Sin categoría

Transferencias y regalías

Quisiera comenzar esta columna con un hecho peculiar al que llamaré la paradoja de los titulares: la relación inversa entre el tamaño del titular y la relevancia de la noticia. “‘Pobreza no ha bajado’: Universidad Nacional”, tituló esta semana, a varias columnas, la sección económica del diario El Tiempo. El titular hacía referencia a un estudio de la Universidad Nacional, contratado por la Contraloría General de la Nación, según el cual los cálculos oficiales presentan yerros metodológicos evidentes que llevan a una sobrestimación de la mejoría social. En apariencia, se trata de una discusión metodológica fundamental. Pero, en realidad, no es más que un debate ideológico disfrazado de polémica instrumental. Una discusión oblicua. Exasperante. Y, en últimas, irrelevante para el diseño y la operación de la política económica y social.

“‘Tolú y Coveñas malgastaron sus regalías’: Contraloría”, tituló el mismo día, el mismo diario, de manera tímida, inconspicua. La noticia aparece en una sección interior, perdida entre los obituarios, alejada de los temas económicos del día. De acuerdo con un informe de la Contraloría, los municipios de Tolú y Coveñas recibieron 59 mil millones de pesos entre 2001 y 2005 por concepto de regalías portuarias, pero “los índices de pobreza se han disparado, no hay matadero, las calles están en pésimo estado, el paseo peatonal se está cayendo y las playas están deterioradas”. La paradoja es evidente. El despilfarro de las regalías luce varios órdenes de magnitud más relevante que las polémicas instrumentales o que las rencillas ideológicas entre entidades públicas. Pero así no parecen reflejarlo los titulares.
El tema de las regalías, en particular, debería ser motivo de un intenso debate nacional, no sólo por los ejemplos cada vez más descarados de corrupción y desperdicio, sino también por la ventana de la oportunidad que abre la inevitable reforma al régimen de transferencias. La reforma de las transferencias, en mi opinión, tiene que ir más allá de la simple definición de la tasa de crecimiento de los recursos y debe abordar de manera simultánea la distribución regional de los mismos. Esta intención implica no sólo una modificación de la Ley 715 de 2001, que define los criterios y fórmulas de distribución, sino también un cambio en la ley de regalías, que estipula la participación regional en la riqueza nacional. Sin una modificación profunda en la distribución de las regalías, cualquier reforma a la descentralización quedaría incompleta.
Según lo enuncia el Artículo 356 de la Constitución y lo desarrolla la Ley 715 de 2001, la distribución regional de los recursos de educación y salud obedece primordialmente a criterios de eficiencia (la cantidad recibida depende de la población atendida), mientras la distribución de los recursos de saneamiento básico (y otras partidas menores) obedece principalmente a criterios de equidad (la cantidad recibida depende de las necesidades percibidas). En términos generales, la situación actual consigue un equilibrio adecuado entre eficiencia y equidad, y los intentos reformistas deberían orientarse a solucionar los problemas de implementación más que a cambiar los criterios de distribución.
Pero algo muy distinto ocurre con las regalías. La equidad y la eficiencia no aparecen por ninguna parte. El único criterio aparente, más implícito que explícito, parece ser que quien se gane la lotería (así el premio se pague con la plata de todos) tiene derecho a malgastarla a su antojo. Así las cosas, una distribución más eficiente y equitativa de una riqueza que no sólo le corresponde a unas pocas regiones, sino que le pertenece al país entero debería convertirse en una prioridad nacional. Tristemente, el país parece ocupado en otros menesteres: la Contraloría está dedicada a la aritmética; el Congreso, a los puestos; el Gobierno, a la politiquería, y los medios, a divagar sobre todo lo anterior. Una paradoja. O mejor dicho, una tragedia.
Sin categoría

Advertencias

Alan Jacobs (un profesor de inglés de un college norteamericano) hizo esta semana un despiadado ataque a los blogs. Transcribo uno de los párrafos más representativos de su furioso ensayo:

No hay privacidad: todas las conversaciones son completamente públicas. El arrogante, el ignorante, el terco como una mula amenazan constantemente con ahogar al profeta, o para esa gracia al que apenas si algo sabe, o como mínimo tratan de abrumarlo con su masiva presencia. No se trata aquí de insultar a la muy amada –aunque reciente– institución de la blogosfera cuando se dice que los blogs no pueden hacerlo todo bien. En este momento, y hasta donde se puede prever, la blogosfera es la amiga de la información pero la enemiga del pensamiento.

