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Sobre las elecciones

La política colombiana sigue siendo una producción en la cual importan más los actores que los papeles. La clave está en el reparto. No en el drama o en el guión o en los efectos especiales, sino en los nombres: en los grandes electores regionales. Si uno quisiera explicar, por ejemplo, la victoria del partido de la U sobre el partido Liberal tendría que empezar por mencionar los que se movieron del segundo al primero: Luis Guillermo Vélez, Zulema Jattin, Carlos García, Aurelio Iragorri, Piedad Zuccardi, Dilian Francisca Toro, José David Name, etc. Cada uno de ellos, a su manera, en su propio feudo local, trasteó sus votos de un partido a otro. Atrás quedó el trapo rojo, un arcaísmo equivocado pues parte de la base de que los electores son leales a un partido independientemente de los protagonistas.

En últimas, la importancia regional de ciertos nombres pudo más que el protagonismo nacional de otros. En la U, por ejemplo, Dilian Francisca Toro le ganó a personajes de mayor reconocimiento nacional como Marta Lucía Ramírez o Gina Parody. En el partido liberal, Juan Manuel López (que tiene su caudal electoral concentrado en un solo departamento) superó con creces a figuras más conspicuas nacionalmente como Cecilia López o Piedad Córdoba o el mismo Juan Manuel Galán. En el partido conservador, dos de los mayores electores fueron Roberto Gerlein y Germán Villegas: el primero aglutina 80% de sus votos en el Atlántico, el segundo 95% de los suyos en el Valle del Cauca. Sólo en el Polo Alternativo, los políticos de significación nacional (Gustavo Petro y Jorge Enrique Robledo) superaron ampliamente a los de importancia regional (Parmenio Cuellar e Iván Moreno Rojas).

La irrelevancia del reconocimiento nacional (en comparación con la preeminencia regional) se hizo evidente, más que en ningún otro resultado, en el fracaso de Enrique Peñalosa y Antanas Mockus. Ambos políticos cuentan con una amplía recordación nacional. La gente de todas las regiones los conoce, los admira, los respeta pero no vota por ellos. La lista de Mockus obtuvo menos del 1% de la votación en todos y cada uno de los departamentos del país con la excepción de Bogotá donde consiguió el 3%. La lista de Peñalosa tuvo una suerte similar: sólo en Bogotá logró superar el 6%. En el resto del país apenas sumó 60.000 votos. Una cifra irrisoria para quien ha sido el administrador público más prestigioso de la última década.

En contraste, la lista de Convergencia Cuidadana, un partido político basado en enclaves regionales, superó con creces los 500.000 votos y alcanzó siete escaños en el Senado. Luis Alberto Gil, Oscar Josué Reyes, Carlos Barriga o Juan Carlos Martínez tienen un escaso reconocimiento nacional. Ninguno de ellos ha hecho propuestas innovadoras sobre reforma urbana o pedagogía ciudadana. En esencia, su papel ha sido servir de intermediarios entre los recursos públicos y sus votantes en las regiones. Son gestionadores de fondos. O focalizadores de subsidios que operan en los resquicios legales de nuestra compleja legislación social. De ellos, no cabe esperar grandes propuestas. Su política no está hecha de macro-ideas en lo nacional, sino de micro-transacciones en lo local.

Pero toda la política, para insistir en un lugar común, es local. Por ello, cabría reiterar que, más allá de los nombres propios, hubo dos grandes derrotados en estas elecciones. Primero, la circunscripción nacional de Senado, que mostró, de nuevo, ser un instrumento ineficaz para darle realce a las ideas y candidatos de alcance nacional. Y segundo, la cuidad de Bogotá, que fracasó como trampolín político nacional. A pesar de la creciente preponderancia económica de la Capital, este sigue siendo un país de regiones, al menos en materia electoral. En esta elección, como ha ocurrido otras tantas veces en el pasado, la periferia se convirtió, así fuese por un solo día, en el verdadero centro el país.

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Una pareja dispareja

Coincidencia de coincidencias. En el último número de la revista SOHO, el columnista Alberto Aguirre reitera la teoría del carrusel y los contratos (la misma de José Roberto Arango). “La Universidad –dice el energúmeno Aguirre hablando de la Universidad de los Andes– recibe prebendas, auxilios y sobre todo contratos (llamados de estudio)…De su lado, el gobierno recibe de la Universidad y sus pensadores, un apoyo irrestricto…Y entre los dos poderes forman una lanzadera: si un alto funcionario sale del gobierno, ahí mismo encuentra coloca en la Universidad”.

