Browsing Category

Literatura

Literatura

Reseña de Historia mínima de Colombia de Jorge Orlando Melo

Hay en el libro cierto pudor, cierta reticencia interpretativa. La
historia es pudorosa, suele ocultar sus fechas esenciales, escribió Borges.
Oculta también sus principales mecanismos, podríamos adicionar. Melo presenta
los hechos de manera escueta. Pero tampoco podemos decir que
esta historia de Colombia es mínima en interpretaciones. Que las hay, las
hay. 

Quiero, como un acicate,
como una invitación a su lectura, proponer once tesis implícitas en el libro,
once ideas fundamentales para entender a nuestro país. 


  1. Desde la introducción, se pone de presente la
    importancia de la geografía. Este énfasis recuerda las ideas de Engerman y
    Sokoloff (para usar una referencia conocida para los historiadores
    económicos). También las ideas de Jared Diamond. Somos en parte producto
    de nuestra geografía endemoniada que nos ha alejado del mundo y de
    nosotros mismos, sugiere Melo. Si quisiera ilustrar este libro, poner un
    grabado en la portada, usaría el paso del Quindío de Humboldt. Nuestra
    geografía explica la tensión centro-regiones, el aislamiento y la idea
    recurrente en el libro de unas islas de prosperidad, seguridad o
    salubridad en medio de un océano de pobreza, violencia o enfermedad.

  2. El libro también enfatiza la importancia del
    legado colonial. Una triple importancia en mi opinión: institucional,
    sociológica y económica. De la colonia heredamos un poder central teórico
    e ineficaz, una cultura transaccional (la idea de que las leyes son
    negociables), una sociedad jerárquica, las disputas absurdas por títulos,
    ritos y ceremonias, una propiedad de la tierra concentrada, una
    distribución de la población en las altiplanicies orientales, en últimas,
    una nación escindida, sin unidad.

  3. Desde la colonia, pero más en la república, la
    colonización ha sido un motor de cambio, una oposición al legado colonial,
    una fuerza transformadora. La colonización antioqueña, en particular, fue
    transformadora en muchos sentidos: cambió el mapa de la demografía, la
    política, la economía, así como la importancia relativa de los poderes
    regionales.

  4. Implícitamente al menos, el libro es escéptico
    sobre el poder bogotano o, mejor, sobre el poder de los criollos
    santafereños y los políticos capitalinos, etc. Caucanos, santandereanos,
    tolimenses, antioqueños y boyacenses han gobernado a Colombia. Para decirlo de manera
    provocadora, el libro sugiere que aquello de “los mismos con las mismas”
    es una caricatura sin mucho sustento, que no subraya lo esencial.

  5. El libro enfatiza también el papel de los
    letrados en los primeros momentos de la República, el dominio abrumador de
    los abogados que tanto molestaba a Bolívar, el hecho de que los jefes de
    Estado no fueron terratenientes o empresarios sino libreros. Pero los
    letrados, paradójicamente, estaban dispuestos a torcer las ideas y la ley
    en medio del fragor político: “la derrota en la concepción propia era
    identificada como un desastre para el país”. Los letrados se creían, por
    lo tanto, con licencia para cambiar las reglas y adoptar formas de lucha
    eclécticas. La violencia y el fraude nunca se descartaron.

  6. El libro también postula que Colombia padeció
    de una excesiva ideologización, una suerte de fragor político casi
    obsesivo, en el siglo XIX, en los años 20 del siglo pasado, en las luchas
    guerrilleras de mitad de siglo, en las posteriores luchas de los años 70.
    En los años cuarenta, “la pugna entre liberales y conservadores fue, más
    que un enfrentamiento político por el triunfo electoral, una guerra santa
    por modelos sociales diferentes”. Lo mismo puede decirse de muchas de las
    revoluciones del siglo XIX. Incluso de las locuras religiosas de las
    guerrillas en su comienzo.

  7. El Frente Nacional no solo trajo exclusión
    política, creó también un equilibrio extraño, un Estado atrofiado en el
    cual coexistían cierta estabilidad macroeconómica y un reformismo tímido,
    pero al mismo tiempo unas poderosas redes clientelistas que siguen operando en la actualidad.

