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El Che cuarenta años después

El próximo mes de octubre se cumplen cuarenta años de la muerte de Ernesto “Che” Guevara. Ya las librerías colombianas están llenas de tomos revolucionarios y de mamotretos biográficos sobre una de las vidas más escrutadas del siglo XX. Ya la prensa prepara su artillería de artículos, fotografías, reseñas y crónicas nostálgicas sobre los últimos días del guerrillero argentino. Ya los vendedores de playeras estampadas y chucherías conmemorativas actualizaron sus inventarios para satisfacer las renovadas demandas de los seguidores del Che: los jóvenes rebeldes y los hippies envejecidos, los consumidores leales de la iconografía radical.

Muchos años después de su fusilamiento, el Che habría de convertirse en una marca. En un símbolo de la rebeldía juvenil y de la resistencia contracultural que —paradójicamente— ha servido para acrecentar el consumismo capitalista. Tal como había ocurrido con las prendas de los hippies, la imagen del Che se convirtió en una mercancía exitosa, en una pose contracultural, en un disfraz para la rumba. Cuarenta años después de su muerte en la selva boliviana, el Che adorna el hombro de Maradona y el abdomen de Mike Tyson: dos de los consumidores más desaforados de la historia, dos niños mimados del capitalismo que usan tatuajes del Che para su rumba eterna.

El aniversario de la muerte del Che debería servir no sólo para señalar las paradojas de su imagen, sino también para recordar la realidad de su vida violenta, de sus crímenes de guerra. En un artículo publicado por la revista estadounidense The New Republic (y reproducido por la revista mexicana Letras Libres), Álvaro Vargas Llosa relata algunos de los asesinatos cometidos por el Che. En la Sierra Maestra, mató a un compañero por la simple sospecha de traición: “Acabé con el problema dándole un tiro con una pistola de calibre 32 en la sien derecha… sus pertenencias pasaron a mi poder”. En 1959, después del triunfo de la revolución, el Che presidió los juicios sumarios en la prisión cubana de La Cabaña. “Mi función era de instructor —contó uno de los testigos—… (debía) legalizar profesionalmente la causa y pasarla al ministerio fiscal sin juicio alguno. Se fusilaba de lunes a viernes. Las ejecuciones se llevaban a cabo en la madrugada, poco después de dictar sentencia y de declarar inconveniente la apelación”.

Cuarenta años después de la muerte del Che, algunos jóvenes europeos todavía nos visitan en plan de turismo revolucionario. “Aquí estuvo muy divertido con tiros, bombardeos, discursos y otros matices que cortaron la monotonía en que vivía”, le escribió el Che a su madre en 1954. Sus palabras parecen copiadas del diario de la guerrillera holandesa de las Farc. Cuarenta años después, la izquierda colombiana todavía no ha sido capaz de encontrar una voz unificada en contra de la violencia. “El senador Petro no debería entrar en ‘un certamen de insultos’ con los voceros de las Farc. No creo que el Polo deba entrar en este tipo de cosas”, dijo esta semana Carlos Gaviria. Como si las palabras de Petro merecieran más repudio que los crímenes de las Farc.

El aniversario de la muerte de Ernesto “Che” Guevara debería servir, al menos, para llamar la atención sobre los extravíos violentos de algunos sectores políticos. Sobre los crímenes atroces de quienes se toman en serio su legado, de quienes, a diferencia de Tyson y Maradona, usan su figura o sus prendas no para rumbear sino para matar.
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La doctrina de choque

Naomi Klein es una de una de las más elocuentes (y vehementes) opositoras a la globalización. Su primer libro No Logo vendió más de un millón de copias. Los argumentos del libro son falsos, exagerados en el mejor de los casos. Pero Klein no está en el negocio de las hipótesis refutables. Su especialidad son los eslóganes inflamantes. La retórica rabiosa.


Klein acaba de publicar su segundo libro, The Shock Doctrine. El argumento del nuevo libro, resumido en un corto metraje publicitario dirigido por el mexicano Alfonso Cuarón, es sencillo: los promotores de la globalización han explotado las crisis económicas, los ataques terroristas y hasta los desastres naturales para imponer un conjunto de reformas socialmente desastrosas y políticamente arbitrarias. El corto metraje está repleto de imágenes efectistas, repulsivas, acompañadas en la mayoría de los casos de verdades a medias.

El poder retórico de Cuarón y Klein es incuestionable. Pero limitado. El corto metraje no pretende convencer a los escépticos, quienes seguramente resentirán su falta de sutileza. Pretende más bien movilizar a los convencidos. Klein es una predicadora. Y Cuarón, un soldado de la causa dispuesto a prestar su talento –su gran talento– para el combate eterno contra la maldad del mundo.