Quizá me sentí aludido, tal vez tenga un conflicto de intereses, pero quisiera señalar de todos modos que, más allá de las diferencias ideológicas, a Aguirre y a José Roberto los une un elemento poderoso: la absoluta ignorancia sobre el tema en cuestión. Aguirre, además, tiene un exacerbado complejo de independencia (él y nadie más sabe guardar distancia del poder), tanto así que no se da cuenta de que muchos a quienes acusa de vendidos son acusados de traidores por el mismo gobierno que él combate con la fruición propia de los ignorantes.

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Advertencia

Quizás este blog está cayendo en la insoportable pesadez de las interpretaciones. Aunque no comparto plenamente su pesimismo, valdría la pena recordar la advertencia de Susan Sontang:

«Del mismo modo que las emanaciones tóxicas de la industria y del tráfico están contaminando nuestras ciudades, la emisión masiva de interpretaciones intoxica nuestra sensibilidad… Interpretar significa expoliar nuestro entorno y empobrecerlo todavía más de lo que ya está.»

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Prácticos vs. técnicos

El ex consejero presidencial José Roberto Arango, en entrevista concedida a la revista Semana, realizó una elogiosa defensa de los hombres prácticos (que él asocia con el sector privado) y un insolente ataque contra los técnicos (que el asocia con el sector público). “Afortunadamente –dijo José Roberto– el Presidente es un práctico. El Ministerio de Hacienda, y conste que el actual es de lo mejor, ha sido siempre una rueda de Chicago, una rosca. Se van para el Banco Mundial, para el BID, para el Fondo Monetario, para el Banco de la República, y vuelven. Y Planeación es un juego parecido. Los que están adentro les dan contratos de estudios a los que ya salieron. Y los que están afuera vuelven y entran y les dan contratos de estudios a los que ya salieron. Este país no necesita más estudios. Necesita hechos. Si yo hubiera seguido en el gobierno, y en desarrollo de la reforma del Estado, el siguiente ente que se tendría que acabar sería Planeación Nacional.”

A manera de respuesta, he querido reproducir los fragmentos de una columna que escribí hace algún tiempo sobre la confusa arrogancia de los empresarios cuando asumen responsabilidades públicas.

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Quizá la animadversión sea cosa de estos tiempos: un hábito propiciado por el discurso anti-gobiernista de Ronald Reagan y Margaret Thatcher. O quizás se remonte al siglo XIX: una tradición originada en las advertencias de Max Weber. Pero sea cual fuere su origen, el odio hacia los burócratas parece exacerbarse cada día. Los ricos los menosprecian por ordinarios y los pobres los resienten por pequeño burgueses.

Mientras a sus colegas del sector privado los llaman ejecutivos o emprendedores, a ellos les dicen funcionarios. Así, a secas: como queriendo indicar que mientras los primeros ejecutan proyectos o emprendan iniciativas, los segundos apenas funcionan. Se prenden a las nueve y se apagan a los cinco. Si alguna vez se alejan de su rutina, no es para ejecutar, ni menos para emprender; es para idearse un refinamiento más en el complejo arte de estorbar. En estas épocas de aceleración continua, el ejecutivo parece estar siempre en movimiento y el burócrata siempre detenido. La liebre y la tortuga.

Pero todo lo anterior no es más que una fábula. Para comenzar, los burócratas (los profesionales al servicio del Estado) trabajan más y ganan menos que sus contrapartes en el sector privado. Y ni que decir de la calidad del trabajo. Los ejecutivos almuerzan en restaurantes de moda, los burócratas deben conformarse con el almuerzo ejecutivo (ironías del lenguaje). Los ejecutivos pueden tomar decisiones libremente, los burócratas están sometidos no sólo a un código disciplinario absurdo, sino también a las arbitrariedades de contadores fiscales con alma de vengadores. Cuando dejan sus cargos, los ejecutivos reciben jugosas bonificaciones, los burócratas onerosas demandas. Pero así y todo son los malos del paseo. Los vilipendiados de siempre. Vaya uno a saber por qué.