Para responder a Jacobs. O mejor, para evitar que los blogs se conviertan en los enemigos del pensamiento (en una forma de desinteligencia colectiva en la cual la suma de las parte supera el caótico todo de nuestras discusiones), cabe recurrir a otro profesor de inglés, Robert J. Gulpa, quien publicó, hace ya varios años, un breve ensayo titulado “Nonsense: a handbook of logical fallacies”. Digo que cabe recurrir a Gulpa porque la particular arquitectura de los blogs los hace especialmente vulnerables a los atajos retóricos, a la simple enunciación de prejuicios, a los diálogos de unos sordos peculiares (pues unen al mal evidente de la sordera, la virtud peligrosa de la elocuencia). En fin, creo que no está demás reparar en algunos de las deformaciones enunciadas por Gulpa, que traduzco libremente como una advertencia (para el suscrito y sus corresponsales):
1. Creemos en lo que queremos creer.
2. Generalizamos a partir de casos específicos.
3. Confundimos (muchas veces a propósito) lo irrelevante con lo relevante.
4. Sobresimplificamos la discusión.
5. Nos vamos por las ramas hasta perdernos definitivamente.
6. No examinamos la evidencia antes de concluir. Al revés: concluimos y después buscamos la evidencia.
7. Somos selectivos de manera perversa: acogemos lo que nos sirve y descartamos lo que nos estorba.
8. Gastamos más tiempo buscando justificaciones que aprendiendo de nuestros yerros o que subsanando nuestras ignorancias.
9. Replicamos tan rápida como implacablemente. La inercia de nuestras emociones es mucho más poderosa que la de nuestras razones.
10. A veces ni siquiera escribimos lo que pensamos. Insistimos por pugnacidad y por amor propio.
En suma, no son los blogs los enemigos del pensamiento; somos nosotros mismos. No estoy libre de pecado pero me atrevo a lanzar algunas piedras.

Sin categoría

La tropa de nostálgicos

En la tarde del 17 de julio de 1994, en la ciudad de Pasadena, California, tuvo lugar el mayor anticlímax en la centenaria historia del fútbol (la FIFA fue creada en 1904). Ese día, Brasil e Italia se enfrentaron en la final de la Copa del Mundo y ninguno consiguió anotar un solo gol después de un juego tedioso. “No hubo nada nuevo allí. Sólo cautela. Más un juego de ajedrez que de fútbol. Un anticlímax terrible. Un empate cero a cero impuesto tácticamente” escribió un famoso comentarista deportivo, exaltado ante la ineficacia (e inapetencia) ofensiva de los reyes del mundo. Cuatro años atrás, en Roma, Italia, las cosas no habían sido muy diferentes: Alemania derrotó a Argentina con un solitario penalti, anotado en los minutos finales de un juego espantoso. Nunca antes, en la historia de la especie, el entretenimiento había sido tan aburrido. El mundo entero pareció bostezar al unísono. Una protesta tan callada como elocuente.

Estas dos tardes aciagas (las primeras finales de la década del noventa) constituyen, para muchos comentaristas, una prueba fehaciente de que el fútbol cambió ineluctablemente en las postrimerías del odioso Siglo XX. Las explicaciones abundan. Algunos hablan de la influencia corruptora del dinero (la culpa es de las grandes corporaciones), otros mencionan la autarquía perversa de la Fifa (la culpa es de una organización paraestatal dominada por los países poderosos). Coincidencialmente, los comentaristas deportivos parecen interpretar las tendencias mundiales con base en las mismas teorías trilladas de los antiglobalizadores. Todo se reduce a una conspiración perversa de los dueños del mundo. De la explotación global al aburrimiento mundial.