El documental, debo reconocerlo, me produjo cierta inquietud, cierta curiosidad. Como la que siento cuando paso por el antiguo coliseo cubierto (la iglesia más grande de Bogotá) y oigo el murmullo lejano de los cristianos que anuncian el fin del mundo, que protestan contra el dueño de sus miedos, contra el demonio escogido por la congregación. Yo no soy admirador de Milton Friedman –el demonio del documental– pero el exceso retórico de sus opositores, de Klein y de Cuarón, me pareció extraño, cómicamente religioso.

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Extravíos feministas

Esta semana, en su columna del diario El Tiempo, Florence Thomas argumentó que el aumento del embarazo adolescente tiene su origen en una imposición cultural, en una opresión simbólica; en lo que ella llama el desmesurado fetichismo de la maternidad. La maternidad, escribió, “es el proyecto de vida que la cultura promueve, un proyecto que obnubila todos los otros posibles que les permitirían (a las adolescentes) construirse como mujeres autónomas”. “¿Cómo culpar a las adolescentes —preguntó—, quienes, finalmente, no hacen más que cumplir el mandato cultural de ser madres a toda costa?”. Las adolescentes, sugiere Florence, son víctimas de la cultura dominante, de la fijación con la maternidad, incluso de sus mismos padres, quienes las obnubilan desde niñas con bebés de plástico y jugueticos de crianza, las causas remotas de los embarazos precoces.

La explicación de Florence es inadecuada y parcializada. Inadecuada porque la idealización de la maternidad es una constante, un fenómeno de larga duración, que no puede usarse para dar cuenta del aumento reciente de los embarazos juveniles. Y parcializada porque deja de lado la otra cara de la moneda, el revés del asunto: la devaluación de la vida de los hombres, los desechables de la cultura. Si uno quiere argumentar que la cultura les impone la maternidad a las adolescentes, debería también —por simple honestidad intelectual— indicar que la misma cultura les impone la violencia y los riesgos a los hombres. Las mujeres y los niños salen primero. Los hombres quedan atrás. Devaluados. Como dijo recientemente el psicólogo Roy Baumeister, para maximizar la reproducción, cada vagina cuenta pero muchos penes sobran. La mayoría son desechables. Prescindibles.

Florence y sus colegas sólo miran hacia arriba, hacia lo más alto de la sociedad, hacia donde están los mandamases de turno, políticos, presidentes de empresa, directores de orquesta, hombres en su mayoría. Pero, como ha señalado el mismo Baumeister, las feministas deberían también mirar hacia abajo, hacia el fondo, hacia donde están los relegados, los encarcelados, los informales, los muertos en combate o en los socavones, hombres en su mayoría. De los 3.000 soldados estadounidenses muertos en Irak, sólo 262 eran mujeres. De los 14 cadáveres encontrados en el campamento del Negro Acacio, sólo uno correspondía a una mujer. La proporción es semejante. Y refleja un sesgo cultural convenientemente ignorado por las feministas.

Las explicaciones feministas —incluida la de Florence sobre el aumento del embarazo juvenil— parten de una premisa equivocada. Suponen que la mayoría de los problemas sociales resultan de una conspiración masculina, de una estrategia cultural urdida por los poderosos y sus amanuenses. “El cuerpo femenino adolescente —escribió Florence— ha sido arrebatado por esta misma cultura y entregado a los hombres, quienes fueron proclamados como sus dueños, amos y señores”. Esta frase, esta forma de paranoia que parece percibir en cada hombre un O. J. Simpson en potencia, no sólo es equivocada; es también perjudicial. Confunde los diagnósticos e impide las soluciones.

El embarazo adolescente no es una imposición machista o una muestra de poder. Por el contrario, puede tener mucho que ver con el fracaso de los hombres. A diferencia de Florence, las mujeres jóvenes residentes en zonas marginadas conocen plenamente el fracaso masculino. Para muchas de ellas, la decisión de tener un hijo es también una abdicación, una reflexión sobre la imposibilidad de encontrar un hombre que produzca más de lo que consuma, un compañero de crianza por quien valga la pena postergar la maternidad y apostarle a otra cosa. Muchas adolescentes optan por la maternidad pues anticipan la ausencia de padres eficaces.