  8. El libro, en el espíritu de Bushnell, tal vez,
    es optimista y escéptico al mismo tiempo, tiene un enfoque que yo quisiera
    llamar liberalismo sosegado. Quiero rescatar dos ideas del libro sobre el
    liberalismo. Primero, el optimismo sobre el liberalismo del XIX habida cuenta de las
    transformaciones de las finanzas públicas, el crecimiento inusitado de las
    rentas locales y los avances innegables hacia una sociedad más abierta. Y
    segundo, el optimismo sobre el liberalismo reciente, en particular los
    avances lentos, pero firmes hacia una sociedad laica. “Colombia, un poco
    inadvertidamente, se convirtió en una sociedad laica”.

  9. El conflicto histórico, centrado en las luchas
    ideológicas, en las guerras santas, fue transformado esencialmente por el
    narcotráfico. El narcotráfico reveló y acentuó las debilidades
    institucionales, volvió la justicia inoperante y dio origen a una epidemia
    sin precedentes de crimen violento. Las guerras santas se convirtieron en guerras por las rutas y el mercado.

  10. La historia de Colombia puede verse como la
    búsqueda evasiva de la unidad nacional. Ser colombiano, pareciera sugerir
    el libro, sigue siendo, después de todo, un “acto de fe” (para usar las
    palabras de Javier Otárola, otro de los letrados bogotanos que habitan la
    realidad y la ficción).  

  11. La violencia ha sido nuestro gran fracaso
    histórico. Pero no es una maldición y tampoco podemos decir que ha
    obedecido siempre a las mismas causas. Pero la culpa principal viene de
    quienes promovieron, por décadas, la violencia como vehículo de cambio
    social. 

Literatura

Hoy es siempre todavía

Escribí este libro en los meses de enero y febrero del 2018. Había terminado mi tratamiento
y recobrado mis fuerzas, y ya me sentía mejor. Renovado. Tenía un examen
pendiente, una cita ominosa con mi destino. Sabía que mis días eran inciertos y
que debía aprovechar la oportunidad. Escribí este libro, como dice el poeta,
desde el tiempo presente, con la urgencia de contar mi historia. Tal vez esa
sea la esencia de todo, de los días y los años de nuestras vidas: tener, al
final de cuentas, una historia que contar y contarla a tiempo.
Literatura

Reseña de la biografia de Rodolfo Llinás

Pablo Correa ha escrito un libro especial, una rareza en nuestro medio: un
libro de divulgación científica claro y profundo al mismo tiempo. No era una
tarea fácil por al menos tres razones: Llinás el científico, el intelectual y el
individuo. Los tres son complejos. Inescrutables unas veces. Inquietantes
otras. Interesantes siempre.

El individuo 

En cierta medida el Dr. Llinás representa el estereotipo del científico: ensimismado, excéntrico,
adicto al trabajo, intolerante con la mediocridad, agresivo intelectualmente, etc.

Pero, como lo muestra sutilmente el libro, hay un atributo de su personalidad que resalta
sobre los demás: el arrojo, la seguridad en sí mismo. Llinás es la antítesis
del intelectual periférico. No tiene miedo. No es Caldas temblando ante
Humboldt. Ni Patarroyo abrumado por su origen, por su condición de hombre de
ciencias del tercer mundo. Cuando era un joven estudiante de medicina, se
empecinó en ir a visitar al famoso neuro-fisiólogo y premio Nobel suizo Walter Hess: “me
aparecí por el instituto. Les expliqué que era in estudiante de medicina. Les
pareció fantástico. No habían visto a un suramericano”. Siempre, desde el
comienzo de su carrera, se codeó con los grandes científicos de su campo. Nunca
se amilanó ante los jerarcas de la neurociencia. Nunca lució intimidado por su
origen geográfico. Todo lo contrario. La autoconfianza casi lo define.

Hay otra característica sobresaliente del Dr. Llinás que también resalta el  libro: su
relación con las mujeres y con los asuntos prácticos de la vida. Hay allí un
elemento garciamarquiano. O al menos, un elemento presente en las obras de
García Márquez. Úrsula Iguarán, recordemos, se ocupaba de todos los asuntos de
la casa mientras el Coronel Aureliano Buendía elaboraba pescaditos de oro en un improvisado laboratorio de alquimista. A Llinás, las mujeres lo alistan como un niño, lo protegen de las
inclemencias de la vida práctica y lo ayudan en las relaciones sociales. “No se
entera de nada, tengo que resaltarle en rojo, con espacios, lo importante”,
dice Patricia su hermana con candidez. Patricia jugó un papel clave en este
libro. Sin ella, infiero, el biógrafo habría fracasado en el intento. 
El científico 

Llinás es un científico multifacético. Se ocupa con igual maestría de las
pequeñas y las grandes preguntas. Hace un trabajo impecable en el laboratorio y
es al mismo tiempo un pensador original. Se desenvuelve con presteza en lo micro y en lo macro. Es un experto en el sistema nervioso y en la teoría de la
mente.

