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Literatura

Literatura Poesía

Del último libro de Charles Simic

 
 
Un quiz tarde en la noche
 
¿Le tiene Charles Simic miedo a la muerte?
Sí, Charles Simic le teme a la muerte.
¿Le reza al Señor de arriba?
No, él gasta el tiempo con su esposa.
 
Su conciencia, ¿lo atormenta a menudo?
Viene a charlar de vez en cuando.
¿Está preparado para reunirse con su creador?
Tanto como una ardilla que cruza la carretera.
 
Como una lata de cerveza pateada
Por algún joven que vuela de la traba como una cometa
Y sale de una esquina oscura y entra a otra
El da tumbos y resbala en el entretanto.
 
 
Literatura Reflexiones

La página

Cada seis meses, debe leer una nueva página del libro del destino. La página está escrita en un lenguaje cifrado, casi incomprensible. Tiene que recurrir, entonces, a traductores entrenados en descifrar las claves del asunto. Vive en medio de la incertidumbre, el miedo y la resignación (como viven tal vez todos los hombres). 

Esta vez abrió el libro más tranquilo que de costumbre. Ha aprendido a mentirse a sí mismo, a practicar una suerte de ecuanimidad superficial. Los primeros mensajes parecían positivos. Siguió leyendo. Los segundos eran ominosos. Continuó la lectura. Los terceros eran ya terroríficos. Señalaban una agonía breve de dolores inevitables y esperanzas vacías. 

Recurrió a los traductores, quienes confirmaron sus conclusiones fatalistas. Pasaron varias horas. Habló con quién pudo. Contó su historia. Fue franco. Directo. Descarnado. Desde muy niño ha rechazado las falsas promesas. Jamás se permitiría ilusionarse con los eventos improbables que por consuelo o ignorancia algunos llaman milagros. 

Pero esta vez ocurrió un hecho inesperado. Sin darse cuenta, como resultado quizá de su impaciencia, había abierto el libro en la página equivocada, había leído unos mensajes previos. “Está leyendo una página del pasado”, dijo uno de los traductores. Consultó el libro nuevamente. En efecto, había cometido un error. Leyó como pudo la nueva página. El mensaje era esperanzador. La página anunciaba esta vez una nueva oportunidad. 

En seis meses abrirá de nuevo el libro. Tembloroso leerá la página. Vendrán las interpretaciones. Se revelará su destino nuevamente. Así es su vida. Parece un continuo renacer hasta que la página anuncie lo contrario. Estos días todo ha sido más intenso. Han vivido como mandan los poetas. Nunca se habían abrazado tanto.
Literatura

Siquiera tenemos las palabras: ideas sueltas

 
La corrupción no se combate entregándoles más poder a unos pocos políticos o funcionarios que parecen más interesados en el espectáculo que en la verdad. 
 
La civilización del espectáculo erosiona la democracia, sobresimplifica los asuntos públicos y trivializa el cambio social. 
 
Debemos recuperar el sentido de la tragedia. Hay problemas sociales que no tienen solución definitiva. Hay catástrofes imprevisibles e inevitables. 
 
La corrupción del lenguaje es causa y consecuencia de la corrupción. Las palabras pueden corromper y suelen corromperse. “El lenguaje político está diseñado para que las mentiras suenen veraces y los crímenes parezcan respetables”. 
 
Las luchas ambientales no deberían comprometer o lesionar la democracia y la dignidad humana. El ecoautoritarismo no es una buena idea. 
 
El pesimismo biológico (la conciencia plena de nuestras falencias y debilidades) es parte esencial del humanismo. La muerte, la enfermedad, el absurdo y la culpa casi nos definen. 
 
Las sociedades tienen pocos mecanismos de defensa en contra de tiranos en ciernes investidos de legitimidad y prestigio. El despotismo necesita de la colaboración de las víctimas. 
 
“Las tiranías son sobre todo un problema de la especie, una tragedia antropológica”. En las tiranías, no solo las víctimas se cuentan en millones: los victimarios también son muchos. 
 