Cabría terminar, entonces, con la reiteración de un lugar común: los destinos de los hombres y las mujeres están íntimamente ligados. Así muchas feministas opinen lo contrario, si a los hombres les va bien, a las mujeres también. Y viceversa.
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Edward O. Wilson: un héroe del siglo XXI

Los medios nacionales reportaron el evento de manera escueta. Con la desidia de quien sólo tiene tiempo para sus asuntos. Con el desgano del embrollado en sus problemas. Pero, en otro lugar o en otro tiempo, tenía que haber sido la noticia de la semana. Edward O. Wilson, uno de los científicos más importantes del mundo, ganador de dos premios Pulitzer, autor de decenas de libros sobre temas tan diversos como el comportamiento animal, la biodiversidad y la naturaleza humana, visitó el país esta semana con el fin de inaugurar la cátedra Colombia Biodiversa, una iniciativa conjunta de la Fundación Alejandro Ángel Escobar y de un grupo de ambientalistas nacionales encabezados por Christian Samper y Manuel Rodríguez.
Edward O. Wilson, de 79 años, es el decano de los mirmecólogos del mundo, el experto mundial en hormigas. Su carrera científica ha sido paradójica. Un ejemplo de la universalidad alcanzada por la ruta improbable de la especialización, es como si el pequeño orificio de la mirmecología le hubiese permitido una visión privilegiada del vasto panorama de la vida en la Tierra y de la misma naturaleza humana. Wilson describió las hormigas y fue universal. Una trayectoria científica tan inverosímil como encomiable.

El peregrino

Wilson no vino a Colombia solamente en función pedagógica. Vino también en una peregrinación personal. A seguirle los pasos a José Celestino Mutis, “el primer naturalista del hemisferio occidental”. A mirar con sus ojos lo que Mutis había visto con los suyos hace más de 200 años. Wilson está escribiendo un libro sobre Mutis —espera terminarlo el año entrante, cuando se cumplen doscientos años de la muerte del sabio español— y quería conocer de primera mano la geografía de su nueva obsesión. La tierra sagrada de la Expedición Botánica.

Wilson estuvo el martes en Mariquita siguiendo las huellas de Mutis. La peregrinación lo llevó, primero, a su casa de habitación (sólo queda la fachada) y, luego, al centro de operaciones de la Expedición Botánica. Allí recorrió los amplios salones y el patio exuberante, estropeado por una piscina moderna, improvisada probablemente por un alcalde contratista. Wilson agradeció con amabilidad las explicaciones de los guías locales. Dio una vuelta rápida por el patio. Y abandonó el lugar con impaciencia. Con el deseo febril de visitar el bosque seco tropical donde había trabajado Mutis.

El peregrino no quería perder tiempo con las reliquias. Su meca eran las hormigas. Y en particular, una especie de hormiga legionaria que había sido descrita por Mutis y que Wilson quería redescubrir personalmente. A la salida de la casa, Wilson subió a un pequeño monte, rodeado por una romería de niños curiosos, uno de los cuales preguntó con desenfado: “¿Es qué nunca ha visto hormigas o qué ?”. Ya próximo a la cima, el profesor Wilson encontró una hilera de hormigas frenéticas. Recogió varias de ellas y las miró con la lupa que traía colgada al cuello. Por un momento, creyó haber encontrado lo que andaba buscando: la hormiga de Mutis, la legionaria de cabeza grande. Pero después de unos minutos cayó en cuenta de su error. La emoción lo había llevado a confundir el objeto sagrado con una falsificación, con una hormiga distinta. Corriente. Devaluada.

Ya cansado, con la decepción propia de los peregrinos, Wilson descendió hacia la plaza del pueblo. La romería había desaparecido y tuvo tiempo para apreciar los detalles locales. Mencionó la prosperidad del pueblo y la alegría silenciosa de sus habitantes, distinta, en su opinión, a la estridencia musical de otras partes. Sus comentarios sociológicos, inocentes, casi triviales, no delataban al científico combativo, al protagonista de una de las confrontaciones intelectuales más intensas del siglo XX.

El científico combativo

En 1975, Edward O. Wilson publicó Sociobiología, su obra cumbre, probablemente el libro sobre comportamiento animal más importante de todos los tiempos. El libro tiene 27 capítulos. Los primeros 26 son asunto de especialistas. El último —el célebre capítulo 27, dedicado a la especie humana— generó una de las polémicas más candentes en la historia de las ciencias. Wilson sostiene, en el capítulo final, que el comportamiento social de la especie y la misma naturaleza humana tienen una fundación biológica. Que la ética y la estética tienen una base genética. Que estamos preprogramados de emociones y conocimientos. Que la cultura no arranca de cero, que construye sobre lo heredado.

Después de la publicación de Sociobiología, Wilson fue acusado de racista. De liderar una confabulación capitalista para perpetuar la opresión de los oprimidos. Sus clases en la Universidad de Harvard se convirtieron en mítines políticos. En 1978, en una reunión de la Sociedad para el Avance de la Ciencia de los Estados Unidos, Wilson fue recibido por una multitud rabiosa que lo acusaba de genocida. Uno de los manifestantes le arrojó una jarra de agua en el rostro. Otro le arrebató el micrófono y comenzó a gritar consignas enfrente de una audiencia de mirmecólogos sorprendidos.

