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Empleo y bienestar

El debate económico en Colombia, en estos tiempos de crecimiento acelerado y entradas masivas de capital, gira en torno al tema del empleo. Los datos no dejan dudas sobre la recuperación de la economía. Pero con respecto al empleo, los datos son ambiguos. Más contradictorios que concluyentes. Más polémicos que definitivos. Esta semana, por ejemplo, la prensa nacional reportó simultáneamente una reducción de la tasa de desempleo, un estancamiento del empleo industrial y un aumento del empleo temporal. Los datos ambiguos se prestan para todo tipo de interpretaciones. Cada quien se sirve lo que quiere para satisfacer su apetito ideológico. Y la diversidad de opiniones termina alimentando la confusión.

Así las cosas, incumbe presentar un versión balanceada de los hechos. O, en otras palabras, urge separar la discusión instrumental de la discusión política. Primero los hechos, después las arengas. Un primer punto es innegable. La recuperación económica ha beneficiado a los pobres. Las cifras muestran, en particular, que los ingresos de los hogares más pobres han crecido durante los últimos años a tasas mayores que los del resto de los hogares. Este hecho no admite atenuantes. Ni cuestionamientos estadísticos. Los que afirman que la recuperación no ha beneficiado a los pobres, están poniendo los prejuicios por delante de los hechos. Son autistas ideológicos. Disonantes cognitivos.

Pero la discusión no termina allí. Una versión matizada de la realidad social tiene que llamar la atención sobre otro hecho innegable. Los ingresos de los hogares más pobres no crecieron durante la última década. Son similares a los observados en 1996. La recuperación ha beneficiado a los pobres. Pero la crisis los había golpeado más que proporcionalmente. Una cosa compensó la otra. Todo cambió para que todo siguiera igual.

Un balance de la situación social debería también poner el dedo en la llaga de la informalidad laboral (y me perdonarán los lectores por la metáfora desgastada). La tasa de informalidad del empleo no ha disminuido. Así lo reconoce el mismo Gobierno. Según el Informe del Presidente al Congreso, el porcentaje de trabajadores informales era 58,6% en 2004, 58,7% en 2005 y 58,5% en 2006. Nada cambió. Todo siguió igual. Un resultado más o menos predecible. Consecuente con la lógica de los incentivos. Si se subsidia la informalidad y se grava la generación de empleo formal, no resulta sorprendente que (aun en los mejores momentos) la informalidad laboral no disminuya. Las malas políticas ocasionan malos resultados. Así de simple.

Lo mismo podría decirse con respecto al empleo agropecuario. El último boletín de empleo del DANE señala un derrumbe espectacular (casi increíble) del empleo agrícola. En el trimestre de junio a agosto, la participación de la agricultura y la ganadería en el total de la población ocupada en zonas rurales se redujo cinco puntos porcentuales. Esta reducción debería suscitar un debate nacional. Un juicio de responsabilidades.

Por desgracia, muchos analistas insisten en negar los efectos sociales de la recuperación. En confundir las tendencias estructurales de la industria con los desatinos coyunturales de la política económica. En mezclar los hechos con la ideología. En plantear el debate equivocado. El debate no es sobre productividad industrial, como lo planteó erróneamente la Universidad Nacional esta semana. Es sobre una combinación inconveniente de políticas que ha impedido la formalización laboral y que parecen estar destruyendo empleos en el campo. Lo otro, creo yo, es un discurso sin sustento.
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Brodsky

Cowboys believe in law, and reduce democracy to people’s equality before it: i.e. to the well-policed prairie. Whereas what I suggest to you is equality before culture. You should decide which deal is better for your people, which book is better to throw at them. If I were you, though, I’d start with your own library, because apparently it wasn’t in law school that you learned about moral imperatives.

Los vaqueros creen en la ley, y reducen la democracia a la igualdad de la gente ante ella. Mientras lo que yo sugiero es la igualdad ante la cultura. Usted debe decidir cual es el mejor trato para su pueblo, cual es el mejor libro para arrojarles. En su lugar, yo empezaría por su propia biblioteca. Pues aparentemente no fue en la escuela de leyes donde usted aprendió los imperativos morales.

Joseph Brodsky fue un poeta ruso doblemente exiliado: de su patria y de su profesión (o, al menos, de su género literario). En 1972, dejó su natal San Petersburgo y se radicó en los Estados Unidos. Allí se transformó en ensayista. En 1987, hace exactamente veinte años, ganó el premio Nóbel de literatura, tanto por los poemas rusos como por los ensayos escritos en una tierra y en una lengua que no eran las suyas.

