Recuperación y renovación educativa después de la pandemia de COVID-19

Muchos consideran a la educación como un medio o una plataforma para el ascenso social. Mi experiencia, sin embargo, me ha permitido entender que la educación es un fin en sí mismo. No solo construye equidad y contribuye a la movilidad social, sino que también nos conecta con el mundo y con nosotros mismos.
Alejandro_Gaviria_joven

La pandemia del COVID-19 ha causado una crisis educativa sin precedentes. Trajo consigo nuevos problemas para la enseñanza y el aprendizaje y agudizó aquellos que veníamos evidenciando tiempo atrás. La deserción, por mencionar uno de ellos, ha aumentado. También se han ampliado las brechas de aprendizaje. Esto sin mencionar el deterioro de la salud mental de niños, niñas y jóvenes, maestros, maestras y cuidadores. A pesar de lo anterior, y de todos los esfuerzos realizados para mejorar la calidad educativa y garantizar un servicio pertinente, bioseguro y coherente, evidenciamos que se han reactivado por completo todos los sectores menos los jardines, colegios y universidades. Esto es inadmisible en tiempos en los que requerimos repensar la educación como posibilidad de futuro. La crisis del sector educativo requiere un compromiso de toda la sociedad para que las niñas, niños y adolescentes vuelvan a clases y refuercen el trabajo por el desarrollo de las habilidades y conocimientos perdidos.

He mencionado algunos aspectos generales e implicaciones amplias en materia de educación, pues sabemos muy poco acerca de, por ejemplo, las tasas de deserción efectivas pos-pandemia. A noviembre de 2021 el Ministerio de Educación no ha revelado los datos del Sistema Integrado de Matrícula (Simat). Sin embargo, la encuesta de calidad de vida del DANE sugiere que la situación de deserción es preocupante. Las tasas de deserción escolar venían bajando antes de la pandemia, entre otras, gracias a programas como Familias en Acción y el Programa de Alimentación Escolar (PAE). Hoy se estima que la inasistencia escolar pasó de 2,7% a 16,4%. Esta situación es particularmente preocupante en los adolescentes. Esta cifra exige pensar en los efectos que puede tener para una comunidad que los niños, niñas y jóvenes dejen de participar en procesos educativos y pierdan las posibilidades de construir sus proyectos de vida desde la escolaridad.

Otra de las consecuencias negativas que ha generado la pandemia es el aumento en las inequidades educativas. De acuerdo con el informe NiñezYa de 2021, los estudiantes de colegios oficiales y de estratos bajos dedicaron muchas menos horas al estudio que los estudiantes de colegios privados y de estratos altos. Así mismo, las brechas en el acceso a internet dificultan el aprendizaje para estudiantes de estratos bajos, para quienes están matriculados en colegios oficiales y para quienes viven en zonas rurales. Mientras 8 de cada 10 estudiantes en colegios privados y 9 de cada 10 en estratos 4, 5 y 6 tienen acceso a internet de alta velocidad, solo 5 de cada 10 en colegios oficiales y en estratos 1, 2 y 3 tienen acceso. Esto nos hace pensar que los esfuerzos por mejorar las infraestructuras escolares no pueden decaer, y el objetivo de repensar una educación para el futuro debe ir de la mano con el compromiso por mejorar las condiciones socioeconómicas de la ciudadanía.

Hoy es importante reconocer que el retorno a las aulas ha sido lento. De acuerdo con los datos del Observatorio de la Gestión Educativa, a noviembre de 2021, solo el 78% de los estudiantes matriculados en educación básica y media asistía presencialmente a la escuela. Eso significa que hay más de dos millones de niñas, niños y adolescentes que no han retornado. Más preocupantes aún son las diferencias que persisten entre entidades territoriales. En Antioquia, el 98% de las sedes educativas con estudiantes matriculados se encuentran en presencialidad. Por el contrario, en ciudades como Barrancabermeja o Santa Marta menos del 40% de los estudiantes están en presencialidad. ¿Qué oportunidades de desarrollo les estamos ofreciendo a nuestros jóvenes? ¿Cómo queremos transformar a Colombia si no le apostamos a los procesos de educación y formación humana?

En un país en donde tradicionalmente el lugar de nacimiento ha determinado el acceso a oportunidades de niñas, niños y adolescentes, en lo que se conoce como la lotería de la cuna, es inadmisible que sigamos tolerando estas desigualdades, profundizadas por la pandemia.

La crisis educativa que nos deja la pandemia está agravada porque los estudiantes regresaron a las escuelas con un desempeño inferior al esperado en el nivel en el que se encuentran. La pérdida en el aprendizaje se acumulará en el tiempo, generando más deserción en los próximos años. Para evitar consecuencias de largo plazo irremediables se deben implementar intervenciones concretas, ajustadas al desempeño actual de los estudiantes.