Los debates de entonces ya quedaron atrás. Muchas de las ideas expuestas en Sociobiología son hoy aceptadas sin discusión. Ya nadie las asocia con la eugenesia y con las peores formas del racismo y la exclusión. El debate está terminado, “ido afortunadamente”, comentó Wilson en una pausa después del almuerzo en Mariquita. A su llegada al restaurante, Wilson había cebado el lugar con pedazos de panela —el principal producto de la región—, con la idea de atraer a la hormiga de Mutis. Al final sólo apareció una hormiga negra, diminuta, que Wilson recogió con destreza y guardó en un tubito de vidrio con alcohol. Un destino inesperado (y feliz, diría yo) para la inocente víctima.

“Si las hormigas hubieran desarrollado la bomba atómica, se habrían autodestruido”, dijo Wilson a la salida del restaurante. El comentario tenía implícita una defensa de la humanidad. Y una crítica a todos aquellos que ponen a la comunidad por encima del individuo. Wilson es un hacedor de aforismos. Un cultor de la economía del lenguaje. El debate político suscitado por sus ideas concluyó, en mi opinión, con su célebre sentencia sobre el marxismo: “Teoría maravillosa. Especie equivocada”.

El activista

Si en los años setenta Wilson ingresó a la arena política empujado por sus contradictores, en los años noventa lo hizo por decisión propia. Wilson es probablemente el campeón mundial de la biodiversidad. Uno de los voceros más célebres (y elocuentes) de la conservación, de la necesidad de proteger la vida en la Tierra. Sus argumentos son los de un científico racional. La biodiversidad, argumenta, incrementa la capacidad de recuperación de los ecosistemas. Los costos de la conservación son ínfimos (una milésima de la producción mundial) y los beneficios, incalculables. La protección de 25 áreas críticas del planeta salvaría 40% de las especies amenazadas. Etc.

Pero Wilson reconoce que su lucha no se definirá en el ámbito de la razón. La conservación, dice, debe asumirse con una intensidad religiosa. “La paradoja de la religión —escribió en Sociobiología— es que aunque mucho de su fondo es ostensiblemente falso, continúa siendo una fuerza poderosa en todas las sociedades”. A pesar de lo escrito, Wilson aspira a fundar una nueva religión basada en la ciencia, en la apreciación racional de la vida en la Tierra. A crear una ética sustentada en el conocimiento. Y alejada del mito. Una religión racional, casi una contradicción en los términos.

La mezcla de ciencia y devoción religiosa parece forzada. Retórica. Incluso falsa. Pero camino a Mariquita, la sinceridad de Wilson se reveló claramente. A la altura de Sasaima, la caravana de peregrinos se encontró con un trancón kilométrico. Inexplicablemente la policía de carreteras había detenido el tráfico en ambos sentidos para facilitar la demarcación de la vía. Wilson salió del vehículo para estirar sus piernas. Y después de caminar 50 metros, encontró un hormiguero al borde de la carretera. Inmediatamente se arrodilló con devoción religiosa. Y permaneció así por unos minutos, como si estuviera rezando, con los ojos a pocos centímetros de la superficie y la lupa en su mano como si fuera un ícono sagrado. La sinceridad de su credo (de la defensa de la biodiversidad sustentada en la pasión por la ciencia) no dejaba dudas.

La imagen de Edward O. Wilson arrodillado en una carretera colombiana resume, en mi opinión, la importancia de su visita a Colombia. Wilson nos permitió, así fuese por unos días, mirar a nuestro país a través de sus ojos. Y apreciar, entonces, nuestro pasado, la valiosa (y olvidada) obra de Mutis. Y nuestro futuro, la preciosa (y amenazada) biodiversidad.

Epílogo

En una rueda de prensa celebrada minutos antes de su cátedra, Wilson dijo que los héroes del siglo XXI serán quienes hagan algo por la preservación de la vida en la Tierra. Después de su conferencia, cientos de jóvenes lo rodearon con un entusiasmo religioso en busca de una fotografía furtiva, de un autógrafo improvisado, de cualquier amuleto providencial. Muchos de ellos, no cuesta imaginarlo, serán los héroes del futuro, los que librarán la lucha definitiva —urgente, diría yo— por una nueva y arrasadora utopía de la vida.