La manipulación demagógica del bienestar de los niños es cada vez más frecuente y más ruin. Detrás de ese discurso oportunista suelen esconderse las pretensiones totalitarias de políticos extremistas. 
 
La soledad de América Latina es una incomprensión antigua: la falta de entendimiento del nuevo mundo por parte de los europeos, el doble rasero a la hora de interpretar su historia y la nuestra, su incapacidad para apreciar la complejidad de una región donde confluye toda la diversidad del mundo.
Literatura

Carver y Murakami: un encuentro fugaz

 
Murakami fue a buscarlo (en un peregrinaje personal) a un pequeño pueblo del Noroeste de Estados Unidos. Había leído una de las historias de Carver como una revelación. Después, obsesionado, había traducido varias otras febrilmente, como quien descifra un texto sagrado. 
 
M. tenía ya alguna fama en Japón. Había publicado una novela exitosa. Consideraba a C. su camarada literario. Pero C. nada sabía de eso. Para él, M. era solo un traductor entusiasta de sus cuentos. C. nunca supo que M. era un escritor. Nunca conoció sus libros.  
 
Se vieron esa sola vez en el verano de 1984. Los dos eran tímidos, pero pudieron conectarse. Hablaron durante dos horas. Tomaron té. Especularon sobre la acogida de C. en Japón. Quedaron de verse nuevamente. Una enfermedad truncó los planes. C. murió en 1988 de un cáncer de pulmón. Tenía 50 años. 
 
C. escribió un poema sobre el encuentro, un poema de un recuerdo sobre un recuerdo, El proyectil. M. aparece al comienzo y al final como un paréntesis.  
 
Tomamos té. Divagamos amablemente 
sobre las posibles razones del éxito
de mis libros en su país. Pasamos
a hablar del dolor y la humillación
que aparecen y reaparecen
en mis historias. Y ese elemento
azaroso y de qué manera todo eso se traduce 
en términos de ventas. 
Miré hacia una esquina de la habitación
y por un minuto tuve de nuevo 16 años,
patinando en la nieve
en un Dodge Sedán del 50 con cinco o seis
amigos. Enseñándoles el índice
a otros vagos, que gritaban y bombardeaban
el carro con bolas de nieve, piedras y ramas
viejas. Dimos la vuelta, gritando.
Y pensábamos dejar las cosas así.
Pero mi ventanilla estaba abierta diez centímetros.
Sólo diez centímetros. Grité 
una última grosería. Y vi a aquel tipo
preparándose para lanzar. Desde esta perspectiva,
hoy, imagino que la vi venir. Que la vi
volando por el aire mientras miraba,
como miraban aquellos soldados de principios
del siglo pasado los perdigones 
que volaban hacia ellos,
paralizados, incapaces de moverse,
fascinados por el pánico.
Pero no la vi. Ya me había dado la vuelta
para reírme con mis amigos
cuando me golpeó en un lado
de mi cabeza tan fuerte que me reventó el tímpano y cayó
en mi regazo, intacta. Una bola compacta de hielo 
y nieve. El dolor fue inmenso.
Y la humillación.
Fue terrible cuando empecé a llorar delante de los tipos 
que gritaban, Qué suerte. Ahí lo tienes. 
¡Una en un millón!
El tipo que la lanzó tenía que estar encantado
y orgulloso de sí mismo mientras recibía 
vítores y palmadas en la espalda.
Debe haberse secado las manos en sus pantalones.
Deambulado un rato más por ahí
antes de ir a comer a su casa. Creció,
tuvo su cuota de decepciones y se perdió
en su propia vida, como yo en la mía.
Nunca volvió a pensar
en esa tarde. ¿Por qué iba a hacerlo?
Siempre tenemos demasiadas cosas en que pensar.
¿Por qué recordar ese carro estúpido que,
patinando
calle abajo, giró en una esquina
y despareció?
Levantamos amablemente las tazas en la habitación.
Una habitación en la que por un minuto algo
más irrumpió. 
Literatura

shhhhhhhhhup

La conversación (que tuvo lugar en el Hay Festival en Cartagena) llevaba quince minutos. Comenzaba apenas. Probablemente Deirdre McCloskey sintió la necesidad de concitar la atención del público, de sorprender al escenario. De eso se trata el entretenimiento (y los festivales literarios son una forma de entretenimiento sofisticado). Se paró, caminó hacia una esquina del escenario y anunció que iba a hacer una representación estilizada de la historia de la humanidad, de los últimos 12 mil años o algo así.
 