No se trata solo del aprendizaje, la investigación Pulso Social del DANE muestra que el 42,8% de los consultados en las 23 ciudades sienten preocupación o nerviosismo. Un porcentaje mayor al 15% declara también sentir cansancio y tristeza. Todos los indicadores de salud mental y emocional son peores en las mujeres y varían entre entidades territoriales. El deterioro en estas variables puede abordarse con la asistencia presencial a las escuelas. La importancia de la presencialidad es mayor para niñas, niños y adolescentes vulnerables que dependen más que otros de la escuela para comer, socializar, hablar de los problemas, jugar y protegerse de entornos violentos.

He podido conversar con diferentes actores sociales, organizaciones e instituciones en los territorios, padres y madres de familia, educadores, estudiantes. Con todos ellos convergemos en la idea de que volver a las aulas de manera presencial y con un compromiso renovado debe ser nuestra principal prioridad. Pero este regreso no puede consistir en hacer lo mismo que antes. Debemos proyectar acciones conjuntas en los territorios, para superar las brechas y garantizar procesos de transformación social desde la educación.

Por todas estas razones, me comprometo a trabajar por un retorno seguro y efectivo a las aulas, con perspectiva contextual y con la fiel certeza de que conjuntamente, con familias, educadores, y comunidades, trabajando en sintonía y cooperación, mejoraremos la educación y aportaremos a la vida de los niños, niñas y jóvenes de este país.

En concreto, 6 líneas de trabajo, consultadas y construidas en los territorios, orientarán este compromiso:

1.Búsqueda activa para el retorno a la escuela de quienes desertaron.

Debemos involucrarnos todos en una búsqueda activa de quienes desertaron o estén en riesgo de hacerlo. Es probable que la deserción haya sido mayor para las mujeres. Se ha encontrado que las causas de la deserción de las estudiantes están relacionadas con dificultades económicas y aumento en las labores de cuidado que recaen en ellas. Por lo anterior, es necesario focalizar la búsqueda activa en las estudiantes ausentes o en riesgo de deserción y generar las condiciones para que regresen y se mantengan en el sistema educativo (por ejemplo, con vacunación en centros educativos y garantía de dos o tres raciones alimenticias con contenido nutricional para quienes lo necesiten).

El regreso a las aulas de las y los estudiantes debe estar, además, articulado con la implementación de un sistema integral de cuidado como el que presentamos en nuestra propuesta de jóvenes. Es imperativo garantizar la reapertura y ampliación de cobertura de jardines infantiles y de centros de cuidado para las personas mayores a lo largo y ancho del país para que las madres y padres jóvenes puedan dedicarse a estudiar y a desarrollar sus proyectos de vida.

Finalmente, a través de otros programas públicos como, por ejemplo, programas de promoción y prevención en salud podemos identificar a las niñas, niños y jóvenes desescolarizados. Las visitas frecuentes de estos programas a barrios y hogares pueden facilitar este proceso de identificación.

2. Recuperación de las habilidades y conocimientos perdidos durante la pandemia.

La reapertura total de las escuelas es necesaria pero no suficiente. Los estudiantes van a volver con menor conocimiento del que deberían tener en el nivel educativo que ingresan. Por lo tanto, acciones dirigidas a recuperar el aprendizaje son necesarias en el corto plazo. Para eso debemos medir las brechas educativas y crear un plan remedial para cerrarlas. Flexibilizar los currículos y desarrollar las habilidades que se perdieron es impostergable. Pero no solo hay problemas de aprendizaje de contenidos, los estudiantes volverán también con pérdidas en sus habilidades y rutinas, especialmente en la primera infancia y grados escolares, habrán perdido habilidades motoras, pensamiento lógico y lectura.

Recién egresados, estudiantes universitarios y familias pueden apoyar con mentorías y tutorías para la recuperación. Las universidades y escuelas normales desde diversas áreas pueden trabajar con los docentes para realizar e implementar ajustes en su práctica. Así mismo, las instituciones educativas deben garantizar espacios de planeación para crear estrategias efectivas de recuperación en equipo entre directivas y docentes.

3. Salud mental y escuelas como centros comunitarios

Al mismo tiempo que recuperamos el aprendizaje debemos abordar el trauma y los problemas de salud mental que la pandemia les pudo dejar a estudiantes, maestras, maestros y cuidadores. Para eso debemos promover las conversaciones cercanas para reconocer los problemas y buscar soluciones.

En esa línea, los centros educativos pueden actuar como centros comunitarios y articuladores de toda la oferta de servicios sociales del Estado como cuidado, salud sexual y reproductiva, salud mental, justicia, cultura y recreación. Esto le puede dar motivación a madres y padres reacios a la presencialidad para que envíen sus hijos a la escuela y evitar una el aumento de la deserción.

Para esto las escuelas, tanto rurales como urbanas, deben tener una infraestructura y conectividad dignas al servicio de toda la comunidad. Es imperativo además trabajar para que la calidad no sea el diferenciador entre colegios públicos y privados.