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Los límites de la Seguridad Democrática

Una lectura detallada a la prensa colombiana, a las noticias de orden público difundidas durante los últimos días, permite, en mi opinión, entender los éxitos y los fracaso de la política de Seguridad Democrática. Un primer punto es evidente: la política de Seguridad Democrática ha logrado contener las acciones violentas de los grupos terroristas, especialmente de las Farc. La Fuerza Pública, dicen las noticias, logró evitar un secuestro masivo en Armenia, impidió un atentado en Bogotá y atacó un campamento de las Farc en el Meta. Algunos guerrilleros fueron dados de baja, otros escaparon pero las Farc ya no parecen inexpugnables. Ni siquiera en sus reductos históricos.

Los secuestrados —un reflejo de lo que fueron, no de lo que son— les han permitido a las Farc conservar su capacidad de chantaje y su visibilidad mediática. Pero este grupo se ha convertido en una federación de bandas independientes de narcotraficantes con un poder limitado, circunscrito casi completamente a las zonas cocaleras. La caída de las Farc ha coincidido con el auge de otras formas de violencia. “A bala atracaron a dos profesores de la Nacional”, tituló el diario El Tiempo la semana pasada. “Todos los días un ciudadano es víctima del ‘fleteo’, modalidad de atracos a la salida de los bancos”, tituló el mismo diario esta semana. Las bandas de atracadores han incrementado su fuerza y su sofisticación y muestran un desprecio por la vida humana semejante al de las guerrillas y los paramilitares. Pero operan en medio de la indiferencia general, de la fijación nacional con las Farc. Ningún ministro, cabe señalar, luce orgulloso una camiseta con el eslogan desafiante de “No al fleteo”.

En los últimos días, la prensa también reportó la compra y venta de bebés por unos cuantos pesos, la existencia de redes de prostitución que emplean niñas de diez años, la alianza criminal de policías y políticos en campaña, y las pugnas violentas en Buenaventura, asociadas al negocio de la droga que parece haberse movido del centro hacia la periferia del país. Las noticias sugieren los límites de la Seguridad Democrática. Y las cifras oficiales refuerzan esta conclusión. Como lo señaló esta semana Eduardo Posada Carbó, los homicidios no se han reducido en los últimos dos años. Aparentemente se han estabilizado en un nivel cercano a los 18.000 anuales, todavía intolerablemente alto. En suma, la Seguridad Democrática parece haber perdido eficacia, haber entrado en una etapa de rendimientos decrecientes, por cuenta de las bandas criminales (de narcotraficantes y asaltantes) y de la misma violencia espontánea que continúa creciendo empujada por su propia dinámica y por la existencia de unas condiciones sociales propicias.

Las cifras y las noticias coinciden con los testimonios más creíbles. Con los relatos de quienes recorren el país sin previo aviso. Recientemente pude conocer los testimonios de un grupo de encuestadoras, empleadas por Profamilia y la Universidad de los Andes para realizar un trabajo de campo en más de cien municipios colombianos, incluidas las principales áreas metropolitanas. Los testimonios revelan la alarmante magnitud de la violencia urbana, sobre todo en el norte del país, donde zonas enteras están literalmente despejadas, sometidas a la voluntad de bandas criminales, tal vez emergentes, quizás permanentes, pero ciertamente dominantes. Las encuestadoras (muchas de quienes realizaron un trabajo similar en el año 2005) señalaron que la situación ha empeorado en muchos lugares y que las zonas despejadas (dominadas por las bandas locales) parecen haberse multiplicado.

“Nada de titubeos, nada de coqueteos con los terroristas. Firmeza y determinación para derrotarlos, que es lo único que conduce al camino de la paz”, dijo esta semana el presidente Uribe. Pero los hechos (los estorbosos hechos) parecen mostrar que el camino hacia la paz, hacia la superación de la violencia, no termina con la derrota de las Farc. Todavía hay mucho trecho por recorrer.
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De Caracas a Medellín

Por primera vez en mucho tiempo, Colombia tiene buena prensa. Cada semana —como lo reportan extasiados los medios nacionales— alguna revista extranjera publica un informe especial sobre Colombia que enfatiza el contraste entre un pasado espeluznante y un presente esperanzador. Casi sin excepción, los informes especiales resaltan el renacimiento de Medellín. Su transformación urbana. Su crecimiento económico. Y su recuperación social, probada, entre otras cosas, por la reducción de la violencia. Para muchos corresponsales extranjeros, la historia de Medellín puede resumirse en la celebre sentencia de William Faulkner: no meramente sobrevivió: prevaleció.

Pero no todas las publicaciones internacionales comparten el mismo optimismo sobre Medellín. En su edición de abril de este año, la revista inglesa New Left Review publicó una versión pesimista de los hechos, escrita por el periodista Forrest Hylton. En opinión de Hylton, la transformación de Medellín (“la capital reaccionaria de América Latina”) ha sido un simple maquillaje. Una cirugía plástica que rememora la obsesión local por la belleza quirúrgica. Un cambio superficial que esconde un fondo siniestro. En Medellín, dice Hylton, “la derecha quiere exhibir un triunfo espectacular”. Pero “el faro del neoconservatismo en América Latina emite un resplandor pernicioso”.

