Personal

Chao papi

(semblanza leída en el funeral)

No fue, seamos sinceros, un hombre de grandes hazañas juveniles. Tapó un penalti alguna vez, volando de esquina a esquina, cuando el partido iba 9 a 0 en contra de su equipo. Contaba otra historia, ya perdida en el tiempo, sobre un domingo de paseo en el río Medellín. Con algo de suerte, pescó ese día lejano una sabaleta descomunal que fue la envidia de los muchos pescadores que pacientes remojaban lombrices brillantes en las orillas del Porce. Uno de ellos incluso lo insultó, maldijo la buena fortuna del inhábil pescador. 

Conquistó a mi mamá, la luz de sus ojos, en una cabalgata en la Estrella. No estuve presente, por razones obvias, pero puedo suponer que esa conquista poco tuvo que ver con sus destrezas de jinete. 

Mi papá, papi lo llamé siempre, con un amor casi reverencial, no fue un hombre de aventuras, ni audacias deportivas ni grandes jornadas a caballo. “El campo, ese terrible lugar donde las gallinas andan sueltas”, repetía con insistencia, citando a un humorista inglés que ya no quiero recordar. Fue un hombre de ciudad, un gozetas decíamos nosotros. Con una vitalidad instintiva, espontanea, irrefrenable. 

Tenía una inteligencia práctica fulgurante, un sentido común que desarmaba a todo el mundo. En un instante, vislumbraba la esencia de las cosas. Nunca tuvo mucha paciencia con la carreta de la burocracia o la academia. 

Yo le tenía un poco de miedo. Hace 20 años, ya al final de mi doctorado, traté de explicarle en detalle uno de los artículos de mi tesis. Después de quince minutos me dijo, “vos tenes que escribir un artículo para decir eso, güevón”. 

Era una de sus palabras favoritas. Cuando tenía yo la edad de Tommy, el profesor de geografía de primero bachillerato citó a varios estudiantes con sus padres al colegio a una hora y día impertinentes, un sábado a los 8 de la mañana. Ese día, el profesor se quejó largamente de nuestra falta de interés en las capitales del mundo. Mi papá escuchó con atención. “Está bien –dijo después de un rato– pero la próxima vez castígalos a ellos, no me castigues a mí güevón”. 

No toleraba la injusticia. Recordé hace poco una anécdota reveladora. En cuarto  bachillerato, una compañera de clase destrozó un ventanal con una tapa de pupitre en protesta contra la expulsión injusta de uno de nuestros amigos. Fue un estruendo de consecuencias, un gran escándalo, acompañado de la amenaza de una expulsión masiva.

Escribí (siempre he sido un voluntario para estas cosas) una versión del suceso escolar. La leí en frente de la clase. Redimía al amigo expulsado, a quien le entregué, ese mismo día, el manuscrito como una muestra de solidaridad. 

Los directivos del colegio citaron a los padres. Llegaron cumplidos, recuerdo. Ocuparon una mesa en un salón contiguo a la rectoría. Los estudiantes, todos de pie, formábamos un cuadrilátero alrededor de la mesa. El rector hizo un recuento de los hechos: el ventanal destrozado, el desprecio por la autoridad, las risas desafiantes y la altanería adolescente. El papá del compañero expulsado pidió la palabra. Leyó mi defensa de su hijo. Hacia unas pausas largas, enfáticas. Terminó la lectura con un gesto de alivio.

A la salida de la reunión me preguntó mi papá, “¿quién escribió el relato?”. “Yo”, respondí resignado. “Excelente”, me dijo con una risa cómplice. Así lo tengo en la memoria. Se trata, digamos, de una herencia familiar: la intolerancia ante la injusticia, la idea simple pero fundamental de que hay algunas cosas que no podemos aceptar.