Estiró el brazo hacia abajo y dobló la muñeca de manera que la mano formara un ángulo de noventa grados con el antebrazo. “Esta altura –dijo– equivale a menos de un dólar por día por persona, así empezamos hace doce mil años, 99,9% de la humanidad era pobre”. Caminó lentamente de una esquina a otra del escenario, cada paso representaba varios siglos. La mano seguía bajo, en la misma posición, la palma perpendicular al antebrazo. Nada pasó por siglos, por buena parte de la historia, decía mientras caminaba; la pobreza era la norma, 99%, señalaba con insistencia.


De un momento a otro, recorrida casi toda la historia (o el escenario que en este caso es lo mismo), comenzó a levantar la mano, primero lentamente y luego, “shhhhhhhhup”, a toda velocidad: la palma apuntaba ahora al techo del teatro. La humanidad salió de su letargo así súbitamente, dijo. Primero en Holanda e Inglaterra, luego en casi toda Europa y Estados Unidos y, más recientemente, en China e India, el estándar de vida se multiplicó, creció varios órdenes de magnitud: shhhhhhhhhup podríamos llamar al evento más significativo de la historia, la gráfica lo dice todo.


 



 

 

Deirdre McCloskey tiene una explicación. No es la acumulación de capital como argumentaron tantos economistas. Tampoco las instituciones, la protección de los derechos de propiedad y el control al poder arbitrario de monarcas y emperadores, como han afirmado recientemente algunos historiadores económicos. Fueron las ideas, en particular, la adopción o aceptación de una idea transformadora: el liberalismo igualitario con su mensaje de libertad y dignidad para la gente del común.
La revolución –dijo– comienza en Holanda, con el crecimiento de la burguesía, con el rechazo de las costumbres aristocráticas y con el crecimiento concomitante del prestigio social de los mercaderes, lo que implicó, a su vez, la valoración del trabajo y la disciplina que imponen los mercados. Este fenómeno, enfatizó, se denomina usualmente “capitalismo”, pero el nombre es equivocado, debería llamarse: “avance tecnológico e institucional a un ritmo frenético puesto a prueba por el libre intercambio entre las partes involucradas”.
Lo que importa éticamente, dijo, no es la igualdad de resultados, son las condiciones de vida de los trabajadores, del hombre de la calle. “Los ricos se han enriquecido, pero los pobres también. Y para ellos significa mucho más”. “La desigualdad de cualquier forma imaginable de confort genuino (no representado por el número de Rolex) ha disminuido”. “La pobreza absoluta ha caído fuertemente, no tanto así la pobreza relativa, pero la primera, digan lo que digan los clérigos, es la que importa”.
Al final de la conversación, ya relajados, cuestioné algunos de sus argumentos: las sociedades más desiguales, le dije, son más violentas y menos saludables; el poder económico puede cooptar el poder político y cambiar las reglas a su favor; además, el desafío ambiental parece cada vez más acuciante. No prestó mucha atención. Volvió sobre lo mismo. Todo es cuestión de perspectiva, dijo, hay problemas, como siempre, los clérigos seguirán con sus letanías autoincriminatorias, pero los hechos son incontrovertibles. En suma, shhhhhhhhhup.
Razón no le falta.
Literatura Reflexiones

La salvación del ateo

El sábado anterior, en el festival literario Parque 93 en Bogotá, en medio de una conversación con  Piedad Bonnett, la periodista y librera Claudia Morales me hizo una pregunta paradójica, inquietante podría decirse: “¿es el ateísmo una especie de salvación?” 
 