El fragmento citado está incluido en un libro de ensayos publicado unos meses después de su muerte, ocurrida en 1996. Es el párrafo final de una carta abierta que le escribió Brodsky al ex presidente checo Valac Havel. La carta es un testimonio político excepcional. Un llamado a la responsabilidad. A la verdadera civilidad que, en palabras de Brodsky, consiste en no crear ilusiones. “Los nuevos entendimientos, las responsabilidades globales, la metacultura pluralística no son mucho mejores, en su esencia, que las utopías de lo nacionalistas o las fantasías de los nuevos ricos…Esta forma de dicción queda bien con los inocentes o con los demagogos que rigen los destinos de las democracias de Occidente, pero no con usted, que debería conocer la verdad del corazón humano”.

Pero la carta es también el testimonio de un artista. De un hombre convencido de que el Estado debe ocuparse no sólo de la igualdad ante la ley, sino también de la igualdad ante la cultura. Para tal efecto, los grandes libros deben adquirir cierta ubiquidad subsidiada. Cierta omnipresencia artificial. Los libros deben llenar los lugares públicos. Las bibliotecas rurales. Los mesas de noche de los hoteles. Las salas de espera. Y hasta los buses, como ocurre en Bogotá. Para Brodsky, la oferta de literatura (de humanidad) termina creando su propia demanda.

Brodsky creía en un utilitarismo sofisticado, a la manera, por ejemplo, de John Stuart Mill, para quien la felicidad consciente debería sumar mucho más en la contabilidad del bienestar que el hedonismo ignorante. Brodsky creía también en el poder disuasivo de la literatura. “Yo creo (no empírica pero teóricamente) que para alguien que ha leído a Dickens es mucho más problemático matar a su semejante en nombre de una idea que para alguien que no lo ha hecho”. La literatura, en su opinión, es mucho más confiable, como aseguramiento moral, que cualquier sistema de creencias, que cualquier filosofía.

Brodsky era un pesimista sobre el alma humana. Pero un optimista sobre la capacidad de la literatura para servir de antídoto contra la violencia y la vulgaridad. De allí su insistencia en que el Estado use una parte de su poder y una fracción de su presupuesto en regalar libros. En multiplicar los lectores. Probablemente las ideas de Brodsky no tengan mucha relevancia empírica. Pero teóricamente siguen siendo atractivas. Y necesarias en un mundo donde el mercado y la política han democratizado la banalidad.

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Los datos de la felicidad

Los estudios de felicidad están de moda. Cada semana la prensa reporta un nuevo hallazgo, un nuevo dato sobre la geografía o la demografía de la felicidad. “Lo único que sabemos sobre la felicidad es la extensión de su demanda”, escribió hace una década el filósofo español Fernando Savater. Pero esta declaración de ignorancia es un asunto del pasado. Un juicio anacrónico. Mucho sabemos actualmente sobre la felicidad, sobre los factores que inciden en el bienestar subjetivo. Sobre quiénes son los felices, los satisfechos con la vida, con “Esta vida” como dice la canción del momento.

Un análisis de la felicidad de los colombianos, basado en la Encuesta Social y Política (ESP) de la Universidad de los Andes, arroja algunas conclusiones felices. Y otras no tanto. El análisis permite, en primera instancia, comprobar científicamente la famosa hipótesis de Pambelé. La ciencia cojea, pero llega. Los ricos, vea usted, son más felices que los pobres. En el estrato seis, 70% reporta estar satisfecho con su vida. En el estrato uno, sólo 26% manifiesta lo mismo. En el tres, 31% dice lo propio. En promedio, la felicidad crece con el estrato, con la riqueza y con la educación. Aun después de tener en cuenta las posesiones materiales y el lugar de residencia, la probabilidad de ser feliz es 12 puntos porcentuales mayor para quienes fueron a la universidad que para quienes apenas terminaron el bachillerato.

Pero el asunto de la felicidad no termina con la plata. Los ricos también lloran. Pero no tanto. Y los hombres lloran más que las mujeres. Después de tener en cuenta los otros factores (el estrato, la edad, el estado civil, la educación, etc.), la probabilidad de ser feliz (o al menos de reportarlo) es seis puntos menor para los hombres que para las mujeres. Lo contrario ocurre en los Estados Unidos. El diario The New York Times reportó esta semana que las mujeres gringas, las amas de casa desesperadas y las ejecutivas estresadas, son menos felices que los hombres. Hace una generación, las gringas eran más felices que sus contrapartes del otro sexo, pero la igualdad de género aparentemente invirtió la ecuación de la felicidad. Paradojas de esta nueva ciencia.

“Y los jóvenes deslizándose sin límites, ladera abajo, hacia la felicidad”, escribió el poeta Phillip Larkin. Pero su metáfora no funciona. O funciona parcialmente. Los jóvenes son más felices que los adultos. Pero no mucho más felices que los viejos. La ocurrencia de la felicidad es similar a los veinte y a los setenta. Y toca fondo a los cuarenta. En el caso colombiano, a los 48 años para los hombres y a los 43 para las mujeres. Pero existen paliativos para las inclemencias de la edad madura. Uno de ellos, paradójicamente, es el matrimonio. La probabilidad de ser feliz es 12 puntos mayor en los casados que en el resto. Como diría un malpensante, conviene a los felices permanecer en casa. Otro paliativo es el trabajo (y los lectores sabrán disculparme la insistencia puritana): los empleados son, en promedio, más felices que los desempleados, así no necesiten trabajar.