Hace unos meses acusaron a un profesor de mi hijo Tomás de acoso sexual. Había sentado inocentemente a una niña en sus piernas. Iba a ser expulsado. “No hizo nada, es muy buena persona, qué injusticia, cómo hacen eso, además es gay”, dijo Tommy con los ojos aguados. Oyéndolo pensé inmediatamente, «la herencia está a salvo». El nieto tampoco sabe tolerar la injusticia. Papi: seguiremos rebelándonos un poco en contra de lo que no está bien en este mundo. 
Hace poco lo descubrí un domingo en la mañana, leyendo furtivamente, casi al escondido, uno de sus columnistas más odiados. “¿Para qué estas leyendo ese tipo?”, pregunté. “Para aumentar la rabiecita”, me contestó sin pensar. Siempre fue así, trató de conservar la rebeldía, el rechazo a la injusticia y la sinrazón. 

Pero su inteligencia, su sentido del humor y de la justicia no lo definieron plenamente. A mi papá lo definió el amor. Su historia fue una historia de amor. El amor a mi mamá (el más grande del mundo, un ejemplo para todos). El amor a sus hijos. El amor a sus nietos. El amor a sus hermanas. El amor a sus amigos. El amor a sus compañeros de trabajo. El amor a todos, incluido el amor a la vida, a esta cosa rara que es la vida en el tercer planeta del sol. 

A todos nos enseñó a vivir. “Qué vaina”, me dijo antier, despidiéndose. Sí papi, qué vaina. Aquí quedamos nosotros (todos, todos) deshechos, en pedazos, tratando, a tientas, de imaginarnos una vida sin tu amor, sin tu apoyo, sin tu presencia. Contigo se fue una parte de nuestras vidas. 

Chao papi. Gracias por todo tu amor. Te amamos.

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27 Comments

  • Reply
    Juan Jaramillo
    29 agosto, 2019 at 6:29 pm

    Alejandro, tú papá fue quien autorizó mi ingreso a EAFIT después de iniciado el semestre académico, porque estaba mamado en la otra universidad que estaba (no quiero decir cual) y no alcancé a entregar la papelería para EAFIT a tiempo, un personaje completo que tuve el placer de conocer de cerca cuando hice parte de la Organización Estudiantil.
    Un día me lo encontré en el parqueadero de San Fernado Plaza hace ya unos años; me saludó como si los años no hubiesen pasado, era un humanista y académico consagrado, y más que nada un excelente rector, muchas generaciones de EAFIT amamos nuestra universidad gracias al legado de tu papá, un abrazo enorme

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    Anónimo
    29 agosto, 2019 at 6:40 pm

    La mejor herencia que uno puede recibir y que le puede dejar a los hijos es ser buenas y justas personas

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    Anónimo
    29 agosto, 2019 at 8:41 pm

    La tarde del viernes en que conocí a tu papá me recibió en su oficina con una noticia tremenda. Me iba a costear el primer semestre de mi especialización en Estudios Políticos en Eafit. ¿Por qué lo hizo? Por su generosidad sin bordes, porque le dio la gana, porque le caí en gracia (supongo) o quizá porque trabajaba con Pascual. La verdad nunca lo supe. Desde entonces y siempre que me lo encontré por ahí, se levantaba de la mesa, estuviera quien estuviera a su lado, y me daba un estrujón. Así lo voy a recordar: con un vaso de whisky en la mano y su risa de trueno y su voz rasposa de músico country envejecido. Fuerza, Alejandro.

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    Sergio Gutiérrez
    30 agosto, 2019 at 12:41 am

    Doctor Gaviria. Un saludo solidario ante el fallecimiento de su padre. Que lástima la partida de esos seres humanos que tienen en su ADN ese impulso de revelarse contra la injusticia. Pero que alivio que, como usted mismo lo dice, la herencia de esos valores familiares está a salvo.