Tal vez su visión más interesante, como se muestra con claridad en el libro, es la del
cerebro como una maquina anticipatoria; activa, no reactiva; automática, no
dependiente de los estímulos externos. Una máquina que predice el próximo
movimiento, que “camina sola” por decirlo de alguna manera. Los tunicados
tienen cerebro cuando se desplazan en el mar al comienzo de sus vidas. Lo
pierden cuando, más tarde, ya en su madurez, se transforman en plantas marítimas.

En el mismo sentido, sugiere el Dr. Llinás, el pensamiento es activo y automático. El
cerebro es también una máquina de soñar. En la noche, sin estimulos, lo hace
caprichosamente. En el día, con estímulos, tiene más restricciones. Pero en
general el cerebro parece autónomo, genera sus propias historias, sus propios
mapas y modelos virtuales del mundo. Cuando se juntan o se unifican las dos
historias, la generada internamente y la realidad externa, surge el sí mismo.
La máquina de soñar se reconoce, entonces, a sí misma.

El libro narra otras dos historias interesantes e inquietantes al mismo tiempo. Ambas
muestran una faceta distinta del Dr. Llinás, su faceta de científico aplicado,
su regreso a la medicina. La primera historia tiene que ver con las
trepanaciones del doctor Jeanmonod y la magneto-encefalografía. Sin conocer los
detalles, basado meramente en lo publicado en el libro, el asunto parece
extraño. La conexión entre la teoría (las disritmias talamocorticales) y la
práctica quirúrgica (las microcirugías craneanas) parece incipiente. Insuficientemente
explorada. El libro no menciona la existencia de ensayos clínicos. Ni de
estudios de seguridad y eficacia. Las anécdotas son convincentes,
pero no pueden por sí solas, creo yo, justificar un procedimiento invasivo con
obvias consecuencias bioéticas.

La segunda historia tiene que ver con las nanoburbujas. El libro menciona la evidencia
de sus propiedades benéficas en animales y describe también una teoría
plausible sobe los mecanismos moleculares. Pero la teoría es preliminar.
Todavía especulativa. Por lo tanto, los ensayos
clínicos propuesto en Colombia por el Dr. Llinás hace unos años son, en mi opinión, inquietantes.
Afortunadamente no
fructificaron. Las nanoburbujas, sugiere el libro, son todavía una teoría en
construcción. Sus aplicaciones tendrán que esperar más tiempo.

El pedagogo 

El libro muestra otro papel del Dr. Llinás, su papel de pedagogo y hombre público. Es el
papel que más lo ha acercado a Colombia.  El que lo ha conectado con su país.
Pero ha sido también un papel frustrante. Lo ha enfrentado a un monstruo
conocido e invencible: la burocracia estatal.  
Su visión de la educación es clara: debe enfatizarse la creatividad y proscribirse la
memorización y el aprendizaje sin contexto. El aprendizaje solo ocurre, en su
opinión, si existe un marco general, una cosmología. Nunca aprendió mucho de
sus maestros en el colegio y la universidad. Aprendió, eso sí, de su abuelo y sus
tutores. Sobre la educación en Colombia, escribió lo siguiente: “se enseña sin
asegurarse de que se entienda lo aprendido. La diferencia entre saber y
entender es monstruosa”. 
Esta parte de la biografía es triste. La misión de los sabios quedó en nada, la
máxima grandilocuencia y el mínimo de resultados. Los esfuerzos posteriores de
Llinás por desarrollar un pensum para la educación, desde prescolar a
bachillerato, quedaron engavetados. Y el esqueleto de tiranosaurio que quiso
traer a Colombia y del cual regaló la cabeza, quedó desmembrado, convertido, como bien lo señala le libro, en
una metáfora involuntaria sobre la ciencia y la educación colombianas. 
La pregunta difícil 
La pregunta difícil, en palabras del filósofo australiano David Chalmers, es la
pregunta por el carácter subjetivo de la experiencia, por la conciencia.
Rodolfo Llinás pertenece a dos campos: el del naturalismo (poético), que insiste en que
la conciencia puede ser explicada por las leyes de la física; y el del
optimismo, que insiste en que la ciencia, más temprano que tarde, revelara el
misterio. Si alguien me dijera: ‘le explico cómo funciona el cerebro, pero luego
lo mato’, yo le diría ‘perfecto’”, cuenta Llinás al comienzo del libro. La
frase resume una vida dedicada a la más difícil de las preguntas y contada con maestria por esta, su primera biografía.   
Literatura