Sin ánimo de desbancar a Walter Riso y reconociendo que la economía no puede competir con la compleja ciencia de la autoayuda, vale la pena terminar con unos consejitos. La confianza, por una parte, parece aumentar la felicidad. Después de tener en cuenta el efecto de las otras variables, los confiados son más felices que los desconfiados. La probabilidad de ser feliz es 15 puntos mayor en los primeros que en los segundos. Pero allí no termina la cosa. Los que se clasifican a sí mismos más a la izquierda del espectro ideológico, los radicales, tienden a ser más infelices que el resto. “El expansivo placer que aportan la invectiva y la negación” tiene sus límites y sus efectos secundarios. En fin, ya sí para terminar, el izquierdismo no sólo es una enfermedad infantil. Parece ser también una extraña forma de infelicidad.
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La revolución femenina

Muchos comentaristas de nuestra realidad señalan repetidamente que en Colombia nunca pasa nada. Los mismos con las mismas, dicen. Todo cambia para que toda sigua igual, repiten. Cincuenta años de conflicto, reiteran. Doscientos años de injusticias, imprecan. Pero estos lamentos son una mezcla de pereza intelectual y animosidad ideológica. Muchas cosas han cambiado en Colombia. Algunas para bien.

Tómese, por ejemplo, la participación de la mujer en el mercado de trabajo. Hace 25 años, las mujeres representabana el 25% de la fuerza de trabajo; hoy representan el 45%. En una generación, Colombia pasó de niveles propios de un país del tercer mundo a niveles comparables a los observados en el primer mundo. El Gráfico (cortesía de Gapminder) muestra que el aumento de la participación fue sustancialmente mayor que en Chile, un país que creció mucho más rápido en el período de análisis. Incuso fue mayor que en España, un país que experimentó una transformación social, económica y cultural con pocos antecedentes históricos. Actualmente, la participación de la mujer en el mercado de trabajo es comparable a la observada en los Estados Unidos.

Las causas son difíciles de establecer. Y deberían, creo yo, ser motivo de un análisis cuidadoso. Pero sin duda tienen que ver con una mayor apertura social. Con un menor machismo, para decirlo claramente. Las consecuencias son también desconocidas. Pero seguramente incluyen un mayor bienestar de la mujer y una mayor aceptación de su papel por fuera del hogar. La cultura y la participación femenina coevolucionan. La primera facilita la segunda. Y la segunda modifica la primera.

En el período 1980-2004, Colombia fue uno de los líderes mundiales en la irrupción de la mujer en la fuerza de trabajo. Una revolución que habla bien del país y que contradice la cantaleta de algunas feministas exaltadas.

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La caída de la Iglesia Católica

No sé si será por la fijación nacional con el Presidente Uribe, con los vaivenes de su popularidad. No sé, insisto, cuales hayan sido los verdaderos motivos pero sospecho que están relacionados con nuestra obsesión colectiva con la figura del Presidente. Lo cierto del caso es que un cambio espectacular, tectónico diría yo, en la opinión de los colombianos pasó desapercibido. Nadie lo mencionó. Ni para bien, ni para mal. El cambio fue registrado en la última ronda del llamado Gallup Poll, una encuesta de opinión que mide bimestralmente la aceptación de personajes e instituciones nacionales.

El cambio en cuestión está relacionado con la caída del porcentaje de colombianos que tiene una opinión favorable de la Iglesia Católica. Históricamente este porcentaje se ha ubicado alrededor de 70%. Con las fluctuaciones normales, de la estadística y de la opinión. Colombia se ha secularizado de manera rápida. Pero la Iglesia Católica era, en general, vista con buenos ojos. Con un poco de indiferencia, tal vez. Con algo de aprehensión, quizás. Pero con respeto. De nuevo, 70% de los colombianos tenía una opinión favorable de la iglesia.

La Iglesia Católica y las Fuerzas Armadas eran generalmente las instituciones más favorablemente percibidas. Desde comienzos de 2000 hasta mediados de 2006, la preeminencia de ambas instituciones se mantuvo incólume. Su aceptación fue casi tan pertinaz como la imagen del Presidente Uribe. Pero la opinión sobre la Iglesia Católica cambió de manera súbita. El porcentaje de aceptación cayó aproximadamente de 70% a 50% en un año largo. Ninguna institución colombiana ha sufrido un desplome semejante durante los ya varios años de realización del Gallup Poll. El desprestigió de la iglesia católica no sólo ha sido súbito: Ha sido también atípico, sin antecedentes históricos cercanos.

