta razón tendrá.
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La arremetida sexual

En los pueblos casi nunca pasa nada. Ya ni la economía se mueve, como escribió Rudolf Hommes esta semana. De vez en cuando, un ataque guerrillero o una masacre paramilitar interrumpen el sosiego. Entonces, los habitantes de los grandes centros urbanos caemos en cuenta de la existencia de ese otro país, hecho de pequeños centros poblados y vastas zonas dispersas. La vida campesina parece moverse entre el marasmo y la tragedia. Entre el aburrimiento y el dolor. Pero, cada cierto tiempo, esta disyuntiva aterradora le da paso a la comedia. Y la realidad rural vuelve, entonces, a mostrarse esperanzadora.

Eso fue lo que ocurrió recientemente en el municipio de Machetá. Como lo registró el diario El Tiempo, hace aproximadamente un mes, la tranquilidad machetuna se vio interrumpida por un ataque peculiar, ya no violento sino libidinoso. El ataque no comenzó por la estación de Policía. Ni siquiera por el Banco Agrario. Sino por uno de los estancos del pueblo, adonde la terrorista sexual, una alias Lina, se dirigió a escoger sus víctimas. Comenzó primero con los jóvenes y después con los viejos (para qué correr riesgos). “Con todos era lo mismo y nos fuimos pa’l monte”, declaró una de las víctimas de la ocupación sexual, que duró dos días y dejó 20 víctimas, “la mayoría coteros y campesinos”.

Las autoridades se demoraron en reaccionar ante la virulencia (real y metafórica) del ataque. Aparentemente la terrorista fue capturada por la Fuerza Pública y dejada en libertad en las afueras del casco urbano. Mientras tanto, los afectados sufren un doble padecimiento: el temor por las secuelas biológicas y la vergüenza por la condena sociológica. La identificación de las víctimas no ha sido fácil. Incluso existen dudas sobre el número exacto de revolcados. Las autoridades de policía han distribuido una lista preliminar. Las autoridades médicas se han mostrado cautelosas, pero no descartan un brote infeccioso. A todas estas, se ha puesto en marcha un plan de contingencia para evitar futuros ataques: “Las autoridades ya iniciaron una campaña por si otra Lina aparece de nuevo”. Es mejor prevenir que curar, dirán los oficiales, pero me temo que no todos los coteros estarán de acuerdo.

Mientras tanto, se ha distribuido una descripción de la terrorista: aproximadamente 20 años de edad, de tez blanca, pelo teñido y mediana estatura. Las víctimas han sido obligadas a guardar castidad. Como siempre, las justas terminaron pagando por los pecadores pero, en este caso, la reputación del pueblo está en juego. Algunos habitantes han protestado, con razón, por el deterioro de la imagen de un pueblo cuyo gentilicio (machetunos) contiene unas obvias alusiones fálicas hasta ahora inadvertidas. Pero los machetunos, al menos, permanecieron fieles a su nombre.

Algunos de los foristas de El Tiempo se apresuraron a culpar al Gobierno por este nuevo atentado. Mencionaron el perverso aumento del gasto militar y de la corrupción pública. Pero yo, desde la distancia, veo las cosas de otra manera. No sé qué pensarán las excelsas viudas de Machetá o las recatadas esposas del pueblo o las castas novias de los coteros, pero, puesto a escoger, yo prefiero la insolencia de Lina a la brutalidad de Jojoy. Seguramente la seguridad democrática no estaba preparada para este tipo de embates. Pero protegerse contra los arrebatos de Lina, parece más sencillo que blindarse contra los cilindros de las Farc. Y, además, las pruebas de VIH de las víctimas arrojaron un resultado concluyente: falsos positivos.

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Muchos años después…

Hace ya casi 25 años, Gabriel García Márquez recibió el Premio Nóbel de literatura. En diciembre de 1982, nuestro más celebre novelista pronunció un hermoso discurso sobre las raíces de la soledad del nuevo mundo. Para García Márquez, esa condena centenaria, “el nudo de nuestra soledad” como él la llama, tiene una causa esencial: el colonialismo intelectual. En su opinión, los colombianos (o los latinoamericanos en general) hemos sido condenados, por cuenta del imperialismo de las ideas, a interpretar una realidad exuberante y desaforada con esquemas importados. Con modelos exóticos. Con ideas ajenas.

