El gran poeta cubano Heberto Padilla escribió una novela ya olvidada, En mi jardín solo pastan los héroes, que vale la pena recuperar para la historia en estos momentos de cambio. En los años setenta del siglo pasado, Padilla fue encarcelado por sus opiniones políticas, obligado a confesar crímenes imaginarios y finalmente desterrado por el régimen castrista. Protagonizó el famoso “caso Padilla”, que enfrentó a varios intelectuales latinoamericanos y llamó la atención del mundo sobre la consolidación del totalitarismo en Cuba.

La novela es una especie de 1984 tropical. Los Comités de Defensa, el Ministerio de la Información y la Oficina de Orientación Revolucionaria tienen informantes en cada barrio, asedian a los protagonistas, hurgan sus vidas y sus mentes. En la novela, la gente empieza a resignarse a un supuesto destino inevitable, al peso de la Historia, mientras la policía política lleva su celo revolucionario a extremos ridículos.
En el prólogo, Padilla cuenta una anécdota reveladora que describe el humor involuntario de un totalitarismo en ciernes, el de los primeros años de la revolución:
De mi novela se decía que solo buscaba un escándalo internacional. Les indignaba el título En mi jardín pastan los héroes, porque pastar solo pueden las bestias, por ejemplo, el caballo, que era el nombre que entonces la gente daba a Fidel Castro. Para dar una idea de la suspicacia con la que la Seguridad del Estado lee la obra de los autores cubanos, señalaré el caso de Virgilio Piñera, quien, al publicar su poesía completa bajo el título de La vida entera, incluyó “Paseo del caballo”, aparecido en una revista […] en el año 1941. Fue inútil que Virgilio mostrara un viejo ejemplar: la policía suprimió el poema a última hora.
Por presión de intelectuales y políticos, Padilla pudo salir de Cuba en 1980. El día de su salida, un oficial de Seguridad siguió de cerca cada uno de sus pasos en el aeropuerto de La Habana. García Márquez estuvo pendiente de la liberación. Había viajado expresamente a La Habana a entrevistarse con Padilla, quien pudo sacar un borrador de la novela, escondido en una bolsa de nailon entre cartas y documentos personales. Ya sentado en el avión, con el manuscrito en sus manos, miró por la ventana y vio al oficial de seguridad que “quedaba abajo, aparte, como el tiempo muerto de mis zozobras”.
Padilla cuenta, en el prólogo de la novela prohibida, otro momento dramático: un encuentro que tuvo lugar un año antes de su deportación, en un hotel cubano, y que involucró al mismo oficial de Seguridad y, de nuevo, a Gabriel García Márquez. “Lo vi avanzar hacia mí —escribe Padilla sobre el vigilante— con dos policías disfrazados de jóvenes extranjeros y, cuando estaban a mi lado, me volví hacia García Márquez diciéndole: ‘Gabriel, este es un oficial de seguridad del Estado que viene acompañado de esos dos agentes para evitar que te diga que me ayudes a salir de este país. Se llama Gustavo Castañeda’”. El agente aceptó tácitamente su papel y saludó al escritor colombiano cordialmente, como si se tratase de un asunto burocrático rutinario. La vigilancia era ya parte esencial del régimen.
Todo el mundo está vigilado en la novela: propios y extraños, nacionales y extranjeros. Los vigilantes son vigilados. Los vigilados, vigilantes. Nadie se escapa. Ni una anciana diabética que, por su enfermedad, recibía una cuota adicional de alimentación y decidió venderles meados a sus vecinos para que falsearan exámenes médicos y pudieran así reclamar también más carne y leche. Ni el joven alemán de izquierdas que cayó en desgracia por hablar en la calle con viejos descreídos sobre los extravíos de la revolución. Ni Julio, el protagonista, un traductor escéptico y liberal que es espiado de forma condescendiente por uno de sus mejores amigos. Ni los vecinos de Julio, a quienes este acusa de intercambiar chistecitos contrarrevolucionarios.
Los visitantes de la isla —los turistas revolucionarios—, meros figurantes en la novela, hacen todo más trágico y ridículo. La revolución es, entre otras cosas, un gran chiste, una broma medio macabra. “Traían ya el tóxico, la pasión previa, enamorada de los carismáticos. No se planteaban que su principal característica es la del jugador que adora las reglas del juego hasta el delirio, pero no puede tolerar que actúen en su contra”.
Hay en la novela una especie de pasividad, de adaptación resignada a la Historia que sigue su marcha, indiferente. “¿Qué hago yo oponiendo exigencias morales a un proceso que ha ido más allá de sus protagonistas, que los ha convertido en víctimas y verdugos?”, se pregunta Julio al final de la novela. Cuando se publicó, en 1981, la revolución tenía poco más de veinte años. Han pasado desde entonces otros 45 años. Tanto años de sometimiento solo pueden explicarse por la eficacia macabra de la vigilancia y la inercia de la resignación espiritual, precisamente los temas de la novela.
“Los libros que se escriben en el socialismo —escribió Padilla— son generalmente imperfectos; la estética en boga o clandestina los hace segregar siempre desesperación o neurosis”. En mi jardín solo pastan los héroes padeció la indiferencia de la crítica, que, si acaso, le dio un valor testimonial, extraliterario. Ya parece incluso haber sido olvidada del todo. Yo la leí con interés, con cierta urgencia renovada, pues la Historia está cambiando de manera acelerada y Padilla pudo, mejor que nadie, contar las verdades amargas del totalitarismo cubano cuando muchos preferían no verlas.