El derrumbe ha sido absoluto y relativo. La Corte Constitucional, la Procuraduría, la Fiscalía, la clase empresarial y la Policía, entre otras, tienen porcentajes de aceptación superiores a los de la Iglesia Católica. Sólo el Congreso, los sindicatos y los partidos políticos están por debajo. Probablemente el cambio de opinión sea transitorio. Pero puede también ser permanente. Al menos, la recuperación de la anterior preeminencia parece improbable.

Las causas de la caída no son difíciles de intuir. Seguramente están relacionadas con la actitud de las jerarquias católicas ante los repetidos escándalos de pederastia, con la falta de transparencia y la impunidad de sus decisiones. La Iglesia Católica ha actuado de espaldas a la opinión y la opinión le ha dado la espalda. Las faltas sin castigo han ocasionado el cambio dramático en la opinión pública. A lo que habría que agregar, posiblemente, la intransigencia católica con respecto al control natal y al cambio social en general “Resulta sorprendente –escribió esta Gregorio Peces-Barba Martínez en el País de Madrid– comparar esa actitud con la de las iglesias protestantes, que han asumido sin reticencias la modernidad y la secularización”.

El respeto a la religión es fundamental. Es un valor democrático, una forma de ejercer plenamente la necesaria división entre el protagonismo político y el espiritual. Pero el respeto a la religión es de doble vía. Los dirigentes eclesiásticos deben también respetar los valores de la sociedad, las ideas de la justicia y las normas comúnmente aceptadas. De lo contrario, el juicio de la opinión será implacable. E inmediato.

No sé si la jerarquía católica se ocupe de los juicios mundanos de la opinión pública. Pero si lo hace, así sea remotamente, debería prestarle atención a las cifras que señalan su caída. La buena imagen, la confianza y la reputación se deprecian con ligereza y se acumulan con dificultad. Pero más allá de su carácter transitorio o permanente, la caída de la Iglesia Católica constituye un verdadero cisma, un rompimiento histórico con causas conocidas y consecuencias todavía imprevisibles.

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La amenaza clientelista

En una columna reciente, Salomón Kalmanovitz afirmó que Samuel Moreno representa “la facción del Polo Democrático que recoge lo peor de la politiquería nacional: sobreempleo en todos los organismos públicos que controlan y contratos para beneficiar a los amigos que no a los ciudadanos”. En el mismo espacio, Kalmanovitz anunció su respaldo al candidato Moreno, el objeto de su diatriba, con el argumento de que la politiquería y el clientelismo son males menores ante el mayor de todos los males posibles, la concentración de poder por parte del presidente Uribe. En su blog de la revista Semana, el crítico literario Luis Fernando Afanador cita a un economista sin nombre, quizás el mismo Kalmanovitz, quien resume la cuestión en una inquietante sentencia: “Prefiero la corrupción a Uribe”.

Obsesionado con la concentración del poder, Kalmanovitz apunta bien pero no da en el blanco. Lo que está en juego en las elecciones para la Alcaldía de Bogotá no es la división de poderes. La disyuntiva no es entre Uribe y no Uribe. Ni tampoco entre la izquierda y la derecha. Ni entre los pobres y los ricos. Ni siquiera entre Transmilenio y el metro. La verdadera disyuntiva es entre el presente y el pasado. Entre el retorno del clientelismo y la continuidad de la política independiente.

En un artículo publicado recientemente por la Universidad de los Andes, el investigador Rafael Santos ilustra de manera minuciosa la profunda transformación política que tuvo lugar en la ciudad de Bogotá. Hasta hace algo más de una década, la política bogotana estaba dominada por el clientelismo, por el reparto de beneficios particulares, de bienes privados y de favores. “La Bogotá en la que se acumulaba basura en las calles era también la ciudad donde se intercambiaban favores, dinero y puestos”. Pero desde la segunda mitad de los años noventa, el énfasis clientelista le dio paso al programático, a la provisión de bienes públicos y servicios sociales para el beneficio de la mayoría. Con el debilitamiento del clientelismo y el derrumbe de las maquinarias, vino la transformación urbana. La Bogotá sin basura en las calles es también la ciudad del voto independiente.

El investigador Rafael Santos argumenta que el debilitamiento del clientelismo puede ser explicado por cambios permanentes, irreversibles en buena medida: la adopción del tarjetón, la mayor competencia política, la menor autonomía presupuestal, etc. Pero el optimismo de Santos es infundado. En otras palabras, el clientelismo sigue siendo una posibilidad ominosa, un equilibrio probable. En otras ciudades de Colombia, por ejemplo, ni el tarjetón ni la mayor competencia lograron cambiar la política. En Bogotá, la reducción del clientelismo no es una realidad institucional consolidada; es un equilibrio precario, inestable. La maquinaria está desaceitada pero no averiada. Si, como sugiere Kalmanovitz, Samuel Moreno representa la personificación del clientelismo, su triunfo implicaría un enorme retroceso, un regreso a la ciudad de la basura y de los favores políticos. Un retorno al uso de los recursos públicos para el mantenimiento de redes y lealtades políticas.