Conversaciones cándidas

Hace ya un año fue publicado Alguien tiene que llevar la contraria, una
colección diversa (y dispersa) de reflexiones sobre la inestable relación entre
la teoría y la práctica. Creo –decía en el libro– que (i) la acción y la reflexión
deben ir de la mano, (ii) que la toma de decisiones requiere de una reflexión
informada sobre las posibilidades del cambio social y (iii) que los académicos deben
tener, por lo tanto, un papel más protagónico en las decisiones públicas. En últimas, yo soy
un optimista (ingenuo tal vez) sobre la importancia del mundo de las ideas.
Enlazo, como una suerte de archivo electrónico y credo personal,
cuatro conversaciones sobre diferentes aspectos del libro mencionado. Todas
tienen un tono cándido. Pienso, como diría Antanas Mockus, que la ética de
la verdad (decir lo que se piensa) debe primar sobre la ética de las
consecuencias (decir lo que se juzga conveniente).
  1. Sobre
    la institucionalización de la demagogia
  2. Sobre las
    dificultades del cambio social
  3. Sobre el ateísmo y
    la impopularidad
  4. Sobre la práctica
    de llevar la contraria: defensa del aborto, los impuestos, etc
Literatura

¡Adiós poeta!

Encontré el libro de marras en una librería de viejo en Bogotá. Lo dejé inicialmente unos cuantos días en mi mesa de noche. Leí algunos de sus poemas sin mucho interés, con una curiosidad difusa, impaciente. Después lo puse en un rincón remoto de mi biblioteca. Permaneció allí varios años, olvidado, desterrado. Ya había casi muerto para mí. O yo, para él: “entre los libros de mi biblioteca hay algunos (estoy viéndolos) que no abriré, la muerte me desgasta, incesante”, escribió Borges, el poeta escéptico.

Hace una semana, por azar, por una coincidencia afortunada, leí un obituario del autor, el poeta ruso Yevgeny Yevtushenko y recuperé el libro desterrado. Yevtushenko fue un poeta con alma de político. O un político con alma de poeta (el orden no importa). Denunció los crímenes de Stalin. Democratizó la poesía. Llenó estadios y coliseos en medio mundo. Apareció en la portada de la revista Time. Fue amigo de Neruda, García Márquez y Picasso. Pero fue ante todo un testigo elocuente de las peores tragedias del siglo XX, el fascismo y el comunismo.

Su poema Babi Yar, que toma el nombre de un barranco en Kiev, Ucrania, donde fueron masacrados decenas de miles de judíos por los nazis, pone el dedo en una de las peores llagas de la historia de la humanidad:

Aquí todas las cosas gritan silenciosamente
y ante todo esto descubro mi cabeza con respetuosa humildad,
me doy cuenta
de que voy encaneciendo con lentitud.
Y yo mismo
soy una multitud que aúlla con un sonido sordo 
sobre los miles y miles enterrados aquí.
Soy cada hombre viejo fusilado aquí.
Soy cada niño fusilado aquí.
Ninguna parte de mi ser olvidará todo esto. 

Su poema Futboleada, sobre un partido de fútbol entre las selecciones de Alemania y la Unión Soviética ocurrido en 1955, diez años después de la Segunda Guerra, describe con patetismo las paradojas de la paz:

Una guerra no termina únicamente
por el buen gesto de la Diosa de la Justicia,
sino, cuando olvidadas todas las atrocidades,
los inválidos matan la guerra en su interior,
a pesar de haber quedado partidos en la mitad por la misma guerra.

Su poema ¿Cuándo vendrá a Rusia un hombre?, sobre el destino de su país, conserva cierta urgencia, cierta trágica actualidad:

La sangre de las masacres zaristas y del Gulag,
ha lavado nuestro honor.
Pero los torturadores siguen sin castigo.
Deshonrados por nosotros mismos,
anhelamos mucho la honestidad, pero no la propia, no la nuestra.