En opinión de Hylton, un nuevo orden ha sido establecido en Medellín a partir de la alianza pragmática, del matrimonio de conveniencia, entre un sicario convertido en capo y reconvertido en pacificador (Don Berna) y un profesor universitario con ideas de centro izquierda y veleidades mediáticas (Fajardo). La pareja es improbable, reconoce Hylton. Pero ha sido unida por la fuerza de las circunstancias. Por la necesidad imperiosa de atraer inversión extranjera y de convertir a Medellín en un punto de referencia de los negocios y los turistas internacionales. En suma, los pacificadores (Don Berna y Fajardo) son aliados improbables en una conjura capitalista. Socios en el objetivo común de atraer al capital internacional.

La paranoia de Hylton no sólo es inverosímil: es también ridícula. En la parte final de su artículo, Hylton describe las bibliotecas construidas por la administración Fajardo en algunos barrios de Medellín. Las bibliotecas, insinúa, son un elemento más de la estrategia pacificadora. “La biblioteca de La Independencia parece una cárcel: está formada por seis bloques de dos pisos unidos por escaleras y tiene largas barras metálicas en las ventanas… La de Santo Domingo, formada por dos estructuras negras en forma de tanques de agua, parece un edificio de inteligencia militar. Esta es la clásica arquitectura de la pacificación”. Las bibliotecas, sugiere Hylton, hacen parte de la misma conjura capitalista. Son símbolos del nuevo orden establecido. Más que centros educativos, monumentos a la pacificación.

Como buen mamerto, Hylton adapta su estética a su ética. Sus gustos, a sus convicciones. Sus ideas (y sus mismas metáforas) revelan el desprecio de algunos sectores de la izquierda por la vida humana y su misma incapacidad para valorar las inversiones sociales eficaces. Hylton no menciona, por ejemplo, las decenas de miles de vidas salvadas por cuenta de la reducción de la violencia. Simple maquillaje, dirá. Tampoco hace referencia a la ampliación de las oportunidades por cuenta de las nuevas inversiones en educación. Meras cirugías estéticas, pensará. Seguramente Hylton prefiere el cambio de Caracas a la transformación de Medellín. Hay más muertes, más pobreza y menos oportunidades. Pero, al menos, los venezolanos están a salvo de las conjuras capitalistas.
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Subsidios y embarazos

Fue probablemente la foto de la semana. El día miércoles el diario El Tiempo publicó en primera página la fotografía de una fila kilométrica de bogotanos que esperaban para ser incluidos en el programa Familias en Acción y adquirir así el derecho a un subsidio bimensual en efectivo. La extensión de la fila demuestra el poder de convocatoria del populismo. El Gobierno ha argumentado (sin demostrarlo) que la expansión de Familias en Acción busca mejorar las condiciones de nutrición de los niños menores y aumentar las coberturas educativas de los adolescentes. Pero, al menos en el caso de Bogotá, el programa es redundante. El Gobierno está regalando plata. Casi tirando billetes desde un helicóptero. Lo que explica la aglomeración humana.

Pero la redundancia no es el único problema de Familias en Acción. El programa podría incrementar las ya de por sí preocupantes tasas de embarazo adolescente. La acción social podría llevar a la multiplicación familiar. Si el Gobierno paga por niño, muchos más niños nacerán. La mayoría con el subsidio bajo el brazo. El dinero alarga las colas, modifica los comportamientos, distorsiona las prioridades y puede incluso exacerbar el problema que pretende resolver.

Como lo ha advertido Profamilia, las tasas de fecundidad adolescente han venido en aumento desde hace más de una década. En 1990, nacían 70 niños por cada mil mujeres entre 15 y 19 años de edad. En 2005, ya nacían 90. El porcentaje de adolescentes embarazadas o con hijos pasó, en el mismo período, de 13% a 21%. Actualmente, una de cada cinco adolescentes es madre o está embarazada. Las consecuencias sociales de este problema son dramáticas. Para las adolescentes y para sus hijos. Los segundos, por ejemplo, tienen una mayor probabilidad de estar desnutridos, de sufrir infecciones respiratorias o digestivas y de abandonar sus estudios. Precisamente los males que el programa Familias en Acción quiere erradicar.

