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13 noviembre, 2011

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Voracidad

¿Qué tienen en común los estudiantes colombianos, los ocupantes de Wall Street y los indignados españoles o griegos? Casi nada. Más allá de las apariencias y de la retórica antisistema, los motivos reales del descontento, las causas últimas de la agitación social son diferentes. Los ocupantes de Wall Street, de la Plaza de Mayor y de la Plaza de Bolívar no son compañeros de los mismos infortunios. Enfrentan problemas distintos. Opuestos incluso.

En Grecia, en Italia y en la misma España, el problema es la quiebra del estado de bienestar, el fracaso de la socialdemocracia al debe, de la idea (extraña) según la cual los ciudadanos tienen derechos que superan por mucho su disposición a pagar por ellos. En buena parte de Europa, el estado de bienestar tendrá que reducirse sustancialmente. El ajuste será inevitable: habrá menos empleos, menos subsidios y menores salarios. Pero nadie quiere perder lo suyo: los trabajadores quieren conservar las gabelas; los jóvenes, los subsidios, etc. No hay acuerdo sobre quién pagará los platos rotos de la quiebra estatal. Las protestas son el reflejo de ese desacuerdo, de las tensiones sociales generadas por el empobrecimiento.

En Estados Unidos, el problema no es la quiebra del estado de bienestar, sino el rompimiento del contrato social. A diferencia de los europeos, los estadounidenses fueron históricamente tolerantes a la desigualdad: soportaban, de buena gana incluso, la opulencia ajena, el enriquecimiento de unos pocos, pues sabían o creían que era uno de los costos a pagar por la prosperidad, por el progreso continuo de la clase media. Pero este contrato se rompió en mil pedazos. Ahora hay enriquecimiento de una minoría (el proverbial 1%) sin prosperidad general: los ingresos de la clase media no han crecido en una generación. Las protestas son, en últimas, el reflejo más visible de la insatisfacción con un sistema que genera desigualdad y no crea prosperidad. Los ocupantes de Wall Street lamentan no tanto la disminución del Estado, como la consolidación de un orden injusto en el cual los ganadores se quedan con casi todo.

En Colombia, el problema es otro. El tamaño del Estado está creciendo. Los recortes parecen cosa del pasado. Aunque la desigualdad no ha disminuido, los ingresos de la mayoría van en aumento. La clase media se duplicó en menos de una década. El progreso es innegable. Pero las expectativas de una bonanza económica, de una riqueza casi caída del cielo, han elevado las expectativas de la gente. Todo el mundo quiere más. Los médicos quieren cobertura universal de salud sin ningún límite. Los estudiantes quieren educación superior gratuita y de calidad para todos. Los jueces quieren una renta permanente de 2 o 3% del PIB. Los empresarios quieren mejor infraestructura y menores impuestos. Los ciudadanos quieren servicios públicos gratuitos. En fin, las expectativas de prosperidad han multiplicado los apetitos, las aspiraciones (todavía insatisfechas) de muchos grupos sociales. Voracidad llaman algunos economistas a este fenómeno.

El cuento es simple. En Europa y Estados Unidos, las protestas son consecuencia del empobrecimiento real; en Colombia, del enriquecimiento supuesto. Allá se quejan por lo perdido. Aquí por lo no ganado. Allá los problemas políticos son acuciantes. Aquí apenas emergentes. Allá está en juego el presente. Aquí nos estamos jugando el futuro.