En suma, más que entre dos formas de administración pública o dos estilos de liderazgo, los habitantes de Bogotá debemos decidir entre dos modelos políticos: el clientelista y el programático. Entre la repartición de favores y la provisión de bienes públicos. Entre la vieja maquinaria (y su pasado desastroso) y la nueva política (y su presente esperanzador).
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El Che cuarenta años después

El próximo mes de octubre se cumplen cuarenta años de la muerte de Ernesto “Che” Guevara. Ya las librerías colombianas están llenas de tomos revolucionarios y de mamotretos biográficos sobre una de las vidas más escrutadas del siglo XX. Ya la prensa prepara su artillería de artículos, fotografías, reseñas y crónicas nostálgicas sobre los últimos días del guerrillero argentino. Ya los vendedores de playeras estampadas y chucherías conmemorativas actualizaron sus inventarios para satisfacer las renovadas demandas de los seguidores del Che: los jóvenes rebeldes y los hippies envejecidos, los consumidores leales de la iconografía radical.

Muchos años después de su fusilamiento, el Che habría de convertirse en una marca. En un símbolo de la rebeldía juvenil y de la resistencia contracultural que —paradójicamente— ha servido para acrecentar el consumismo capitalista. Tal como había ocurrido con las prendas de los hippies, la imagen del Che se convirtió en una mercancía exitosa, en una pose contracultural, en un disfraz para la rumba. Cuarenta años después de su muerte en la selva boliviana, el Che adorna el hombro de Maradona y el abdomen de Mike Tyson: dos de los consumidores más desaforados de la historia, dos niños mimados del capitalismo que usan tatuajes del Che para su rumba eterna.

El aniversario de la muerte del Che debería servir no sólo para señalar las paradojas de su imagen, sino también para recordar la realidad de su vida violenta, de sus crímenes de guerra. En un artículo publicado por la revista estadounidense The New Republic (y reproducido por la revista mexicana Letras Libres), Álvaro Vargas Llosa relata algunos de los asesinatos cometidos por el Che. En la Sierra Maestra, mató a un compañero por la simple sospecha de traición: “Acabé con el problema dándole un tiro con una pistola de calibre 32 en la sien derecha… sus pertenencias pasaron a mi poder”. En 1959, después del triunfo de la revolución, el Che presidió los juicios sumarios en la prisión cubana de La Cabaña. “Mi función era de instructor —contó uno de los testigos—… (debía) legalizar profesionalmente la causa y pasarla al ministerio fiscal sin juicio alguno. Se fusilaba de lunes a viernes. Las ejecuciones se llevaban a cabo en la madrugada, poco después de dictar sentencia y de declarar inconveniente la apelación”.

Cuarenta años después de la muerte del Che, algunos jóvenes europeos todavía nos visitan en plan de turismo revolucionario. “Aquí estuvo muy divertido con tiros, bombardeos, discursos y otros matices que cortaron la monotonía en que vivía”, le escribió el Che a su madre en 1954. Sus palabras parecen copiadas del diario de la guerrillera holandesa de las Farc. Cuarenta años después, la izquierda colombiana todavía no ha sido capaz de encontrar una voz unificada en contra de la violencia. “El senador Petro no debería entrar en ‘un certamen de insultos’ con los voceros de las Farc. No creo que el Polo deba entrar en este tipo de cosas”, dijo esta semana Carlos Gaviria. Como si las palabras de Petro merecieran más repudio que los crímenes de las Farc.

El aniversario de la muerte de Ernesto “Che” Guevara debería servir, al menos, para llamar la atención sobre los extravíos violentos de algunos sectores políticos. Sobre los crímenes atroces de quienes se toman en serio su legado, de quienes, a diferencia de Tyson y Maradona, usan su figura o sus prendas no para rumbear sino para matar.
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La doctrina de choque

Naomi Klein es una de una de las más elocuentes (y vehementes) opositoras a la globalización. Su primer libro No Logo vendió más de un millón de copias. Los argumentos del libro son falsos, exagerados en el mejor de los casos. Pero Klein no está en el negocio de las hipótesis refutables. Su especialidad son los eslóganes inflamantes. La retórica rabiosa.