Pero quienes perciben un deterioro permanente y sustancial en la calidad del juego a partir de 1990 están siendo víctimas de la enfermedad de la nostalgia. La felicidad sólo existe en la nostalgia, dice Fernando Vallejo: una afirmación general que parece cumplirse con fuerza particular entre los aficionados al fútbol, tan dados a rendirse ante el fetiche del pasado. Pero la verdad del asunto es que, dejando de lado dos o tres jugadores excepcionales, accidentes históricos que no inciden sobre el promedio, la calidad del juego no ha cambiado mucho en los últimos cuarenta años. Desde un punto de vista meramente estadístico, el número de goles por partido no ha variado desde Inglaterra-66. Incluso fue mayor en Estados Unidos-94 (2,71) que en Alemania-74 (2,55), Argentina-78 (2,68) y México-86 (2,54). Las apariencias engañan, sobre todo si se miran a través del lente borracho de la nostalgia.

La calidad del juego (al menos bajo la métrica estrecha del número de goles por partido) sí cambió de manera permanente. Pero no lo hizo a comienzos de los años noventa, sino a mediados de los años sesenta. Fue entonces cuando la marcación hombre a hombre, la trampa del fuera de lugar y las tácticas defensivas se generalizaron. Fue entonces cuando Helenio Herrera introdujo el catenaccio, y cuando sus discípulos en Sur América lograron, con tácticas ultradefensivas, que dos mediocres equipos argentinos (Racing y Estudiantes de la Plata) alcanzaran cierta preeminencia orbital. Y fue entonces cuando la táctica defensiva (un pleonasmo) se convirtió en la fijación de los directores técnicos. Entre 1965 y 1970, el promedio de goles por partido en las ligas europeas más prestigiosas cayó de 3,5 a 2,5. Desde entonces no ha cambiado. Ni en las ligas, ni en los mundiales.

En suma, el fútbol defensivo ya alcanzó la mayoría de edad: según los análisis más convincentes está cumpliendo cuarenta años. Una verdad difícil de aceptar para la tropa de nostálgicos que sigue insistiendo, como corresponde a su naturaleza, en que todo tiempo pasado fue mejor. Pero una verdad que, al menos, mantiene una coherencia poética con la realidad. El fútbol actual (que, insisto, ya llega a los cuarenta) se parece a la vida de los adultos: muchos momentos de tedio puntuados por dos o tres instantes felices. Eso es todo.

Los interesados en los detalles de la historia pueden consultar mi artíulo “Is soccer dying? A time series approach”.
Sin categoría

La bonanza de confianza

“En el siglo pasado, el general Pedro Nel Ospina emprendió unas obras importantísimas que fueron una bonanza en ese momento. Se financiaron con la indemnización de Panamá. Primero el gobierno del General Rojas Pinilla y más adelante los gobiernos de los doctores López Michelsen y Belisario Betancur, gozaron bonanzas cafeteras. Caño Limón, Cusiana, Cupiagua, trajeron bonanzas. Hemos tenido las bonanzas ilegítimas, que finalmente tanto daño han hecho: la de la marihuana y la de la coca…Yo diría que actualmente Colombia goza de confianza…Yo veo que el país tiene hoy bases de una bonanza de confianza”.

