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agosto 2010

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¿Reforma agraria?

Los problemas del campo colombiano son acuciantes. La economía rural está mal. La agricultura no ha podido despegar. Creció a una tasa apenas superior a dos por ciento durante la última década. Más parece un vagón de tercera clase que una locomotora. Adicionalmente la pobreza rural es alarmante. Dos terceras partes de los residentes en zonas rurales son pobres. El ingreso promedio de un trabajador no llega a los 350 mil pesos mensuales. Muchos jóvenes campesinos prefieren el desempleo a un empleo mal pagado como jornaleros o trabajadores agrícolas. En general, el principal problema del campo no es la desocupación: es la pobreza o los malos empleos.
El debate sobre los problemas del campo ha vuelto a un primer plano. El nuevo gobierno ha abierto un espacio para la discusión y el análisis. Tal como sucedió hace 50 años, la necesidad de una reforma agraria, de una redistribución de la tierra, acapara buena parte de la atención de los analistas y la opinión pública. Hoy, como entonces, como en el histórico debate entre Carlos Lleras Restrepo y Lauchlin Currie, los méritos de una reforma agraria siguen siendo debatidos. Y debatibles.

En octubre de 1960, en Montería, en medio de los aplausos de miles de campesinos, Carlos Lleras Restrepo defendió con vehemencia los méritos de una ley agraria. “Creo ya estar un poco viejo, un poco maltrecho por los años y las dificultades, pero no resisto la tentación de volver en unos años a estas tierras de Córdoba, cuando se haya aplicado la ley agraria a ver si esta comarca se ha transformado y si puedo saludar al campesino a la puerta de un hogar propio, trabajando en una parcela propia, con dignidad y sin los problemas que le han sido comunes”. La reforma agraria, pensaba Lleras, solucionaría el estancamiento de la agricultura y el empobrecimiento rural, mediante la creación de una economía campesina dinámica, una locomotora hecha de miles de pequeñas unidades capaces de producir eficientemente y de unir fuerzas en cooperativas o asociaciones de productores.

En 1961, el economista norteamericano Lauchlin Currie presentó una visión alternativa, opuesta a la visión romántica, casi bucólica, de Lleras Restrepo y sus discípulos. Currie abogó por el aprovechamiento de las economías de escala en las zonas planas y la migración de campesinos a las ciudades en busca de empleos mejor remunerados en la industria y la construcción. Cincuenta años después, los empleos urbanos ya no están en la industria, sino en actividades menos productivas en los sectores de servicios y comercio. Currie no previó el agotamiento industrial. Pero su defensa del capitalismo agrícola, de una locomotora basada en explotaciones de una mayor escala y unos mayores niveles de mecanización sigue teniendo vigencia.

Probablemente una reforma agraria sea la única forma de acabar con algunos reductos semifeudales que aún existen en Colombia. Pero no va a resolver los problemas del campo y la agricultura. Existen otras prioridades: la restitución de tierras a los desplazados, la reorientación de las ayudas estatales hacia la provisión de bienes públicos (vías de comunicación, infraestructura de riego, capacitación técnica, etc.) y la promoción de actividades rurales no agrícolas. Cincuenta años después, no parece conveniente agotar todos los ímpetus reformistas en un nuevo intento de reforma agraria.

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Piratas honrados

Los medios nacionales presentaron esta semana un video, elaborado por la Asociación Colombiana de Grasas y Aceites Comestibles, que denuncia la operación de un peligroso cartel dedicado a la comercialización ilegal de aceites. Con una truculencia que envidiaría el mismo Pirry, a través de una serie de imágenes temblorosas filmadas con una cámara oculta, el video delata todos los eslabones del negocio: la compra al por mayor, la venta a granel, la frescura del tendero, el oportunismo de la compradora, en fin, la impunidad de todo el proceso. El cartel del aceite pirata, dice el narrador con una seriedad casi infantil, está poniendo en riesgo la salud de los colombianos.