Klein acaba de publicar su segundo libro, The Shock Doctrine. El argumento del nuevo libro, resumido en un corto metraje publicitario dirigido por el mexicano Alfonso Cuarón, es sencillo: los promotores de la globalización han explotado las crisis económicas, los ataques terroristas y hasta los desastres naturales para imponer un conjunto de reformas socialmente desastrosas y políticamente arbitrarias. El corto metraje está repleto de imágenes efectistas, repulsivas, acompañadas en la mayoría de los casos de verdades a medias.

El poder retórico de Cuarón y Klein es incuestionable. Pero limitado. El corto metraje no pretende convencer a los escépticos, quienes seguramente resentirán su falta de sutileza. Pretende más bien movilizar a los convencidos. Klein es una predicadora. Y Cuarón, un soldado de la causa dispuesto a prestar su talento –su gran talento– para el combate eterno contra la maldad del mundo.

El documental, debo reconocerlo, me produjo cierta inquietud, cierta curiosidad. Como la que siento cuando paso por el antiguo coliseo cubierto (la iglesia más grande de Bogotá) y oigo el murmullo lejano de los cristianos que anuncian el fin del mundo, que protestan contra el dueño de sus miedos, contra el demonio escogido por la congregación. Yo no soy admirador de Milton Friedman –el demonio del documental– pero el exceso retórico de sus opositores, de Klein y de Cuarón, me pareció extraño, cómicamente religioso.

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Extravíos feministas

Esta semana, en su columna del diario El Tiempo, Florence Thomas argumentó que el aumento del embarazo adolescente tiene su origen en una imposición cultural, en una opresión simbólica; en lo que ella llama el desmesurado fetichismo de la maternidad. La maternidad, escribió, “es el proyecto de vida que la cultura promueve, un proyecto que obnubila todos los otros posibles que les permitirían (a las adolescentes) construirse como mujeres autónomas”. “¿Cómo culpar a las adolescentes —preguntó—, quienes, finalmente, no hacen más que cumplir el mandato cultural de ser madres a toda costa?”. Las adolescentes, sugiere Florence, son víctimas de la cultura dominante, de la fijación con la maternidad, incluso de sus mismos padres, quienes las obnubilan desde niñas con bebés de plástico y jugueticos de crianza, las causas remotas de los embarazos precoces.

La explicación de Florence es inadecuada y parcializada. Inadecuada porque la idealización de la maternidad es una constante, un fenómeno de larga duración, que no puede usarse para dar cuenta del aumento reciente de los embarazos juveniles. Y parcializada porque deja de lado la otra cara de la moneda, el revés del asunto: la devaluación de la vida de los hombres, los desechables de la cultura. Si uno quiere argumentar que la cultura les impone la maternidad a las adolescentes, debería también —por simple honestidad intelectual— indicar que la misma cultura les impone la violencia y los riesgos a los hombres. Las mujeres y los niños salen primero. Los hombres quedan atrás. Devaluados. Como dijo recientemente el psicólogo Roy Baumeister, para maximizar la reproducción, cada vagina cuenta pero muchos penes sobran. La mayoría son desechables. Prescindibles.

Florence y sus colegas sólo miran hacia arriba, hacia lo más alto de la sociedad, hacia donde están los mandamases de turno, políticos, presidentes de empresa, directores de orquesta, hombres en su mayoría. Pero, como ha señalado el mismo Baumeister, las feministas deberían también mirar hacia abajo, hacia el fondo, hacia donde están los relegados, los encarcelados, los informales, los muertos en combate o en los socavones, hombres en su mayoría. De los 3.000 soldados estadounidenses muertos en Irak, sólo 262 eran mujeres. De los 14 cadáveres encontrados en el campamento del Negro Acacio, sólo uno correspondía a una mujer. La proporción es semejante. Y refleja un sesgo cultural convenientemente ignorado por las feministas.

Las explicaciones feministas —incluida la de Florence sobre el aumento del embarazo juvenil— parten de una premisa equivocada. Suponen que la mayoría de los problemas sociales resultan de una conspiración masculina, de una estrategia cultural urdida por los poderosos y sus amanuenses. “El cuerpo femenino adolescente —escribió Florence— ha sido arrebatado por esta misma cultura y entregado a los hombres, quienes fueron proclamados como sus dueños, amos y señores”. Esta frase, esta forma de paranoia que parece percibir en cada hombre un O. J. Simpson en potencia, no sólo es equivocada; es también perjudicial. Confunde los diagnósticos e impide las soluciones.

El embarazo adolescente no es una imposición machista o una muestra de poder. Por el contrario, puede tener mucho que ver con el fracaso de los hombres. A diferencia de Florence, las mujeres jóvenes residentes en zonas marginadas conocen plenamente el fracaso masculino. Para muchas de ellas, la decisión de tener un hijo es también una abdicación, una reflexión sobre la imposibilidad de encontrar un hombre que produzca más de lo que consuma, un compañero de crianza por quien valga la pena postergar la maternidad y apostarle a otra cosa. Muchas adolescentes optan por la maternidad pues anticipan la ausencia de padres eficaces.