Paradójicamente, los burócratas (y nadie más que ellos) poseen el capital humano indispensable para el funcionamiento del Estado. Pero su conocimiento es tan específico, tan poco trasplantable de un lugar a otro, que no sólo es mal remunerado, sino que puede convertirse en una trampa. Cuando los Ministros asumen sus carteras apenas entienden las complejidades del Estado, y cuando ya han aprendido lo necesario se van (o los sacan). Así, son los burócratas (los técnicos, para ser más preciso) quienes proporcionan la experiencia y la continuidad necesarias para que el negocio de la administración pública siga su curso. Para que el Estado mantenga la inercia requerida. Pues lo que no entienden los empresarios que con candor de primíparos llegan al sector público es que la disyuntiva no es entre inercia y acción, sino entre inercia y caos.

Tristemente, los prácticos ni si quiera se dan cuentan que dependen de los técnicos. Así es la vida.

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¡Las reglas! ¡Las reglas!

Quisiera comenzar esta columna con un consejo para los opositores de oficio (y yo me podría incluir entre ellos). Si desean asumir su tarea con seriedad, deberían dejar de ocuparse de la coyuntura. Les convendría, por lo tanto, olvidarse de las nueve mediciones de pobreza, de los tres mil millones de dólares sucios, de las cien mil hectáreas de coca, de los dos millones y pico de desempleados. En el juego de los números, la oposición parece cada vez más enredada en su propio galimatías. Sus argumentos aritméticos tienen un aire de rebusque obsesivo, de pesquisa neurótica que privilegia el detalle arbitrario, como si quisieran simplemente exhibir uno que otro pelo negro del mismo gato blanco. La coyuntura, cabría reconocerlo de una vez, es favorable al Gobierno.

Pero no ocurre lo mismo con la estructura. O dicho de otra manera, no son las cifras del presente, sino los problemas del futuro, los que habría que endilgarle al Presidente-candidato. Quisiera concentrarme en uno solo de estos problemas, al que llamaré, con la anuencia de los gramáticos, la cultura de la desinstitucionalización. La magistrada del Tribunal de Cundinamarca Beatriz Martínez Quintero seguramente es una funcionaria excepcional, honesta, transparente e inteligente, según lo señaló el diario El Tiempo esta semana, pero estos atributos no impidieron que, en franco desconocimiento de la Constitución, decidiera ordenarle al Gobierno la no firma del TLC. No es el fondo del fallo lo que cabe rebatir, sino la presteza con la cual la magistrada decidió ignorar las instituciones (que no son otra cosa que restricciones, reglas de juego). En ciertas ocasiones, pensará ella, tiene sentido arrogarse para sí el papel de dictador benevolente.

Lo mismo podría decirse de Angelino Garzón, quien ha decidido no sólo recurrir a presiones indebidas, sino también apelar la Corte Interamericana de DD.HH en anticipación a un eventual fallo adverso de la Corte Constitucional. El punto vuelve a ser el mismo. Importa más, pensará Garzón, el bienestar social de la población o los salarios de los funcionarios o las finanzas del Valle del Cauca que el respeto a las reglas de juego. Al fin de cuentas, argumentará a manera de excusa, el bienestar general está por encima de la pulcritud institucional. Lo mismo, probablemente, pensó el senador Mario Uribe cuando propuso hace unos meses el desacato colectivo a un fallo de la Corte; o el mismo Presidente Uribe cuando trató, en diciembre de 2004, de despojar al Banco de la República de sus funciones constitucionales.

Los ejemplos anteriores no son eventos aislados, sino casos recurrentes de una tendencia preocupante. Este problema, creo yo, se ha exacerbado durante este cuatrienio como consecuencia de algunas actuaciones del Gobierno y de la misma reelección. Fue precisamente esta última iniciativa la que hizo evidente que el Gobierno estaba dispuesto a torcer las reglas de juego con el fin de proteger sus realizaciones. El Gobierno fue el primero en subordinar el orden institucional a sus convicciones. Pero no ha sido el último. Actualmente muchos otros funcionarios parecen también dispuestos a ignorar las reglas bajo la disculpa engañosa de que sólo están tratando de proteger el bienestar general. Las consecuencias de este cambio cultural son impredecibles. Pero las causas son mucho más ciertas: el mal ejemplo de la reelección (en particular) y la impaciencia del Gobierno con las reglas de juego (en general).

