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28 mayo, 2011

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Mockus vs. Peñalosa

El enfrentamiento entre Antanas Mockus y Enrique Peñalosa no es una rencilla irrelevante. No es un simple choque de egos. No es un rifirrafe más de un partido minoritario. La disputa entre los dos ex alcaldes bogotanos constituye uno de los capítulos más interesantes (y reveladores) de la política contemporánea de este país. Más allá de sus dichos y sus hechos, Mockus y Peñalosa representan, de manera casi caricaturesca, dos visiones opuestas, contrarias del quehacer político.


De un lado están los políticos de principios únicos, los cruzados, los que rechazan, casi por instinto, cualquier transacción ideológica. “No soy perfecto pero no soy un cínico”, dijo Mockus esta semana. En su opinión, el cinismo, esto es, la aceptación explícita de que la búsqueda del poder requiere algún grado de flexibilidad programática, es el peor de los defectos. Los cruzados sospechan de los acuerdos. No creen en las alianzas. Sólo parecen dispuestos a juntarse con quienes adhieren (o juran fe eterna) a sus convicciones primordiales. Prefieren, claramente, la soledad a unas supuestas malas compañías.

De otro lado están los políticos conciliadores, los flexibles, los dispuestos a conversar con todos, incluso con sus enemigos ideológicos. Los políticos flexibles no ven el mundo en blanco y negro. No piensan que su tarea sea una cruzada inaplazable. “En la campaña presidencial enviamos el mensaje que todos los demás eran corruptos menos nosotros. Nosotros no somos un tribunal de la inquisición. Hoy se impone la búsqueda de alianzas…Necesitamos un candidato que convoque a todos los sectores. Pensamos que Bogotá debe tener una propuesta incluyente, de diversas miradas de la ciudad”, dijo esta semana Lucho Garzón en defensa de la alianza del Partido Verde con el Partido de la U. En su opinión, el peor defecto de la política no es el cinismo o el oportunismo, sino la intolerancia, el arribismo moral, la tendencia inquisidora de los cruzados. Los políticos conciliadores no le temen a las alianzas contradictorias, no suponen, de entrada, la existencia de una disyuntiva inevitable entre la soledad y las malas compañías.

Los cruzados se presentan muchas veces como héroes trágicos: sus fracasos, dicen, son un reflejo de sus virtudes. Los conciliadores sospechan de este heroísmo autoproclamado, lo consideran más una forma de escapismo que una virtud inconveniente. Para los cruzados, como lo sugirió Mockus esta semana, “perder es ganar un poco”. Para los conciliadores, como lo ha sugerido Peñalosa varias veces, “ganar implica muchas veces perder un poco”. Para los cruzados, las ideas cuentan más que la victoria. Para los conciliadores, la victoria es necesaria para poner en práctica las ideas. Para los cruzados, vale más la devoción de los fieles que la adhesión de las mayorías. Para los conciliadores, la devoción de unos cuantos es irrelevante sin el apoyo de las mayorías.

No es fácil escoger entre cruzados y conciliadores. Por mi parte, estoy convencido de que la política necesita algún grado de flexibilidad, de tolerancia, de capacidad de negociación. Termino con Maquiavelo como corresponde: “Es imposible ser al mismo tiempo buen hombre y buen príncipe. Quien quiera ganar la gloria política debe renunciar al cielo; quien busque la salvación sacrificará su reino”.