Casualmente esta misma semana, la Corte Constitucional avaló una ley, aprobada por el Congreso en julio del año anterior, que prohíbe la venta de cigarrillos al menudeo. La intención del legislador, avalada por la Corte, era disminuir el consumo de tabaco de los menores de edad y por lo tanto proteger su salud. La intervención en los mercados, dijo la Corte, está justificada cuando no limita otros derechos. La Corte, sobra decirlo, sólo opina sobre asuntos constitucionales. El sentido común no hace parte de sus preocupaciones.

Hay en todo lo anterior y en otros intentos similares (el Gobierno trató hace un tiempo de prohibir la llamada venta de minutos) una especie de ilusión regulatoria. ¿De qué manera van a impedir las autoridades la venta de cigarrillos sueltos? ¿Van a poner a los policías bachilleres a esculcarles los cajones a millones de vendedores ambulantes? ¿Qué va a pasar cuando los primeros encuentren una cajetilla destapada? ¿Decomisarán el cajón con todo el surtido? ¿Arrestarán al ventero? ¿O improvisarán un espectáculo público donde los culpables tendrán que pedir excusas por envenenar a nuestros niños y arriesgar nuestro futuro precisamente ahora que nos llegó la hora? Finalmente, ¿qué pasará, dios no lo quiera, si un tendero es descubierto vendiendo cigarrillos al menudeo y aceite a granel? ¿Cadena perpetua?

Estos intentos regulatorios revelan también una gran dosis de hipocresía. Cada semana políticos y empresarios cantan alabanzas al capitalismo popular. Pero cuando éste se les aparece en persona, salen despavoridos y proponen, entonces, regularlo en nombre del interés común o en favor de la sufrida industria nacional. En la mañana del viernes estuve unos minutos preguntándoles a varios vendedores ambulantes si dejarían de vender cigarrillos sueltos en caso de que una ley lo prohibiera. Todos dijeron lo mismo: “hay que darle al cliente lo que pide y si no lo hacemos nosotros lo van a hacer otros”. Hay leyes tan absurdas que cabe celebrar su incumplimiento.

Esta discusión cobra una relevancia adicional, habida cuenta de la campaña de formalización empresarial anunciada esta semana. La informalidad no es una aberración cultural o un capricho nacido de la ignorancia o la ambición como parece suponer el Gobierno. Todo lo contrario. La informalidad es la razón de ser, la esencia de muchos negocios. Si usted formaliza los tenderos que venden aceite o cigarrillos en cantidades menores, no los vuelve más productivos: los liquida, con consecuencias adversas para mucha gente. Ciertas formas de piratería, cabe reconocerlo, contribuyen positivamente el bienestar general.

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Sorpresa

En 1989 Carlos Menem fue candidato a la presidencia de Argentina por el Partido Peronista. Durante la campaña siguió al pie de la letra la tradición programática de su partido. Propuso una renegociación de la deuda externa y prometió no privatizar ninguna empresa estatal. Criticó las propuestas de ajuste fiscal (los recurrentes paquetazos) y propuso, en su lugar, un “salariazo”, un aumento en los salarios reales de los trabajadores. Pero una vez posesionado rompió, una por una, todas las promesas de campaña. En los primeros días de la presidencia nombró como jefe negociador en Washington a una figura de la oposición y puso en marcha un severo plan de ajuste económico, un monumental paquetazo. “Necesitamos una cirugía profunda, no un poco de anestesia”, afirmó en uno de sus primeros discursos.
En 1990 Alberto Fujimori siguió los pasos de su homólogo argentino. Se presentó como el candidato “antichoque” pero una vez posesionado, apenas en la segunda semana de su primer mandato, puso en práctica uno de los programas de choque más severos en la historia de América Latina. Durante la campaña, uno de sus asesores le aconsejó que tratara de aparecer más como un estadista y menos como político. “Si no pienso como un político ahora jamás tendré la oportunidad de ser estadista”, respondió con sinceridad maquiavélica, con el mismo pragmatismo ideológico de Menem.
Los ejemplos anteriores (y otros tantos menos dramáticos pero igualmente representativos) llamaron en su momento la atención de muchos analistas políticos. El argentino Guillermo O’Donnell señaló, hace ya quince años, que en muchos países de América Latina la democracia representativa había sido desplazada por una forma de gobierno más precaria, menos desarrollada, la “democracia delegada”. En esta última, no hay plataformas, ni mandatos. Durante las campañas, los políticos dicen lo que la gente quiere oír. Ya en el gobierno, hacen lo que estiman conveniente, lo que les da la gana. El electorado delega y juzga en retrospectiva, no repara en las inconsistencias entre lo prometido y lo actuado.
A juzgar por lo ocurrido en su primera semana de gobierno, Juan Manuel Santos parece un buen ejemplo de lo mismo, de un cambio inmediato y abrupto en las políticas. Durante la campaña, enfatizó las similitudes con el presidente Uribe y la importancia de la continuidad de unas políticas y un estilo. Pero en su primera semana de gobierno, cambió radicalmente. Recibió a Chávez con todos los honores. Planteó la posibilidad de una negociación con las Farc. El jueves su Ministro de Hacienda mencionó que está estudiando un desmonte de las exenciones y ayudas fiscales creadas durante los últimos ocho años. Si en la campaña la estrategia era la mimetización, ya en el gobierno parece ser la diferenciación.