“La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios”, escribió García Márquez en lo que uno podría interpretar como un llamado a la emancipación intelectual. “Todas las criaturas de [esta] realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida”. Es como si fuéramos habitantes de otra realidad, de un planeta distinto regido por leyes inaprensible por los métodos tradicionales de las ciencias y de las artes.

El excepcionalismo asociado a la exuberancia natural ha sido, por siempre, una de nuestras convicciones más férreas. La realidad descomunal es al mismo tiempo una realidad rutinaria. Pero es también, en opinión de García Márquez, una realidad que requiere de métodos propios. “Es comprensible que insistan en medirnos –escribe nuestro Nóbel en contra de los conquistadores intelectuales– con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos”. Así, el autoctonismo se transforma en un imperativo epistemológico. Pareciera que la superación de la soledad necesitara de una suerte de impermeabilidad intelectual. O al menos de cierto recelo hacia los esquemas ajenos.

Quizás de manera inadvertida, García Márquez planteó en su discurso una de las disyuntivas fundamentales a la que nos enfrentamos los habitantes del llamado nuevo mundo. Hace ya casi medio siglo, Albert Hirschman definió la cuestión de manera certera. Nuestro debate –dijo– sigue estando definido por una cuestión fundamental: «¿Cómo podemos progresar? Mediante la emulación de otros o mediante la búsqueda de nuestra propia vía”. En contravía de la opinión (y de la elocuencia) de García Márquez, creo que las salidas autóctonas generalmente no conducen a ninguna parte. Que el futuro (nuestro futuro) pasa por la emulación. Que las ideas ajenas no son la causa de nuestra soledad.

Las salidas autóctonas, incluso las más ingeniosas, raras veces pueden resolver nuestros problemas más apremiantes. Los ejemplos abundan. Los recursivos ingenieros de Gaviotas (innovadores tropicales para el trópico) diseñaron, hace un tiempo, unos calentadores solares con base en tubos de neón usados, los cuales nunca pudieron masificarse pues la materia prima era, en este caso, un producto del mismo desarrollo que los innovadores autóctonos estaban tratando de evitar. Algo similar ocurrió en la India, donde otros ingenieros tropicales crearon unas tejedoras de pedal a partir de repuestos de bicicletas oxidadas. De nuevo: la ingeniosidad de los inventores se vio truncada por la falta de bicicletas o porla falta de desarrollo. En últimas, la soledad, de la que habla García Márquez, puede ser más mítica que real. La verdadera soledad, creo yo, no viene del colonialismo intelectual. Sino del aislamiento. Del solipsismo de las ideas y las razones.

No creo que las ideas ajenas nos hagan cada vez más tristes, más desconocidos y más solitarios. Por el contrario, la improvisación aislada, infructífera, a puerta cerrada, constituye la definición misma de la soledad. En mi opinión, no existe soledad más grande que la de Aureliano Babilonia en el cuarto de Melquíades: “Aureliano no abandonó por mucho tiempo el cuarto de Melquíades. Se aprendió de memoria las leyendas fantásticas del libro descuadernado, la síntesis de los estudios de Hermann, el tullido; los apuntes sobre las ciencias demonológicas, las claves de la piedra filosofal, las centurias de Nostradamus y sus investigaciones sobre la peste, de modo que llegó a la adolescencia sin saber nada de su tiempo, pero con los conocimientos básicos del hombre medieval.”

Creo, en últimas, que existe una sola manera de destrabar el “nudo de nuestra soledad”: la incorporación del conocimiento universal al estudio de nuestra realidad. La globalización con un propósito. La curiosidad sobre lo nuestro alimentada por la sapiencia acerca de lo ajeno. La innovación inspirada por los “recursos convencionales”. Para que así, algún día, no tengamos que conformarnos con la sapiencia que nos llega de afuera en una caravana de gitanos.