“¡Jack! ¡Jack! ¡Las reglas! –gritó Ralph– Estás violando las reglas” “Pero a quién le importa,” dijo Jack. “¡Pues la reglas –dijo Ralph– es lo único que tenemos!” Una verdad inquietante, no sólo en la anarquía adolescente de El señor de las moscas, sino también en todo aquello que llamamos civilización.

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plebiscito y TLC

Dada la cantidad de opiniones que propugnan por un plebiscito en torno al TLC, he decididido reciclar una columna que escribí hace unos meses sobre el tema.

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El debate es tan antiguo, las razones han sido expuestas tantas veces y los adversarios suelen ser tan pugnaces que volver sobre lo mismo podría parecer inútil. Pero algunas veces tiene sentido llover sobre mojado. Sobre todo cuando tantos de quienes toman decisiones públicas son impermeables a la razón.

De una lado de la mesa, están quienes creen que las decisiones públicas (al menos las más trascendentales) deben ser tomadas por ese gran jurado de conciencia que es el Pueblo soberano y que éste en su sabiduría siempre sabrá descubrir la mejor de las opciones en discordia. Del otro, están quienes creen que las decisiones deben ser tomadas por representantes informados que puedan guardar cierta distancia de los juicios ligeros y volátiles del Pueblo. Mientras los primeros consideran que la autoridad del Pueblo radica en su capacidad de escoger las leyes de gobierno, los segundos creen que la misma se deriva de su facultad de seleccionar los gobernantes.

Desgraciadamente, los primeros, dignos herederos de la ingenuidad de Rousseau y fieles creyentes en la infalibilidad de la voluntad general, se pusieron de moda. El Presidente Uribe quiso que el Pueblo (en su eterna sabiduría) decidiera sobre las complejidades de las reglas electorales y el sistema pensional. Ahora varios candidatos quieren que el pueblo se pronuncie sobre los efectos de la integración comercial sobre el bienestar general. Así lo proponen Serpa, Navarro, Gaviria, Robledo y muchos otros.

En últimas, los defensores de la democracia directa están confundiendo la soberanía del pueblo (que nadie discute) con su sabiduría (que cabe cuestionar). O dicho de otra manera, la defensa de la democracia no puede estar basada en el supuesto absurdo de que la mayoría es experta en política, economía, jurisprudencia o relaciones internacionales. Si así fuera, gobernar sería simplemente un asunto de investigadores de opinión y de burócratas. Los primeros dedicados a revelar la voluntad general y los segundos atareados en ponerla en práctica
Pero lo que los candidatos no han mencionado son las razones que los llevaron a renunciar a su papel fundamental de ideólogos. Ni los motivos por los cuales han decidido validar una de las peores tendencias de la política moderna: el apego excesivo a los dictados (cambiantes y manipulables) de la opinión, y el consecuente desplazamiento del debate ideológico y del examen objetivo de las políticas. Quizás las razones tengan menos que ver con la ingenuidad de Rousseau, ya mencionada, que con el realismo de Maquiavelo, siempre presente. Al fin de cuentas, política y oportunismo son casi sinónimos. A la izquierda, a la derecha y en el centro.

A pesar de la ubicuidad del oportunismo político, no deja de ser sorprendente que estos políticos hayan decidido abdicar a la ideología para dedicarse a la imagología. Como dice el novelista Milan Kundera, las ideologías al menos luchaban unas contra otras, la imagología sólo procura la alternancia de los mismos por temporadas. En fin, ahora que muchos renunciaron a los argumentos y optaron por los jingles, aquí les propongo uno para su próxima campaña: “Es mejor una ruana pastusa que una chaqueta made in usa”.
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Un pensador ambiguo (II)

D’Artagnan lo acusa de ser un representante (casi un símbolo) de la derecha más recalcitrante. Muchos otros lo acusan de haberse enriquecido a expensas de la protección estatal que tanto cuestionó. La derecha rural lo fustiga por su propuesta de gravar la tierra improductiva (sostuvo en los años cincuenta un álgido debate con Luis Ospina Vázquez). Los conservadores sociales le critican su defensa del control demográfico. A su vez, la izquierda lo asocia con el capitalismo salvaje y con algunos eventos de macartismo criollo.