Cabría terminar, entonces, con la reiteración de un lugar común: los destinos de los hombres y las mujeres están íntimamente ligados. Así muchas feministas opinen lo contrario, si a los hombres les va bien, a las mujeres también. Y viceversa.
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Edward O. Wilson: un héroe del siglo XXI

Los medios nacionales reportaron el evento de manera escueta. Con la desidia de quien sólo tiene tiempo para sus asuntos. Con el desgano del embrollado en sus problemas. Pero, en otro lugar o en otro tiempo, tenía que haber sido la noticia de la semana. Edward O. Wilson, uno de los científicos más importantes del mundo, ganador de dos premios Pulitzer, autor de decenas de libros sobre temas tan diversos como el comportamiento animal, la biodiversidad y la naturaleza humana, visitó el país esta semana con el fin de inaugurar la cátedra Colombia Biodiversa, una iniciativa conjunta de la Fundación Alejandro Ángel Escobar y de un grupo de ambientalistas nacionales encabezados por Christian Samper y Manuel Rodríguez.
Edward O. Wilson, de 79 años, es el decano de los mirmecólogos del mundo, el experto mundial en hormigas. Su carrera científica ha sido paradójica. Un ejemplo de la universalidad alcanzada por la ruta improbable de la especialización, es como si el pequeño orificio de la mirmecología le hubiese permitido una visión privilegiada del vasto panorama de la vida en la Tierra y de la misma naturaleza humana. Wilson describió las hormigas y fue universal. Una trayectoria científica tan inverosímil como encomiable.

El peregrino

Wilson no vino a Colombia solamente en función pedagógica. Vino también en una peregrinación personal. A seguirle los pasos a José Celestino Mutis, “el primer naturalista del hemisferio occidental”. A mirar con sus ojos lo que Mutis había visto con los suyos hace más de 200 años. Wilson está escribiendo un libro sobre Mutis —espera terminarlo el año entrante, cuando se cumplen doscientos años de la muerte del sabio español— y quería conocer de primera mano la geografía de su nueva obsesión. La tierra sagrada de la Expedición Botánica.

Wilson estuvo el martes en Mariquita siguiendo las huellas de Mutis. La peregrinación lo llevó, primero, a su casa de habitación (sólo queda la fachada) y, luego, al centro de operaciones de la Expedición Botánica. Allí recorrió los amplios salones y el patio exuberante, estropeado por una piscina moderna, improvisada probablemente por un alcalde contratista. Wilson agradeció con amabilidad las explicaciones de los guías locales. Dio una vuelta rápida por el patio. Y abandonó el lugar con impaciencia. Con el deseo febril de visitar el bosque seco tropical donde había trabajado Mutis.

El peregrino no quería perder tiempo con las reliquias. Su meca eran las hormigas. Y en particular, una especie de hormiga legionaria que había sido descrita por Mutis y que Wilson quería redescubrir personalmente. A la salida de la casa, Wilson subió a un pequeño monte, rodeado por una romería de niños curiosos, uno de los cuales preguntó con desenfado: “¿Es qué nunca ha visto hormigas o qué ?”. Ya próximo a la cima, el profesor Wilson encontró una hilera de hormigas frenéticas. Recogió varias de ellas y las miró con la lupa que traía colgada al cuello. Por un momento, creyó haber encontrado lo que andaba buscando: la hormiga de Mutis, la legionaria de cabeza grande. Pero después de unos minutos cayó en cuenta de su error. La emoción lo había llevado a confundir el objeto sagrado con una falsificación, con una hormiga distinta. Corriente. Devaluada.

Ya cansado, con la decepción propia de los peregrinos, Wilson descendió hacia la plaza del pueblo. La romería había desaparecido y tuvo tiempo para apreciar los detalles locales. Mencionó la prosperidad del pueblo y la alegría silenciosa de sus habitantes, distinta, en su opinión, a la estridencia musical de otras partes. Sus comentarios sociológicos, inocentes, casi triviales, no delataban al científico combativo, al protagonista de una de las confrontaciones intelectuales más intensas del siglo XX.

El científico combativo

En 1975, Edward O. Wilson publicó Sociobiología, su obra cumbre, probablemente el libro sobre comportamiento animal más importante de todos los tiempos. El libro tiene 27 capítulos. Los primeros 26 son asunto de especialistas. El último —el célebre capítulo 27, dedicado a la especie humana— generó una de las polémicas más candentes en la historia de las ciencias. Wilson sostiene, en el capítulo final, que el comportamiento social de la especie y la misma naturaleza humana tienen una fundación biológica. Que la ética y la estética tienen una base genética. Que estamos preprogramados de emociones y conocimientos. Que la cultura no arranca de cero, que construye sobre lo heredado.