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    Unknown
    30 agosto, 2019 at 2:11 pm

    Alejandro, el año pasado tuve el placer de conocerte durante la entrega de reconocimientos y premios a los Líderes que hace la Revista Semana.
    Creo que gracias ti, a tu humanismo, sensibilidad y solidaridad con quienes padecen Enfermedades Raras, lo incluiste en el listado de quienes fueron tenidos en cuenta esa noche memorable.
    Había seguido tus pasos en el Ministerio de Salud, tu enfermedad y la integridad y sabiduría con la cual la enfrentaste y la superaste. Soy fiel lector de tus artículos y ahora tu libro…
    Todo este relato para decirte que, con esa hermosa semblanza de tu padre, qué gran señor, entiende uno de donde vienen tus profundas raíces, que, por lo que mencionas de tu hijo, se mantienen incólumes. Para orgullo tuyo y de tu padre.
    Abrazo solidario de parte de Pablo, mi hijo, y en el mío propio.
    Namasté…

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    Unknown
    30 agosto, 2019 at 11:16 pm

    Hay que acostumbrarse. No hay razón que quepa en la cabeza para digerir tremenda pérdida. Nos quedan los sentimientos que nos generaron, el amor que nos dieron y el ejemplo, sobre todo el ejemplo. En las mismas, un abrazo de un amigo.

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    FÉLIX
    31 agosto, 2019 at 1:15 am

    Un texto vital que toca las fibras de quienes hemos experimentado la partida de un ser querido. Escribir nos ayuda, de algún modo, a mitigar el peso de la ausencia que se viene. Abrazos señor Alejandro…

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    Ana Mercedes
    31 agosto, 2019 at 1:35 am

    Yo tambien me despedi hace poco de mi madre…y con el gran ser humano que ella era…me niego a pensar que su espiritú era solo para estas tres dimensiones en las que vivimos…sé que en esa cuarta dimensión donde ahora esta….su espiritú es feliz….esta cerca a Dios….lame to que tu no creas en él. Sí el mismo que escucho la periciön de tu hijo que le pidio que te quitara esa….+£€^@#&#-*$ enfermedad

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    MLEITO
    31 agosto, 2019 at 2:53 am

    Tan hermosos recuerdo y escritos asi,desde lo mas hondo de su alma. Me hace llorar, porque mi padre hace ya dicuenueve años se narchó y me dejó sola sin su compañía, lo musmo hizo mi madre unos años despues. Me hace llorar porque es recordar el dolor ver partir a los papás en su viaje sin regreso. Pasaran los años y entre mas envejecemos, esa soledad es mas profunda.Dejarlos ir es un deber y continuar nuestro camini también. Le deseo muchas noche de recuerdos y hermosos amaneceres cargados de ilusiones.

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    MLEITO
    31 agosto, 2019 at 2:59 am

    Escribir en teclado tan pequeño me resulta un karma, pido,disculpas errores de redacción

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    Diana Lisbeth Velasquez Orozco
    31 agosto, 2019 at 3:00 am

    Hola Buenas Tardes Dr. Alejandro, en días pasados tuve la oportunidad de leer un discurso de graduación de su Padre, en el que hacía referencia a siete sugerencias o siete consejos. Con esas palabras comprendí que la sencillez, el sentido humanista y de llevar la contraria, se llevan en la sangre y hacen la diferencia en esta sociedad.
    Al ver la publicación de los 80 años de su papá, pensé en el gran privilegio que usted tuvo de disfrutarlo y de que él estuviera en cada uno de sus triunfos (mi padre falleció cuando tenía 13 años de edad, sin embargo fue un gran ejemplo para mi).

    Un abrazo desde Cali,
    Diana y un saludo de mi Madre

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    Liliana
    31 agosto, 2019 at 3:09 am

    Que bonito relato en medio del dolor. Dr Gaviria usted ha sido un hombre fuerte. Un saludo. Dios les conceda serenidad y fortaleza.

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    Unknown
    31 agosto, 2019 at 3:18 am

    Ud me motiva a leer, se lo agradezco, de hecho lo leo desde que fue ministro. Ahora senti esa profunda admiración hacia su papá, como algun día lo escribí, ud es brillante y su irreverencia y ser crítico lo admiro.