Había unas 300 personas sentadas en la grama, relajadas, pero vigilantes, pendientes de una respuesta concreta a la paradoja en cuestión. Me quedé inicialmente paralizado por unos segundos, confundido, con una mezcla de temor y desconcierto. Pasado el susto, traté de articular una respuesta. Me tocó echar mano de algunas ideas que había escrito o reseñado, en un contexto diferente, en mi libro Hoy es siempre todavía
 
Los ateos, dije, sabemos que no hay salvación ni condena, estamos convencidos de que la muerte es para siempre. Sospechamos, además, que la vida no tiene un sentido intrínseco, que el absurdo es parte de todo esto. Pero no nos resignamos. Tratamos de inventar un sentido, de creernos un cuento, de buscar un propósito…“Podemos imaginarnos a Sísifo feliz”. En suma, esa búsqueda es nuestra salvación, la única posible. 
 
Habría podido también mencionar, como respuesta, una suerte de invitación al optimismo trágico que leí hace algunas semanas en alusión a los poemas de la poeta uruguaya Idea Vilariño: “una sed de absoluto que se sabe perdida, la conciencia de la muerte, de la finitud del amor, la intensidad de algunas rebeldías y la intensidad también del deseo, pero sobre todo, la terca actitud ética de mirar esos límites con valor, de aceptarlos con libertad, de no engañarse”. 
 
Mencioné, de paso, de manera burda, sin ahondar en los detalles, un poema tardío de Borges sobre Baruch Spinoza que resume la única salvación posible para el escéptico: inventar un dios personal, un sentido imaginario. Me habría gustado declamar el poema. No pude. No lo tenía en la memoria. Con los años la memoria se manda sola, caprichosa, registra solo lo que quiere. Vale la pena, en todo caso, traer a cuento el poema de Borges. 

 
Nos lleva el tiempo como a las hojas los ríos, la muerte nos torna en nada, pero imaginamos un sentido, un dios sin odios, que nos enseña, en últimas, la importancia del «amor que no espera ser amado”. Esa es, quizá, la verdadera salvación del descreído.
Literatura

Tensiones en el desarrollo sostenible

 
En días pasados la facultad de Administración de la Universidad de los Andes y el Centro ODS lanzaron el libro Gobernanza y gerencia del desarrollo sostenible. Un libro ambicioso, comprehensivo, totalizante, plural, heterogéneo, etc. También un poco intimidante así solo sea por su longitud, casi 600 páginas. 
 
No voy a intentar una reseña del libro. Sería una pretensión imposible. Tampoco voy a hacer un resumen. No viene el caso. Quiero simplemente presentar un inventario de algunas tensiones, contradicciones o asuntos por resolver que encontré en la lectura de las dos primeras partes del libro. No es fácil, sobra decirlo, conciliar el crecimiento económico, el desarrollo social y la sostenibilidad ambiental. Las tensiones resultantes aparecen de manera repetida en varios capítulos del libro.
Tensiones:
1. Tensión entre el incrementalismo (impuestos verdes, bonos de carbono, pagos por servicios ambientales, etc.) y otros enfoques o aproximaciones que aducen la necesidad de un cambio radical en los modos de producción y consumo.
2. Tensión entre el desarrollo social y la sostenibilidad ambiental. Por ejemplo, los países de ingreso medio tendrían, para cumplir con las metas globales de reducción de emisiones, que disminuir su consumo de energía a pesar de las grandes diferencias existentes en los niveles de bienestar con los países de altos ingresos.
3. Tensión entre enunciados, objetivos, metas y producción académica (de un lado) y resultados (del otro). Millones de páginas web y publicaciones, décadas de pronunciamientos y cumbres no han podido cambiar los resultados.
4. Tensión entre lo normativo y positivo: lo éticamente defendible sería tal vez una tasa intergeneracional de preferencia intertemporal igual a cero: todas las generaciones, presentes y futuras, son iguales. Pero las preferencias reveladas de la humanidad sugieren algo