Este pensador ambiguo escribió lo siguiente en el año 1977:

“La presentación por TV de la novela de García Márquez (La Mala Hora) demuestra la absoluta falta de sentido político de nuestros dirigentes. Para principiar García Márquez en su publicación Alternativa, hoy extinta, demostró tener ideas políticas violentas, de gran odio y resentimiento…Luego entregarle a un individuo con esos antecedentes la interpretación de un fenómeno tan complejo como fue la violencia en Colombia, es falta de criterio por no decir otra cosa. Y en cuanto se refiere a las compañías que patrocinan su presentación, lo más caritativo que se puede decir es que sus directivas tienen mentes subdesarrolladas”.

El mismo había escrito lo siguiente en el año 1954. “La sociedad, estrictamente hablando, no tiene por qué reconocer al empresario un margen de utilidad superior a lo justo necesario para llamar la producción, es decir, superior al incentivo que le induzca a producir”. Y el mismo patrocinó muchas inversiones sociales por medio de la Fundación Corona.

En fin, Hernán Echavarría se movía de la mano negra a la mano invisible, de la mano invisible a la mano caritativa, y de la mano caritativa a la mano negra.

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Un pensador ambiguo

En el año 1961, Albert O. Hirschman escribió un ensayo sobre la confrontación ideológica en América Latina en torno al tema del desarrollo económico. Entre los pensadores citados aparece, de manera conspicua, Hernán Echavarría Olózaga. “Pocas veces –escribió Hirschman en referencia al liberalismo escueto de Echavarría– se encuentran estas ideas expresadas tan abierta y cándidamente; sus defensores más vehementes suelen ser hombres de negocios que, de ordinario, no son dados a expresar sus opiniones por escrito”. Pero Echavarría no fue un hombre ordinario. Además de empresario y filántropo, fue un escritor incansable, autor de una obra extensa, motivada, creo yo, más por la fuerza de sus convicciones que por la vastedad de su cultura.

Las opiniones de Echavarría fueron las de un puritano enfadado: incansable en sus empresas e implacable en sus denuncias. Sus peroratas más frecuentes estuvieron dirigidas a quienes vivían fácilmente del presupuesto público o de la tierra. “Nadie trabaja cuando puede vivir cómodamente sin hacerlo; y muchos no trabajan si pueden vivir casi tan bien sin trabajar”, escribió en su obra más conocida, el Sentido común en la economía Colombiana. De allí su impaciencia con los burócratas, muchos de quienes, en su opinión, vivían cómodamente sin necesidad de participar en la producción. “Su actitud es de indiferencia inapelable, como la de una tropa de ocupación en un país derrotado”. El símil es exagerado en el fondo pero perfecto en la forma, como corresponde a todo buen polemista.

Pero su mayor obsesión fue, sin duda, el enriquecimiento injusto de los dueños de la tierra. “La inversión en tierras, como el presupuesto público, permite vivir sin trabajar”, escribió en el libro de marras. Pero el asunto, en su opinión, no era sólo de aperezamiento individual, sino también de ineficiencia colectiva: “el problema agrario colombiano radica en que en general resulta de mayor utilidad el comprar tierras y esperar simplemente su valorización, que explotar con empresa agrícola las que ya se tienen”. Repitió la misma idea por más de cincuenta años, con la terquedad de los convencidos y la impaciencia retórica de los hombres prácticos. “En Colombia –escribió en 1977, en una de sus columnas de prensa– continúa siendo verdad la fórmula que daba el bobo de Medellín de hace cincuenta años para volverse rico: compre una manga y siéntese a aguantar hambre en ella”. Pero su voz nunca tuvo eco. Fue un grito solitario en un país donde muchos confunden la fortuna de los terratenientes con el bienestar de los pobres.

Echavarría fue uno de los voceros más representativo de un país que comenzaba a urbanizarse aceleradamente y a cambiar su estructura productiva en contra de las fuerzas retardatarias del campo y los embates intervencionistas de la burocracia. Sus escritos sugieren a menudo una dicotomía antigua, casi decimonónica: la del santafereño contemplativo versus el paisa industrioso. “Quién habrá, pues, que quiera cambiar libremente la tranquilidad del campo y un buen libro por el ajetreo de la industria y la lucha por el mercado?” Paradójicamente, Echavarría encontró tiempo para ambas cosas: la acción y la reflexión.