Las palabras anteriores fueron pronunciadas, de manera reiterativa, por el Presidente Uribe durante la campaña presidencial. Las mismas resumen con elocuencia la hipótesis oficial sobre la causa preponderante de la reactivación económica; hipótesis que puede resumirse en una sola frase: la bonanza de confianza. En contraste con otras coyunturas similares, argumenta el Presidente, la prosperidad en ciernes no está siendo jalonada por circunstancias externas (efímeras y variables), sino por condiciones internas (duraderas y estables). La recuperación, se sugiere, no depende del albur de la geología o de los vaivenes de los precios de las materias primas o del capricho de la ayuda extranjera, sino de un estado de ánimo expansivo fundado en la gestión del Gobierno. En últimas, la tesis oficial constituye la elaboración de una vieja teoría de John M. Keynes, según la cual “una proporción significativa de la actividad económica depende del optimismo espontáneo”. Salvo que en este caso el optimismo no es espontáneo, sino inducido desde arriba por el liderazgo presidencial.
Pero los acontecimientos económicos de las últimas semanas han puesto de presente que la supuesta bonanza de confianza puede ser tan pasajera como las bonazas anteriores. Si antes dependíamos de las impredecibles heladas del Brasil, ahora dependemos de las inescrutables declaraciones de los banqueros centrales del mundo desarrollado. Como escribió el mismo Keynes, las inversiones de portafolio dependen de “la psicología de masas de un gran número de ignorantes” y suelen cambiar “violentamente como resultado de fluctuaciones repentinas en la opinión pública”. Y cuando las inversiones se frenan de manera súbita, usualmente se invierte el signo de la economía. Así, la bonanza de confianza podría desvanecerse en el aire, tal como se desvanecieron las bonazas anteriores. La psicología colectiva, sobra decirlo, es tan caprichosa como la misma naturaleza.
Detrás de la bonanza de confianza, existe un problema cognitivo ampliamente estudiado: la interpretación causal de los patrones aleatorios. Tanto en la vida diaria como en la política, somos reacios a asignar a la buena o a la mala suerte lo que ocurre en la realidad. Siempre estamos en busca de un talismán. De alguien (o de algo) a quien podamos echarle la culpa o asignarle la gracia. De un depositario de nuestra fe causal y de nuestra confianza determinista. Así, los gobernadores de los estados productores de petróleo en los Estados Unidos tienden a ser reelegidos cuando los precios suben y a ser derrotados cuando los precios bajan. En la India, los gobiernos se caen en los años de sequía y se fortalecen en los años de lluvia. Sistemáticamente, se confunde la suerte con la gestión.
En últimas, la tesis de la bonanza de confianza plantea un contagio mutuamente beneficioso entre economía y política. La confianza en el gobierno nutre la confianza en la economía, y viceversa. Pero un cambio en las condiciones externas (ya previsible) podría invertir el sentido de la retroalimentación, y de la bonanza de confianza podríamos pasar a la destorcida del optimismo. Un escenario inevitable que mostrará, una vez más, la naturaleza efímera de todas nuestras bonazas.
Sin categoría

De Omaha a Medellín

Cabría comenzar esta columna con un nombre extraño: Constantine Alexandre Papadopoulos. Nieto de inmigrantes griegos que se establecieron en Nebraska. Hijo del abnegado propietario de un pequeño restaurante en el centro de Omaha. Educado en un colegio jesuita en medio de una comunidad conservadora y laboriosa. Inicialmente estudió filología e historia hispanoamericana en la Universidad de Stanford, y posteriormente cinematografía en la Universidad de California. Hoy el mundo lo conoce como Alexander Payne, ganador de dos premios Oscar y dos Globos de Oro. Probablemente el director independiente más importante del mundo.


Con la excepción de Sideways (Entre copas), todas las realizaciones previas de Payne fueron filmadas en Omaha. Incluso su próxima película, todavía en ciernes pero esperada desde ya con impaciencia, tendría el predecible título de Nebraska. A pesar de que Payne ha dicho de manera reiterativa que no quiere ser recordado como “el tipo de Nebraska”, sus obsesiones geográficas revelan una inclinación sociológica evidente, una preferencia innegable por escrutar las transformaciones invisibles pero definitivas de una sociedad tradicional. Toda visión artística tiene un sesgo sociológico, asociado usualmente al origen geográfico del implicado. Payne, cabe reiterarlo, creció en un entorno social (el Medio Oeste norteamericano) escindido entre lo arcaico y lo moderno.

Pero allí no termina la geografía del asunto. Cuando apenas había cumplido veinte años de edad, a comienzos de los años ochenta, Alexander Payne vivió durante varios meses en la ciudad de Medellín, mientras completaba el trabajo de campo para su tesis de grado de la Universidad de Stanford. Como resultado de su investigación, quedó el artículo “Crecimiento y cambio social en Medellín, 1900-1930”, publicado en el primer número de la revista de la Fundación Antioqueña para los Estudios Sociales (FAES). Seguramente Constantine Alexandre Payne (así firmó el artículo de marras) encontró muchas afinidades entre la Medellín de comienzos del siglo XX y su natal Omaha: la religiosidad, el etos igualitario, el gusto por el trabajo y el arribismo soterrado, todas características de la ética protestante de los antioqueños que ha fascinado a varias generaciones de científicos sociales.