Las causas del crecimiento de la fecundidad adolescente son complejas. Y van mucho más allá del acceso a la planificación familiar. En muchos casos, los embarazos adolescentes son deseados. Decisiones conscientes producto de la falta de oportunidades efectivas o imaginadas. Y del mismo desconocimiento de los costos de un embarazo a temprana edad. Falta pedagogía. Y faltan incentivos para el aplazamiento de la maternidad. Y ahora, encima de todo, se ofrece dinero en efectivo a las madres.

La política social es compleja. Necesita análisis y evaluación. No se trata simplemente de poner metas y cumplirlas, como argumenta el gerente de Acción Social. O de recitar números, como hace el Presidente con una insistencia casi cómica. No sobra repetir, entonces, que una cosa es sumar afiliados y otra muy distinta, producir resultados. Y que algunos programas sociales pueden (de manera inadvertida) ahondar la pobreza que intentan reducir.
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Los pobres y la despenalización

El economista Gary Becker ha sido uno de los más elocuentes (o, al menos, de los más insignes) defensores de las despenalización de la droga. Becker ha argumentado que la despenalización beneficiaría mayoritariamente a los más pobres. “¿Quien podría dudar –ha escrito– que la guerra contra las drogas ha perjudicado mayoritariamente a los pobres? Los pobres son quienes están en la cárcel condenados por delitos asociados a los drogas, quienes han visto sus vecindarios destruidos, etc.” Los pobres son, además, quienes luchan la guerra contra las drogas. Vestidos de soldados, de guerrilleros o de mercenarios.

Paradójicamente, la despenalización cuenta con mucho menor apoyo entre la población más pobre. En Colombia, según las cifras de la Encuesta Social y Política (ESP) de la Universidad de los Andes, el apoyo a la despenalización es 10% en el quintil inferior y 40% en el superior (ver Gráfico). La diferencia es de 4 a 1. Los ricos y los pobres difieren en su respaldo a la economía de mercado (mayor en los ricos), en su interés por la política (mayor en los ricos) y en su apoyo a la severidad de la justicia (mayor en los pobres). Pero, de todas las variables incluidas en la ESP, la despenalización de la droga está asociada con la mayor diferencia en las opiniones de ricos y pobres.

¿Cómo explicar la aparente paradoja planteada por la tesis de Becker y las opiniones de los pobres? En primer lugar, para los pobres, el costo de la despenalización (mayor consumo de drogas) es probablemente más palpable que su beneficio (menores tasas de encarcelamiento y menores muertes violentas). El costo es evidente; el beneficio hipotético. El costo afecta a la mayoría; el beneficio sólo a los involucrados en el negocio. En otras palabras, los pobres sólo tendrían en cuenta los efectos de equilibrio parcial; los ricos, por su parte, también incorporarían en sus juicios los efectos de segundo y tercer orden: los de equilibrio general.

En segundo lugar, los pobres suelen ser mucho más aprensivos con relación a los cambios que puedan afectar el orden y la seguridad de sus vecindarios. En general, los pobres ponen un mayor énfasis en la estabilidad. En el caso colombiano, los pobres tiene preferencias más antiliberales: en contra de la economía de mercado, de la despenalización de la droga y de los límites a la libertad de prensa. Y a favor del cierre del Congreso y de un dictador benevolente.

En últimas, la penalización parece tener un atractivo populista. O dicho de otra manera, la despenalización es elitista: su respaldo es irrisorio en los grupos más pobres y precario en las clases medias. Termino con una paradoja. Desde un punto vista político, la despenalización necesitaría la reiteración de un discurso paternalista. Casi antiliberal. Necesitaría convencer a los ciudadanos más pobres que todo es por su propio bien.

Resumiendo: las noticias (las opiniones, en particular) no parecen favorables para quienes abogamos por la despenalización de la droga.

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Más alto, más rápido y más fuerte

Esta semana Barry Bonds rompió una de las marcas legendarias del deporte mundial. Pero sus 756 jonrones, logrados a lo largo de una exitosa carrera, fueron recibidos con escepticismo, en el mejor de los casos. Y con indignación, en el peor. Para muchos aficionados (y varios especialistas) Bonds es simplemente un tramposo. Un atleta que llegó a la cima por el atajo imperdonable de los esteroides. Un hombre que traicionó los valores tradicionales del deporte: la integridad, el honor y el sacrificio. Un héroe artificial, producto de una alianza inmoral entre la química y la ambición.

Los comentaristas deportivos, siempre a la caza de héroes caídos, han renovado sus discursos moralistas. Sus lamentos nostálgicos. Su indignación ante la falta de escrúpulos de los deportistas. Pero tarde o temprano los moralistas deben confrontar a los realistas. La semana pasada la prestigiosa revista científica Nature publicó un editorial en el que abogaba por la legalización del doping. Al mismo tiempo, varios periodistas señalaron que el uso limitado de esteroides (o de hormonas de crecimiento) no representa ningún riesgo para la salud y por lo tanto no debe ser considerado como doping.

