Discursos

En defensa del humanismo

/discurso de grado, agosto 2020/

Buenas tardes a los graduandos, a sus familias y a sus amigos, a todos quienes, desde una pantalla, nuestra ventana al mundo, nos acompañan en esta reunión, en esta tarde extraña en la cual tratamos de estar juntos a pesar de la distancia, de celebrar la culminación de una etapa significativa: la vida necesita ceremonias, ritos de paso, formas colectivas de darle significado a la superposición de los días.

No puedo negar la extrañeza de este momento. Una celebración aséptica, un encuentro que no termina siéndolo, una contradicción que refleja estos tiempos difíciles. Pero no voy a caer en el pesimismo. Sería muy fácil. Hace algunos días, la madre de alguno de Uds., con una franqueza esencial, me escribió un largo mensaje en el que señalaba la necesidad del optimismo, de un sesgo por la esperanza; rechazaba el pesimismo facilista de este comienzo accidentado de la tercera década del siglo XXI. Voy a hacerle caso. Mi invitación quizás sea una sola, la defensa del humanismo.

Quisiera combatir, primero, la misantropía tan común por estos tiempos: la idea de que el ser humano es una especie despreciable, la peor de todas. No, no lo somos. Somos una especie accidental: un primate que se bajó de los árboles, aprendió a caminar erguido, creó un lenguaje incipiente, complejizó su vida social y (con el tiempo, con el pasar de los años y los siglos) expandió su lenguaje y su cerebro para responder a los retos de la sociabilidad. Sea lo que sea, la aventura humana es única.

Hemos sido capaces de observar los confines del universo, escuchar los ecos de la explosión primordial, conocer las leyes de la materia, descubrir el algoritmo de la vida, descifrar el código genético, dejar incluso algunas huellas en la luna; de cantar mejor que los pájaros, contarnos todo tipo de historias de amores posibles e imposibles; solo nosotros, los seres humanos, hemos mirado al cielo maravillados.  Antes de nuestra presencia ubicua en el planeta, las estrellas daban sus vueltas predecibles. Pero como dice el poeta, “es como si no hubieran existido, ni el universo ni el sol ni la luna ni la simple luz de la mañana. Su tragedia era muda y ciega y aún lo sigue siendo”.

Quiero hoy, ante Uds., en esta tarde extraña, insisto, celebrar la aventura humana. Recordar que, después de todo, sí somos el centro del universo, estamos a mitad de camino entre el átomo y la galaxia; en nuestra conciencia, el universo se piensa así mismo, se interroga. La mitología humana es una celebración de la vida, una forma de gratitud cósmica. Nadie niega nuestra capacidad destructiva, la maldad que llevamos por dentro, pero esta naturaleza defectuosa no debería llevarnos al autodesprecio, a la negación del humanismo que algunos promueven por estos días.

El humanismo, creo, debería comenzar por aceptar el privilegio que implica, a pesar del dolor y la tragedia, habitar un cuerpo humano en este planeta. Como bien decía Jorge Luis Borges, el poeta escéptico, “el mero hecho de ser es tan prodigioso que ninguna desventura debe eximirnos de una suerte de gratitud cósmica”.

El humanismo también debe promover un mensaje esencial, una especie de confianza en nuestra capacidad colectiva de enfrentar los retos del futuro: la pandemia ahora, el cambio climático en pocos años. El humanismo, en mi opinión, necesita un optimismo sobre el poder del conocimiento, sobre la importancia de las ideas, sobre la capacidad que tenemos, como especie en general y como comunidades organizadas en particular, de adaptarnos y resolver los problemas existenciales.

Me gusta citar, con el tiempo uno se va convirtiendo en una especie de predicador de lo obvio; me gusta citar, decía, a la antropóloga y poeta estadounidense Margaret Mead, quien dijo alguna vez: “nunca duden de que un grupo de ciudadanos pensantes y comprometidos puede cambiar el mundo. Ciertamente es el único modo de hacerlo”.

Con frecuencia, la educación formal le va robando a los jóvenes el idealismo, la convicción de que pueden hacer la diferencia. Ese idealismo se va convirtiendo en una especie de nihilismo cómodo o de indignación superficial. “Nada me importa o todo me molesta”. El humanismo, en mi concepción, en la visión optimista, implica retomar en parte ese idealismo, no renunciar a la posibilidad de hacer la diferencia. Uds., estoy seguro, no lo harán. Mostrarán, con el tiempo, que la humanidad no solo sobrevivió, sino que fue capaz también de hacerlo con dignidad, sin perder su esencia.

El humanismo necesita también de la compasión, entendida como como la solidaridad con quienes compartimos un destino común: la muerte, la enfermedad y la desazón. La Providencia no está ocupada de los asuntos humanos. Pero si lo estuviera, seríamos juzgados por cuan bien hemos tratado a quienes nada tiene que ver con nosotros salvo su humanidad.

El humanismo necesita, además, que asumamos con plena conciencia los desafíos de la libertad, que seamos libres, conscientemente libres, compasivamente libres. En Colombia, hoy más que nunca, la libertad tiene que ver con el respeto a las comunidades organizadas, con la protección a quienes luchan por el medio ambiente y un futuro mejor, y con la protección también a quienes protestan y no se conforman con el mundo como es. Ser libre es alzar la voz tranquilamente, es decir lo que uno piensa sin temor a la intimidación violenta, es poder construir colectivamente sin temer por la vida.

El humanismo parte de la idea de que hay muchas formas de entender el mundo, muchas maneras de buscarle sentido a las cosas. Ninguna tal vez debe tomarse demasiado en serio, pero todas son respetables. El humanismo, no me queda duda, antepone las personas a las ideas.

Recuerden, ojalá por muchos años, que la Universidad de los Andes no es solo una institución educativa, es también una idea o, mejor, un conjunto de ideas: la idea de transformar vidas para que las vidas transformadas transformen, a su vez, la sociedad. La idea del pluralismo, del respeto por las distintas formas de entender el mundo y el cambio social. La idea de la excelencia, de ir más allá del deber. La idea de la contribución a la sociedad. El conocimiento por el conocimiento, pero también el conocimiento transformador, que interroga, cuestiona, propone y cambia. Uds., estoy seguro, llevaran este conjunto de ideas, las ideas que definen nuestra universidad, a muchas partes.

En síntesis, ya para terminar, quisiera dejarlos con un mensaje optimista, con el optimismo de la acción. Con la invitación a confiar en la capacidad de nuestra especie para (colectivamente) encontrar salidas. La resignación nada resuelve. El optimismo al menos nos da una oportunidad.

Este día también los invito a celebrar, a disfrutar la vida, a divertirse. Como dice el poeta (estoy, lo sé, contradiciéndome un poco), “No son responsables ni del mundo ni del fin del mundo, quítense por un rato ese peso de encima, son como pájaros y niños, diviértanse”.

No todos los días uno se gradúa en la sala de su casa. Celebren la extrañeza del momento. Abracen a sus padres. Como les dije a los médicos hace unos días, no sé si es una recomendación basada en la evidencia, pero esta noche, en sus hogares, con sus familias, recomiendo el contacto físico. Muéstrense compasivos. Efusivos. Amorosos. Como sabemos hacerlo los seres humanos, como lo mando el humanismo. Un abrazo fuerte (virtual por ahora) a todos de todo corazón.

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