En su artículo, Payne incluyó la siguiente cita, tomada de un cuento popular antioqueño escrito en las postrimerías del siglo XIX: “Julio era hijo de un rico minero que vino a establecerse a Medellín. Educado a medias, primero en el antiguo Colegio del Estado y más tarde en uno de los establecimientos de los Estados Unidos, era un verdadero tipo del siglo, un conjunto heterogéneo de intolerancia y bondad, de buenas maneras y salidas bruscas e inesperadas, de arranques de generosidad y movimientos coléricos, de sentimientos cristianos y humanitarios, e impulsos perversos y salvajes. Era una muestra del híbrido, resultado de la rudeza campesina y la educación cortesana”.

Cien años después, esa caracterización del espíritu antioqueño sigue teniendo mucha vigencia. Payne ha expresado varias veces su fascinación por los antioqueños. Incluso su deseo de filmar una película sobre los arrieros paisas del siglo XIX. El costumbrismo antioqueño nunca había estado tan cerca de Hollywood.
Sin categoría

Hacia un difícil consenso

Un día después de un resultado previsible sólo cabe volver sobre lo ya dicho. Uno podría detenerse sobre el triunfo de Carlos Gaviria en Nariño y en La Guajira. O explayarse sobre la muerte de los partidos tradicionales. O extenderse sobre la aritmética electoral (el 1.5 millones de votos adicional conseguidos por Uribe, los 2.0 millones adicionales conseguidos por la izquierda). Pero, para ser honestos, los análisis electorales del día después tienden a confundir la coyuntura con la estructura. Son meras extrapolaciones burdas. Futurología de afán para el consumo inmediato.

Por ello, repito, sólo cabe insistir sobre lo dicho. Un primer punto tiene que ver con la nueva realidad institucional: el presidencialismo ampliado. La reelección inmediata no sólo acrecentó el poder del Ejecutivo; al mismo tiempo sesgó la competencia electoral en favor del presidente en ejercicio. El nuevo mandato de Uribe pondrá a prueba esta nueva realidad. En su discurso de victoria, el Presidente llamó la atención del Congreso sobre la necesidad de trabajar con diligencia y responsabilidad. Pero además de diligencia, el Congreso necesita independencia. El mandato renovado del Presidente Uribe no debe convertirse en un mandato irreflexivo sobre el Congreso.
Un segundo punto tiene que ver con la polarización de las opiniones y posturas políticas. El triunfo mayoritario del Presidente no puede ocultar la enorme brecha que separa a uribistas y opositores. Entre unos y otros, no parece existir ningún punto en común. Ninguna intersección más allá de la desconfianza mutua. La polarización ha crecido de tal manera que el país parece haber perdido la capacidad de construir acuerdos políticos. Pareciera que las únicas posturas posibles fueran la oposición a ultranza o el apoyo absoluto. Actualmente resulta imposible, incluso, hacer una valoración objetiva de nuestra realidad económica y social: las cifras son acomodadas de un lado y del otro. En la política colombiana, la verdad no existe. Sólo hay interpretaciones sesgadas de antemano.
Un tercer punto, también mencionado por el Presidente en su discurso, tiene que ver con la necesidad de construir una visión compartida de largo plazo. No se trata de refinar un ejercicio tecnocrático. Ni tampoco de definir una lista de inversiones prioritarias, como a veces parece creer el Presidente. Sino de liderar un acuerdo metapolítico que permita, entre otras cosas, salvaguardar la estabilidad macroeconómica, asegurar los recursos necesarios para la construcción de equidad y avanzar en la superación del conflicto. A veces el Presidente parece dispuesto a liderar el consenso. Otras veces, sin embargo, parece empeñado en exacerbar las rencillas partidistas. En echarle leña al fuego ardiente de la polarización política.
La semana anterior, el senador chileno Carlos Ominami, de visita en Colombia para participar en un evento académico, nos dejó una enseñanza fundamental: su país sólo pudo avanzar decididamente después de alcanzar un consenso que implicó concesiones difíciles de lado y lado: la izquierda, por ejemplo, se comprometió con la estabilidad macroeconómica, y la derecha con la política social y la reparación de la víctimas de la dictadura. Además, la sociedad chilena fue capaz de dejar de lado la pretensión absurda de cambiarlo todo, del borrón y cuenta nueva, y se dedicó a construir sobre lo construido. Con la anuencia de los lectores, quisiera insistir en un lugar común: la principal tarea de nuestros gobernantes, incluido el Presidente recién reelegido, es liderar un proceso similar. Esto es, un consenso que permita, al menos, imaginarnos un país más próspero y equitativo, donde no se piense (como hoy se piensa) que el futuro está en juego en cada elección.
Sin categoría