Mucho se pierde en la traducción, creo yo. Pero la esencia parece conservase en alguna medida. Allí están al fin y al cabo las elocuentes denuncias que consolaron a millones víctimas de la locura ideológica del siglo anterior. La traducción fue hecha por un poeta menor, el chileno Javier Campos, no del ruso, sino del inglés. Parece apurada, hecha por cumplir. Campos nos dejó, eso sí, una anécdota feliz. En 2009, Yevtushenko estuvo en Chile y fue condecorado por la presidenta Bachelet. Después de la ceremonia, Campos acompañó a Yevtushenko a una visita (impertinente) al poeta Nicanor Parra, quien por entonces estaba ya cercano a los 100 años. Previsiblemente Yevtushenko le preguntó a Parra sobre la poesía chilena de la actualidad. “La poesía es una inutilidad en estos momentos.  ¡Ahora los que son importantes son…los columnistas!, sí, los columnistas. Hay muchos y excelentes, yo los leo siempre», dijo Parra, el antipoeta, en tono sarcástico.

El año siguiente, en 2010, Yevtushenko estuvo en Medellín en el Festival Internacional de Poesía. Leyó sus poemas en un español vacilante, pero inspirado: “adiós, bandera roja nuestra, acuéstate, reposa, recordaremos a todas las víctimas engañadas por tu dulce susurro rojo”, dijo enfundado en una boina de colores ante una multitud relajada que le apuntaba, desde el césped, con sus teléfonos celulares. En 2010, estuvo también en la feria del libro de La Habana. Firmó algunos libros. Departió con unos pocos intelectuales cubanos. Pero fue ignorado por la burocracia cultural que lo veía con recelo (la boina de colores era ambigua por decir lo menos). El libro que encontré en Bogotá en una librería de viejo es una edición rusa, medio pirata, hecha para distribuir en la isla con motivo de la vista de Yevtushenko, el poeta político, el que hizo que la humanidad se mirara en el espejo de sus propias culpas.


El libro contiene una curiosidad, un pequeño enigma, llamémoslo poético (con cierta licencia). En la tercera página, está la rúbrica de Yevtushenko, fechada en La Habana en 2009 con una caligrafía temblorosa. En la última página, están los detalles de la edición, los créditos y el año de impresión: 2010, dice claramente. ¿Fue un lapsus del poeta, quien confundió el año en curso y escribió “2009” en lugar de “2010”? ¿O fue más bien un error de un vendedor de libros cubano, quien, necesitado, quiso falsificar la firma de Yevtushenko y olvidó el año exacto de su visita a La Habana? Nunca lo sabremos. Poco importa ya. Yevtushenko es un fantasma en camino hacia el olvido. “Los libros también leen a quienes leen libros”, escribió proféticamente alguna vez.

Literatura Reflexiones

¿A quién llevarle la contraria?

  1. A los dogmáticos de izquierda y derecha que creen en la infalibilidad del Estado o de los mercados.
  2. A los que niegan el progreso social y se resisten a enfrentar hechos incómodos.
  3. A los intelectuales melancólicos y su reaccionarismo progresista.
  4. A los oidores de Santa Fe y sus herederos en las cortes que sobrestiman el poder de sus fallos y exhortaciones.
  5. A los indignados permanentes que pontifican desde la superioridad moral.
  6. A las mayorías extorsivas que no toleran la diferencia.
  7. A los iliberales y sus arrebatos románticos en favor de los caudillos y sus utopías.
  8. A los que desprecian la ciencia y sus verdades incómodas.
  9. A los puritanos que se duelen de la felicidad ajena (incluidos los de la izquierda mojigata).
  10. A los mercaderes de la inmortalidad (la iglesia católica y la industria farmacéutica, entre otros).
Literatura

Alguien tiene que llevar la contraria

.

Este libro reúne un conjunto de artículos diversos, complementarios pero concebidos de manera independiente, que escribí en el transcurso de los últimos cinco años. Está dividido en tres partes, y cada parte contiene cuatro artículos conectados por un elemento común, por un mismo énfasis ideológico o metodológico que justifica el agrupamiento. Cada artículo contiene, además, una bibliografía comentada, un mapa para futuras lecturas.

La primera parte, titulada “Liberalismo y cambio social”, es la más personal, si se quiere la más íntima. Abarca, entre otros, una reflexión sobre la democracia liberal en la obra de Estanislao Zuleta y un decálogo para un reformista reticente. Los cuatro artículos comparten una forma de concebir el cambio social, una defensa del liberalismo trágico y del reformismo democrático, un optimismo (matizado) frente al progreso social, y una crítica a las concepciones maximalistas sobre el papel del Estado y la política.