Debemos trabajar por la autonomía de las instituciones educativas. Hacerlas responsables de lo que pasa en sus colegios. Rectores, docentes, estudiantes, madres y padres, deben ser responsables de los logros educativos, asegurándonos que tengan las herramientas, recursos y capacidades para hacerlo.

4. Los maestros están al centro de la revitalización educativa.

Los maestros deben volver a donde más los necesitamos. Existe una discordancia entre dónde están los maestros y dónde están los estudiantes. A raíz de la pandemia algunos maestros volvieron a sus casas y las niñas, niños y adolescentes de las zonas más apartadas del país están desatendidos. Debemos crear las condiciones para que los maestros retornen a las zonas rurales. Así mismo podemos incentivar y fortalecer los programas de comunicación y co-formación entre maestros. Nuestra propuesta para recuperar el aprendizaje se tiene que hacer mano a mano con los maestros. Las capacitaciones permanentes a docentes, complementadas con materiales para ellos y para estudiantes, han demostrado ser una herramienta fundamental para recuperar el aprendizaje después de la pandemia.

Tenemos también que trabajar juntos para dignificar la profesión docente. Esto pasa por valorar la profesión docente y en general el trabajo de cuidado de los menores. También tenemos que hacer que más jóvenes quieran ser maestros y que un momento de ruralidad haga parte de su formación. Quienes se encargan de nuestras niñas, niños y adolescentes deberían ser las personas más valoradas de nuestra sociedad.

5. Educación para toda la vida

La evidencia es contundente, la inversión en primera infancia es de las más rentables que como sociedad podemos hacer. La política “De cero a siempre” que garantiza la atención integral a la primera infancia en Colombia es sin duda un logro de nuestra política educativa. Su implementación debe mantenerse.

Sin embargo, para materializar los retornos positivos de una educación inicial, es necesario continuar con la inversión en calidad en todos los niveles educativos. Para eso debemos mantener la inversión en educación, cuidado, salud, cultura y recreación a lo largo de todo el ciclo de vida de las personas. Es importante, además, prestar especial atención a las transiciones del desarrollo, es decir, los momentos en que los estudiantes se mueven de un ciclo educativo al otro (por ejemplo, de la educación básica a la media o de la educación media a la superior) para prevenir la deserción y garantizar la conexión entre currículos y desarrollo de habilidades.

Debemos ampliar la cobertura y las alternativas de financiación de la educación superior. Todos aquellos que quieran estudiar deben tener las oportunidades para hacerlo en entornos lo más diversos posibles. Sin embargo, es fundamental trabajar en la pertinencia de esta formación. El 40% de las personas matriculadas en educación superior o educación para el trabajo, cursan programas técnico-profesionales, tecnológicos, o técnico-laborales cuyos retornos económicos son muy bajos. Es urgente ampliar la oferta y mejorar la calidad de la formación técnica superior y conectarla directamente con oportunidades laborales, como lo expusimos en la propuesta de jóvenes.

6. Educación para la ciudadanía

La educación debe enseñar cómo tener diálogos constructivos a pesar de pensar de maneras distintas. Debemos seguir promoviendo en los colegios el trabajo permanente, de maneras creativas y constructivas sobre asuntos ambientales, de género, de pobreza, y de violencias. Estos temas deben estar integrados a todas las asignaturas, los espacios y las relaciones de la vida escolar. Debemos también desarrollar disposiciones más fuertes de pensamiento crítico ciudadano, que reconozcan, más allá de unos principios abstractos, cómo la información que recibimos está situada en unos contextos particulares, con perspectivas e intereses específicos.

Para eso necesitamos maestros y maestras que enseñen la construcción de comunidad, de sociedad, a través de experiencias democráticas. Debemos impulsar a Escuelas Normales y Facultades de Educación con mayores recursos financieros y técnicos para que todas ofrezcan una formación de alta calidad a futuros docentes en competencias sociales y emocionales y en estrategias de manejo de aula, para generar climas de aula incluyentes, pacíficos y democráticos.

Con todo, y con todas y todos, emprenderemos un nuevo camino para mejorar la educación, para recuperar el aprendizaje perdido durante la pandemia, para generar nuevas posibilidades educativas para maestros y maestras, para cambiar las condiciones de niñas, niños y adolescentes y hacer posible una Colombia con futuro desde la educación.

 

Un abrazo,

Alejandro Gaviria.

 

Agradecemos por sus contribuciones a este documento a: Enrique Chaux, Arturo Harker, Stephanie Jones, Lucas Marín, Andrés Molano, Fabio Sánchez, Isabel Segovia, Milton Trujillo, Hiro Yoshikawa y a todas las personas, educadores y demás agentes educativos que han compartido sus ideas, pensamientos y reflexiones en este tiempo.

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