El vencedor y los vencidos

Cuando el resultado final se sabe desde el comienzo, las elecciones se convierten en una especie de simulación. Parecen una gran operación algebraica que corresponde resolver paso a paso pero cuyo resultado se conoce de antemano. A veces, por supuesto, surge la tentación de evitar los cálculos innecesarios y saltar de una vez al resultado final. Pero afortunadamente las elecciones no son sólo una contienda; son también una comedia: una representación donde los actores enfrentan la difícil tarea de ganar y perder con dignidad. En esta oportunidad, los vencidos y el vencedor han ofrecido algunas enseñanzas perdurables. Como para una clase de cívica o para un libro de Paulo Coelho.

Primero cabe hablar de los vencidos. Gaviria, Serpa y Mockus se han ocupado del álgebra inútil de la campaña con un empeño que contrasta con el aspecto ineluctable del resultado. Han expuesto sus ideas —sobre la libertad individual, sobre la inequidad social, sobre la transformación cultural— con elocuencia y convicción. Han evitado el desgano propio de la derrota cantada. Han mostrado vergüenza deportiva. En ocasiones, sobra decirlo, resulta difícil salir a jugar un segundo tiempo de trámite con el marcador cuatro a cero en contra. Pero los vencidos se han tomado en serio su papel de perdedores comprometidos.
Sus actuaciones han sido una buena muestra de la estética del fracaso. De la belleza rara de las causas perdidas. Dice Fernando Pessoa: “La única actitud digna de un hombre superior es el persistir tenaz en una actividad que se reconoce inútil, el hábito de una disciplina que sabe estéril, y el uso fijo de normas de pensamiento filosófico y metafísico cuya utilidad se percibe como sospechosa”. Mockus, por ejemplo, ha llevado este antipragmatismo al extremo inquietante de aplicarse cada vez con mayor disciplina a un discurso cada vez más inefectivo. Pero los perdedores convencidos, diría Pessoa, poseen una dignidad que no tienen los ganadores prácticos.
Cabe ahora hablar del vencedor. Obsesionado desde el comienzo con un triunfo aplastante, ha dejado que la milimetría estratégica imponga todas las prioridades. Su campaña ha sido una acumulación de victorias inútiles (“toda victoria inútil es un crimen”, leí alguna vez en un inventario de imperativos categóricos). A veces, incluso, queda la impresión de que el objetivo de la victoria total ha justificado el uso de medios desmedidos. O, al menos, la inobservancia de ciertas normas necesarias: reconocer al rival, darle la cara, no menospreciarlo por cuenta de la ventaja manifiesta. Dice el autor italiano Claudio Magris: “Vencedor… es quien no se deja deslumbrar por su propia idiosincrasia y no idolatra sus debilidades, sino que reconoce, por encima de él, unos valores y una ley respecto a los cuales su psicología o sus vicisitudes personales son de una importancia secundaria”. Con el presidente Uribe, sin embargo, el deseo envolvente de acumular ventaja es una psicología preponderante ante la que nada resulta secundario.
Por supuesto, existen formas de ganar y formas de perder: todo es cuestión de método. Quisiera, para terminar, reiterar mi admiración por el método de los vencidos: su perseverancia que no podía alcanzar. Su esfuerzo y dedicación en medio de un trance desigual. Pues los vencidos, en últimas, son tan necesarios para la democracia como el mismo vencedor.
Sin categoría

La maldición del segundo período

Muchos analistas han puesto de presente la nefasta experiencia latinoamericana con la figura de la reelección inmediata. Pero no debemos olvidar la accidentada experiencia norteamericana con la misma figura. Los últimos cuatro presidentes estadounidenses que tuvieron la dudosa fortuna de ser reelegidos han tenido que afrontar graves escándalos durante sus segundos períodos: Nixon soportó su Watergate, Reagan padeció su Iran-Contras, Clinton sufrió (o disfrutó, vaya uno a saber) su Monica Lewinsky, y Bush parece cada vez más atrapado en una guerra imposible.