Su insistencia en que el origen de nuestros males sociales venía de los años sesenta, cuando “el estatismo y la planeación se apoderaron del espíritu y la imaginación de la clase dirigente”, fue exagerada. Al fin de cuentas, la fijación con las soluciones de Estado no es tanto una causa de la pobreza y la desigualdad, como una consecuencia de las mismas. Además, la equidad y la redistribución se han convertido con el tiempo en imperativos políticos. Así las cosas, y citando de nuevo a Hirschman, esa “repugnancia por la inversión pública y por el planteamiento del desarrollo parece un poco histérica y pasada de moda”.

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Sopa de letrados

Muchos pidieron cerrar para siempre un debate que ya arrastraba los píes y no iba para ninguna parte. Yo mismo me declare aburrido de seguir dando las mismas razones a los mismos reproches. Pero el debate continua su rumbo azaroso. He decidido, por lo tanto, convertirme en simple notario de opiniones. Aquí van algunas de las más representativas.

“La arrasadora presencia de los grandes pulpos editoriales españoles imponiendo un modelo de escritor aséptico, incoloro, doméstico, ha cumplido pues, la tarea de que en este país las nuevas élites sociales presuman de su cultura, impulsen el filisteísmo e ignoren al verdadero intelectual por ser una figura que los incomoda. El error, tanto de Posada Carbó como de Alejandro Gaviria consiste en identificar al intelectual con estos productos del mercado, ya que el intelectual sigue ahí en las universidades, pienso en José Olimpo Suárez, en Fernando Cruz Kronfly, en Iván Darío Arango, en Jaime Jaramillo Panesso, en García Posada, en Orlando Mejia, en Alfonso Monsalve, etc. Textos que no aparecen en las publicaciones frívolas ni se confunden con “memorias”, banales informes sobre acontecimientos inmediatos, escritos por segundas manos y firmados por prestigiosos políticos, banqueros, hombres de negocio”.
Dario Ruiz Gómez, El Mundo

“En personas como Laura Restrepo, William Ospina, la fuerza de la opinión no está en los hechos ni en el análisis sino en dos elementos: la retórica y el medio de comunicación. Así, sin negar su abordaje del «hombre honesto», yo lo veo más racional: así como en este lado se trata de opinar desde la experimentación, el empirismo, el análisis frío, desde los poetas-escritores es la palabra, mejor la hipérbole, la herramienta. Sin hipérboles ni juicios absolutos de valor pues la indignación intelectual no tiene poder; asimismo si no refleja los lugares comunes pues no se conecta con la emoción del lector. Es paradójico la semilla de anti-intelectualismo de los llamados «intelectuales». Insisto en mi posición más sociológica: en un país sin formación científica, sin metodología en sus élites, sin formación matemática y con desprecio por el empirismo y un odio visceral a la filosofía del pragmatismo, pues los voceros serán los literatos, los poetas, los novelistas, los ensayistas de la hipérbole”.
Francisco Miranda

“Precisemos el sentido de la discusión. Ospina me señala por defender «la pureza de nuestro Estado y de la noble estirpe de las instituciones». Ni lo uno ni lo otro. He defendido la necesidad de reconocer la complejidad del Estado colombiano, su legitimidad y sus tradiciones democrático-liberales, con logros, adversidades e imperfecciones. Postulado bien distinto del que equívocamente me adscribe. Que exige interpretaciones matizadas, no condenas absolutas. Para Ospina, algunas opiniones son axiomáticas –»nada más evidente», nos dice, como si fuesen incontrovertibles–. No he propuesto negar problemas, sino colocar el debate en otro nivel, mejor informado, por encima de esos lugares comunes que él prefiere”.
Eduardo Posada, El Tiempo

«En la Vulgata histórica Colombiana los montones de ruinas están presentes, pero el viento del progreso está ausente”.
Daniel Pecaut
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Otra advertencia

La opinión se convirtió en la nueva pornografía del Internet”.

Así lo escribió Trevor Butterworth en un apasionante ensayo publicado por el Financial Times. Transcribo dos apartes del ensayo en el idioma original como una nueva advertencia para todos.


«Each blogger was his, or her, own printing press, spontaneously exercising their freedom to criticise. Which is great. But along the way, opinion became the new pornography on the internet.

And that, in the end, is the dismal fate of blogging: it renders the word even more evanescent than journalism; yoked, as bloggers are, to the unending cycle of news and the need to post four or five times a day, five days a week, 50 weeks of the year, blogging is the closest literary culture has come to instant obsolescence».

Trevor Butterworth. Financial Times. Feb. 17, 2006