La segunda parte, titulada “Hechos y palabras”, es más dispersa, más heterogénea. Incluye, por ejemplo, dos reflexiones históricas: una reciente sobre el origen de la guerra contra las drogas, otra decimonónica sobre las conexiones colombianas del darwinismo. Los artículos son estudios de caso, unidos no por una misma ideología, como en la primera parte, sino por una misma metodología: el uso de tendencias lingüísticas y la búsqueda de palabras en millones de libros escaneados, como herramienta para estudiar los cambios en la cultura, las ideas y los modelos mentales prevalecientes.

La tercera parte se titula “Los hechos, los hechos”, en alusión a la famosa frase de Charles Dickens, incluida en su novela Tiempos Difíciles: “Lo que yo quiero son Hechos. A estos chicos y chicas no hay que enseñarles nada más que Hechos”. Recoge cuatro artículos sobre desarrollo social y económico durante los últimos sesenta años, que comprenden una visión general del cambio social en la segunda mitad del siglo pasado, una visión más estrecha del progreso económico en lo que va corrido de este siglo, un análisis estadístico de la movilidad social en Colombia, y un análisis más puntual de la evolución de la salud pública en los 25 años transcurridos desde la aprobación de la Constitución de 1991. Los cuatro artículos, más extensos y cuantitativos, comparten la pretensión de ser objetivos, de examinar los hechos de una manera desapasionada e imparcial.

Los doce artículos de este libro tienen en común una suerte de optimismo frente al mundo de las ideas. Creo íntimamente que la acción y la reflexión deben ir de la mano, que la toma de decisiones en todos los ámbitos requiere una reflexión permanente e informada sobre las posibilidades y dificultades del cambio social, que las ideas importan y que a la academia le corresponde, por lo tanto, un papel más protagónico en las decisiones públicas.

Los artículos pueden leerse de forma secuencial o caprichosa. El orden propuesto es producto de una racionalización posterior, y no corresponde, sobra decirlo, a un diseño deliberado. Este es un libro escrito a deshoras, robándole tiempo a la familia y al sueño, y es también una catarsis o sublimación de las frustraciones propias de un funcionario. Tiene, tal vez, una sola virtud en medio de su diversidad: la sinceridad, la lealtad con mis ideas y creencias. Gracias de antemano a los lectores. Espero que aquí encuentren lo que no andaban buscando.

Literatura

Escolios

Esta semana se cumplieron 100 años del nacimiento del pensador (no sé de qué otra manera llamarlo) colombiano Nicolás Gómez Dávila. Compré la selección de sus Escolios en diciembre de 2000, en el aeropuerto de Bogotá de salida para Río de Janeiro. Leí el libro en el avión, fascinado y sorprendido por la elocuencia y el enfado reaccionario de Gómez Dávila. Sus añoranzas aristocráticas son entretenidas (no mucho más). Pero sus reflexiones sobre las posibilidades y dificultades del cambio social son casi imprescindibles. Durante el viaje, marqué algunos de los aforismos más llamativos. Copio aquí una selección de la selección de la selección. He escogido los aforismos que mantienen alguna urgencia (personal digamos).
Los verdaderos problemas no tienen solución sino historia. 
Saber cuáles son las reformas que el mundo necesita es el único síntoma de la estupidez. 
Las “soluciones” son la ideología de la estupidez. 
Lo difícil en todo problema social estriba en que su solución acertada no es cuestión de todo o nada, sino de más o menos. 
El incorregible error político del hombre de buena voluntad es presuponer cándidamente que en todo momento cabe hacer lo que toca. Aquí donde lo necesario suele ser imposible. 
La memoria de una civilización está en la continuidad de sus instituciones. La revolución que la interrumpe, destruyéndolas, no le quita un caparazón quitinoso que la paraliza, sino meramente la compele a volver a empezar. 
La honradez en política no es bobería sino a los ojos del tramposo. 
Hay que aprender a ser parcial sin ser injusto.
Literatura

El bate errante

Hace unos meses me encontré este libro en una librería bogotana. No me había dado cuenta de que fue firmado en 1982, el año en que el “bate errante” ganó el premio Nobel de literatura.

Para la horda infame, con el ánimo de que aprendan con dolor irremediable como escribía el bate errante (*) cuando era cinco años menor que uds; sin un abrazo ni un carajo,

Gabriel / 82

(*) de base ball.