Pero más allá de esta coincidencia, existen razones de fondo para los padecimientos de segundo período. El desenamoramiento convierte las rencillas naturales en problemas estructurales. Peor aún: los presidentes reelegidos generalmente no tienen luna de miel: su primer año no es el primero sino el quinto. Además, las alianzas reeleccionistas involucran tantas transacciones que algunos políticos tienden a sentirse utilizados: tratados como simples parejas de ocasión. Para no mencionar los efectos estratégicos de final de período: un presidente en campaña puede ser una pareja útil, un presidente con siete años encima es un estorbo.

Dadas las razones anteriores, no resulta extraño que muchos analistas ya estén anticipando graves problemas de gobernabilidad durante el segundo período de Uribe. O que otros se apresuren a describir la elección de las directivas del Congreso como un espectáculo de canibalismo uribista. Ambas opiniones parecen estar preparando el camino para una gran confrontación política (o un gran escándalo) durante un probable segundo período de Uribe. Sea lo que sea, no me queda duda de que el Presidente Uribe será la primera víctima de su malhadado invento.

Sin categoría

Ideas sin debate

Las disculpas demagógicas terminan muchas veces revelando lo que quieren esconder. Pensemos, por ejemplo, en las razones aducidas por los asesores del presidente Uribe para justificar su empeño en evitar la confrontación intelectual con sus competidores. El Presidente, dicen los asesores, no ha evadido el debate; lo ha democratizado. La campaña, reiteran, ha sido un ejemplo de diálogo directo, de pedagogía popular, de rendición de cuentas. Pero detrás de la demagogia se insinúa una inquietante renuencia a aceptar el diálogo con los pares. A desestimar la importancia de la crítica entre iguales. A despreciar el cuestionamiento y la deliberación: los filtros más eficaces contra las malas ideas.

Más aún, las maneras de la campaña siguen de cerca el estilo de gobierno. Pareciera como si las únicas formas posibles de interacción fuesen verticales. El profesor y los alumnos. El predicador y los fieles. El general y los soldados. El director y los dirigidos. Quienes se atreven a disentir, deben necesariamente mirar hacia arriba. El disenso horizontal está descartado por principio. Los debates, por ejemplo, se despachan sin reparar en las consecuencias adversas: si no se debaten horizontalmente, las malas ideas no sólo sobreviven. Prevalecen. La discusión jerarquizada, sobra decirlo, raras veces corrige el exabrupto.

Así, no debería sorprender, dada la ausencia de disenso horizontal, la abundancia de malas ideas llevadas a la práctica. Podríamos comenzar con la fusión de los ministerios, una mala idea sin debate que resultó un desastre sin atenuantes. Tanto así, que ya nadie discute la inconveniencia de las fusiones: sólo queda por definir cuál de las tres fue más desastrosa. Podríamos mencionar también el referendo, una mala idea hecha de malas ideas que nunca se discutieron debidamente: casi un caso paradigmático del esperpento que se engendra cuando la confrontación se reemplaza por la obediencia. Y así podría continuar la lista de malas ideas que nunca pasaron por el filtro necesario del debate atento y receptivo: el programa Familias Guardabosques, la exención tributaria a la reinversión de utilidades, la iniciativa Agro Ingreso Seguro, y hasta el mismo Plan Patriota, cuyo resultado más evidente parece ser un brote de leishmaniasis.

El desprecio por el debate y la confrontación horizontal sugiere el reemplazo de una ética basada en la reciprocidad por otra distinta basada en la jerarquía. Estanislao Zuleta las llamaba la ética griega y la ética cristiana. La ética griega “la podríamos representar espacialmente como horizontal, entre iguales, mientras que la ética cristiana tiende a ser más bien al contrario, vertical: la compasión (de arriba a abajo), la caridad (de arriba a abajo), la obediencia, la sumisión, la paciencia”. En últimas, el presidente Uribe parece preferir el púlpito a la mesa de debate. Él arriba y los otros abajo. Él dicta y los otros copian.