Después de la publicación de Sociobiología, Wilson fue acusado de racista. De liderar una confabulación capitalista para perpetuar la opresión de los oprimidos. Sus clases en la Universidad de Harvard se convirtieron en mítines políticos. En 1978, en una reunión de la Sociedad para el Avance de la Ciencia de los Estados Unidos, Wilson fue recibido por una multitud rabiosa que lo acusaba de genocida. Uno de los manifestantes le arrojó una jarra de agua en el rostro. Otro le arrebató el micrófono y comenzó a gritar consignas enfrente de una audiencia de mirmecólogos sorprendidos.

Los debates de entonces ya quedaron atrás. Muchas de las ideas expuestas en Sociobiología son hoy aceptadas sin discusión. Ya nadie las asocia con la eugenesia y con las peores formas del racismo y la exclusión. El debate está terminado, “ido afortunadamente”, comentó Wilson en una pausa después del almuerzo en Mariquita. A su llegada al restaurante, Wilson había cebado el lugar con pedazos de panela —el principal producto de la región—, con la idea de atraer a la hormiga de Mutis. Al final sólo apareció una hormiga negra, diminuta, que Wilson recogió con destreza y guardó en un tubito de vidrio con alcohol. Un destino inesperado (y feliz, diría yo) para la inocente víctima.

“Si las hormigas hubieran desarrollado la bomba atómica, se habrían autodestruido”, dijo Wilson a la salida del restaurante. El comentario tenía implícita una defensa de la humanidad. Y una crítica a todos aquellos que ponen a la comunidad por encima del individuo. Wilson es un hacedor de aforismos. Un cultor de la economía del lenguaje. El debate político suscitado por sus ideas concluyó, en mi opinión, con su célebre sentencia sobre el marxismo: “Teoría maravillosa. Especie equivocada”.

El activista

Si en los años setenta Wilson ingresó a la arena política empujado por sus contradictores, en los años noventa lo hizo por decisión propia. Wilson es probablemente el campeón mundial de la biodiversidad. Uno de los voceros más célebres (y elocuentes) de la conservación, de la necesidad de proteger la vida en la Tierra. Sus argumentos son los de un científico racional. La biodiversidad, argumenta, incrementa la capacidad de recuperación de los ecosistemas. Los costos de la conservación son ínfimos (una milésima de la producción mundial) y los beneficios, incalculables. La protección de 25 áreas críticas del planeta salvaría 40% de las especies amenazadas. Etc.

Pero Wilson reconoce que su lucha no se definirá en el ámbito de la razón. La conservación, dice, debe asumirse con una intensidad religiosa. “La paradoja de la religión —escribió en Sociobiología— es que aunque mucho de su fondo es ostensiblemente falso, continúa siendo una fuerza poderosa en todas las sociedades”. A pesar de lo escrito, Wilson aspira a fundar una nueva religión basada en la ciencia, en la apreciación racional de la vida en la Tierra. A crear una ética sustentada en el conocimiento. Y alejada del mito. Una religión racional, casi una contradicción en los términos.

La mezcla de ciencia y devoción religiosa parece forzada. Retórica. Incluso falsa. Pero camino a Mariquita, la sinceridad de Wilson se reveló claramente. A la altura de Sasaima, la caravana de peregrinos se encontró con un trancón kilométrico. Inexplicablemente la policía de carreteras había detenido el tráfico en ambos sentidos para facilitar la demarcación de la vía. Wilson salió del vehículo para estirar sus piernas. Y después de caminar 50 metros, encontró un hormiguero al borde de la carretera. Inmediatamente se arrodilló con devoción religiosa. Y permaneció así por unos minutos, como si estuviera rezando, con los ojos a pocos centímetros de la superficie y la lupa en su mano como si fuera un ícono sagrado. La sinceridad de su credo (de la defensa de la biodiversidad sustentada en la pasión por la ciencia) no dejaba dudas.

La imagen de Edward O. Wilson arrodillado en una carretera colombiana resume, en mi opinión, la importancia de su visita a Colombia. Wilson nos permitió, así fuese por unos días, mirar a nuestro país a través de sus ojos. Y apreciar, entonces, nuestro pasado, la valiosa (y olvidada) obra de Mutis. Y nuestro futuro, la preciosa (y amenazada) biodiversidad.

Epílogo

En una rueda de prensa celebrada minutos antes de su cátedra, Wilson dijo que los héroes del siglo XXI serán quienes hagan algo por la preservación de la vida en la Tierra. Después de su conferencia, cientos de jóvenes lo rodearon con un entusiasmo religioso en busca de una fotografía furtiva, de un autógrafo improvisado, de cualquier amuleto providencial. Muchos de ellos, no cuesta imaginarlo, serán los héroes del futuro, los que librarán la lucha definitiva —urgente, diría yo— por una nueva y arrasadora utopía de la vida.