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    Unknown
    31 agosto, 2019 at 7:24 am

    Cuando yo estaba en la U vendía ropa interior de dama y cds. Ya entenderán aproximadamente que año. Un día me vio los catálogos de las viejas de ropa y me dijo: "claro usas de gancho el catálogo de las mujeres en ropa interior, para que te compren cd de música. Y desde ese momento se volvió mi cliente de los cd de música.

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    Sherezada
    31 agosto, 2019 at 12:37 pm

    Dr. Gaviria, usted es un hombre afortunado. Tuvo un gran padre. El que me tocó a mí no merece ni una sola línea.

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    Unknown
    31 agosto, 2019 at 2:28 pm

    La vida es eso… Un momento para pasar por el corazón momentos memorables 🤗🤗🤗

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    Hilda Restrepo O
    31 agosto, 2019 at 6:34 pm

    De mi parte: "su herencia está a salvo:

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    MARÍA TERESA HERRÁN
    31 agosto, 2019 at 8:34 pm

    Hay personas que uno no conoce mucho pero que trasmiten queridura por ósmosis; personas que tienen la capacidad innata de ser transparentes, de tener una ingenuidad que los sitúa por encima de cualquier mezquindad. Juan Felipe Gaviria era una de ellas. María Teresa Herrán

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    LuisO
    31 agosto, 2019 at 8:39 pm

    Colombianos así necesitamos más en nuestra querida Colombia. Un saludo.

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    LIZA
    1 septiembre, 2019 at 1:47 am

    Doctor Buenas noches soy una fiel seguidora suya vivo en Bucaramanga soy enfermera profesional de la UIs vivo en Bucaramanga y de caracter urgente tengo algo que comentarle es importante y creo que por favor deberia escucharme mi correo es glizarazog@gmail.com espero me conteste necesito su amable colaboraciòn

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    Felipe Calvo
    1 septiembre, 2019 at 7:56 am

    Con la misma sonrisa cómplice del recuerdo del colegio, con esa misma sonrisa, el lo estará acompañando cada vez que honre su memoria a través del amor y la defensa de lo injusto, y toda vez que eso suceda, también será para usted la mejor manera de preservar su recuerdo y herencia inmaterial. Un abrazo Alejandro.

  • Reply
    Unknown
    1 septiembre, 2019 at 11:28 am

    Un abrazo.

  • Reply
    Anónimo
    2 septiembre, 2019 at 1:21 am

    Animo Alejandro. Tuviste la fortuna de tenerlo y acompañarlo en el lecho de muerte. Yo hace 20 años, junto con mi familia enterramos nuestro padre y esposo, fruto de la violencia, y la intolerancia que por décadas a vivido esta país. Saludos cordiales y exitos en tu nueva etapa en la Universidad de los Andes.

  • Reply
    Unknown
    3 septiembre, 2019 at 12:04 am

    Un ser excepcional. Me recuerda a mi padre.

  • Reply
    Monik
    3 septiembre, 2019 at 12:14 am

    Que lindo, se nota el gran amor que se tuvieron ambos, se me chocolatiaron los ojos al sentir lo que quisiste expresar con este texto tan bello.

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    Erikale Gordillo
    10 septiembre, 2019 at 10:06 am

    Estimado Alejandro, un fuerte abrazo de condolencias y un gracias infinito por este escrito que como otros tantos suyos me enseñan mucho. Un favor, quisiera compartir un sueño y un proyecto colectivo de cambio en enfermería y salud, donde podemos escribirle? nuestro email enfermeriageneropoliticas@gmail.com; erikalegordillo@gmail.com

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    Viviana María
    10 septiembre, 2019 at 6:31 pm

    Siempre siendo ejemplo. Gracias por compartirnos esto y mucha fortaleza estimado Alejandro Gavriria.

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