Quizá la negativa del Presidente a asistir a los debates haya sido un mero cálculo estratégico. O un capricho de ocasión. O una vanidad pasajera. Pero me temo que la misma sea un síntoma de una enfermedad mayor: la reticencia a aceptar el diálogo entre iguales (la ética horizontal). O dicho de otra forma, la tendencia a evitar la deliberación y el cuestionamiento. No de otra manera podría explicarse la proliferación de malas ideas en un Gobierno cuya diligencia sólo es comparable con su improvisación.

En últimas, sólo cabe esperar que la campaña no haya sido un anticipo ominoso de un segundo período repleto de muchas malas ideas que se ejecutan antes de debatirse.

Sin categoría

Coincidencias

A veces las coincidencias sirven para enfatizar la esencia de las cosas. Este mes de mayo se cumplen 200 años del nacimiento de John Stuart Mill, el celebre filósofo inglés conocido por su clarividencia en definir y promover las libertades individuales y los derechos de la mujer. Bastaría con citar su famoso principio de la libertad, el poder sólo puede ser ejercido con pleno derecho sobre cualquier miembro de una comunidad civilizada con el fin de prevenir el daño a otros miembros de la comunidad, para justificar la despenalización parcial del aborto, aprobada esta semana por la Corte Constitucional. Incluso cabría citar el mismo principio para abogar por la despenalización total. “Sobre si mismo, sobre su propio cuerpo y mente, el individuo es soberano”.

Pero Mill siempre argumentó que las decisiones públicas deberían tener en cuenta no sólo principios generales, sino también estimaciones utilitaristas: la suma del bienestar de los individuos. Su defensa de la libertad de expresión, por ejemplo, enfatizaba no tanto los derechos humanos, como los beneficios materiales reportados por la libre confrontación de ideas y puntos de vista. Seguramente Mill hubiese encontrado relevante, para el debate de marras, la evidencia acopiada por la Encuesta Nacional de Demografía y Salud. 52 por ciento de los niños colombianos menores de cinco años no son deseados, en el sentido preciso de que sus madres habrían querido aplazar su nacimiento, definitiva o parcialmente. Los niños no deseados presentan peores condiciones de salud y nutrición que sus contrapartes con características demográficas y socioeconómicas similares.

Pero el asunto va más allá. Algunos embarazos no deseados terminan siendo interrumpidos en circunstancias insalubres y clandestinas, con grave riesgo para las madres que se atrevieron a ejercer la libertad defendida por Mill. Según la misma encuesta ya citada, 15 por ciento de las mujeres colombianas han recurrido, en algún momento, a prácticas o procedimientos abortivos con el fin de evitar la maternidad. La penalización del aborto no sólo restringe la libertad individual; también multiplica el sufrimiento y la infelicidad. En consecuencia, tanto los liberales (por razones de principio) como los utilitaristas (por razones de pragmatismo) deberían apoyar la despenalización total: el destino inevitable de cualquier sociedad moderna.


Mill no sólo llamó la atención sobre la coerción institucional, sino también sobre la “tiranía de la opinión pública” y el “despotismo de la costumbre”. Como muchos liberales, creía que la opinión pública podía limitar las libertades individuales de manera tan efectiva como los gobiernos despóticos. Así, sus escritos constituyen una referencia obligada con el fin de refutar la posición conservadora, según la cual la despenalización del aborto sólo puede ser decidida por el Congreso o mediante mecanismos directos de participación ciudadana. Mill sabía que una sociedad moderna (laica y liberal) debería conservar y promover salvaguardias contra una mayoría que insiste en imponerle sus pretendidas virtudes a una minoría que no las comparte.

Quisiera terminar con otra coincidencia. La sentencia de la Corte ocurrió en la misma semana del día de la madre. Ojalá este hecho fortuito sirva para llamar la atención sobre la necesidad de la despenalización total, para que así, en un futuro cercano, el día de la madre simbolice la celebración, no de una imprudencia o de una imprevisión o de una torpeza, sino de una decisión libre y consciente. Tal como corresponde a cualquier sociedad moderna.