Los moralistas olvidan que todas las actividades humanas están contaminadas. El doping hace parte de la vida. Las hormonas de crecimiento (prohibidas para los atletas) son recetadas extensivamente para tonificar los músculos y reducir los síntomas del envejecimiento. 30 millones de estadounidenses usan Prozac para combatir la depresión y aumentar la productividad laboral. Muchos profesionales ambiciosos toman estimulantes para resistir la lucha diaria por llegar primero. Las ayudas químicas reflejan no tanto la perversión de los valores, como los avances de la ciencia y de la técnica. “Si los espectadores recurren a la farmacología para reducir su masa corporal y a las píldoras para aumentar su memoria —pregunta la revista Nature— ¿tiene sentido exigirles a los atletas que se priven de tales beneficios?”. Por supuesto, no.

El doping puede asimilarse a las cirugías cosméticas. Y las competencias deportivas, a los reinados de belleza. En ambos casos, la tecnología no reemplaza las cualidades innatas o adquiridas: las complementa. La reina compite de la mano del cirujano; el atleta, de la mano del químico. Ambas alianzas son fructíferas. Las reinas son cada vez más perfectas; los atletas, cada vez más altos, más rápidos y más fuertes. Algunos puristas lamentan la perversión de la competencia y la moral. Pero, en últimas, los reinados de belleza sugieren que la legalización de las ayudas externas no desvirtúa la competencia. Paradójicamente, la intensifica. Aumenta el promedio y disminuye la varianza.

Cabría aceptar, entonces, que, en el futuro, muchos deportes se asemejarán a la Fórmula Uno. La victoria se decidirá por la colaboración entre el atleta y el científico. La disputa se dirimirá tanto en los estadios, como en los laboratorios de investigación y desarrollo. Lo mismo ocurre actualmente en los reinados, los cuales se definen tanto en la pasarela, como en el quirófano. Es un signo de los tiempos. Un indicio de lo que viene. De la transformación del hombre en otra cosa. En un híbrido de la genética y la tecnología. En una especie artificialmente superior. Con un cuerpo más sano. Con una mente más ágil. Y con la misma confusión de la moral.

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Colombia: ¿el próximo cataclismo?

Nuestros países están al alcance de cualquier aventurero populista de izquierda que prometa la luna. Lo están esperando”, escribió recientemente Carlos Alberto Montaner en una columna citada en este espacio por Jaime Ruiz. La predicción de Montaner está basada en una apreciación pesimista sobre el clima de opinión pública en América Latina en general y Colombia en particular. “Hay demasiados problemas demasiada pobreza—dice—, y los gobiernos han sido tremendamente torpes en la búsqueda de soluciones”. Por lo tanto, concluye, el rechazo a la democracia y a la economía de mercado es mayoritario, lo que podría ser capitalizado por los émulos de Chávez. Los lunáticos.

¿Qué tan acertada es la apreciación de Montaner sobre el clima de opinión imperante en Colombia? La Encuesta Social y Política de la Universidad de los Andes (todavía inédita) da algunas pistas al respecto. El primer gráfico muestra, para cada quintil de nivel socioeconómico, el porcentaje de entrevistados que dice respaldar (i) la economía de mercado y (ii) las privatizaciones. Las cifras son representativas de la población urbana de Colombia. Y fueron recolectadas en los meses de abril, mayo y junio de este año.

El apoyo a las privatizaciones es minoritario: 44%. Sólo la población del último quintil (el 20% más rico) parece respaldarlas mayoritariamente. El apoyo a la economía de mercado está dividido por mitades: 50% a favor, 50% en contra. Y sólo es mayoritario en el quintil intermedio y en el último. Una profundización de la economía de mercado (vía mayores privatizaciones, por ejemplo) no cuenta con respaldo político. Y un discurso anticapitalista cuenta, de entrada, con el apoyo de la mitad de la población. En suma, el clima de opinión sí parece favorecer a cualquier aventurero populista dispuesto a prometer la felicidad.

El segundo gráfico muestra la distribución por quintiles del bienestar subjetivo o de la satisfacción con la vida. O para decirlo en el lenguaje de los titulares de prensa, de la felicidad. La felicidad no está distribuida de manera homogénea (como quiso decir Pambelé). 25% de los más pobres y 60% de los más ricos son felices. Los de abajo, como sugiere Montaner, estarían esperando a un populista, a un predicador o a la versión exaltada de Jaime Duque Linares. A alguien que les prometa algo distinto. La homogenización de la felicidad. O, al menos, de la infelicidad.