El presidente Santos ha confundido a propios extraños. Algunos de sus electores se han declarado decepcionados; muchos de sus opositores, gratamente sorprendidos. Yo me encuentro entre los segundos pero no puedo dejar de notar los problemas de la democracia delegada. Si los políticos pueden renunciar fácilmente a sus principales promesas, las elecciones se convierten en poco más que una farsa. Al fin y al cabo, la democracia está basada en un intercambio de promesas por votos que implica, al menos, cierta coincidencia entre las palabras del político y los actos del gobernante.
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Condecorados

“Actuaremos con sobriedad en distinciones y condecoraciones”, dijo esta semana el presidente Juan Manuel Santos. En teoría, esta declaración sobra. Por mandato legal los gobiernos deben salvaguardar el valor de las distinciones oficiales. Pero en la práctica, en el mundo imperfecto de la política, sucede todo lo contrario. Los gobiernos reparten honores con una generosidad desmedida. El Ejecutivo ya no controla la emisión de monedas y billetes. Pero sí maneja la emisión de distinciones y medallas. Y lo hace con una laxitud previsible. Al final de los períodos de gobierno, la emisión de distinciones crece exponencialmente. La Cruz de Boyacá se convierte, entonces, en una unidad de pago más o menos corriente.

En su última semana de gobierno, el presidente Uribe entregó condecoraciones por doquier. A diestra y siniestra. Muchos funcionarios fueron condecorados. El vicepresidente Santos recibió la Orden de Boyacá en uno de sus mayores grados. Los políticos antioqueños Manuel Ramiro Velásquez y Juan Gómez Martínez también recibieron la famosa condecoración. El mes pasado la había recibido Bernardo Guerra Serna, otro cacique electoral antioqueño. Y hace dos años, Álvaro Villegas Moreno, otro más de los barones electorales de la tierrita. No faltó ninguno por condecorar. Todos salieron premiados. Así pasa con los honores. Mientras más se entregan, más se devalúan y más numerosos son los aspirantes. En economía, esto tiene un nombre: inflación.

Pero la feria de condecoraciones no fue sólo para funcionarios y políticos. El sector privado también disfrutó la generosidad oficial. Los empresarios Manuel Santiago Mejía y Rodolfo Segovia recibieron la Orden de Boyacá esta semana. Antes la habían recibido muchos otros hombres de empresa: José María Acevedo, los hermanos Chaid Neme, Hernán Echavarría, Carlos Manuel Echavarría, John Gómez Restrepo, Gabriel Harry, Tito Livio Caldas, Julio Mario Santo Domingo, Luis Carlos Sarmiento y otros. Para muchos empresarios, las condecoraciones se convirtieron en simples decoraciones, en un ornamento más para sus oficinas.

Hace cuatro años, el “empresario tolimense” Jorge Barón también recibió la famosa Cruz de Boyacá. “Su programa es un escenario para los sisbenizados… Usted ha logrado una simbiosis colombiana entre televisión y pueblo. Su creatividad, su genio programador, su capacidad de expresión estética, tienen una raíz: el conocimiento de lo mejor de nuestra cultura”, dijo el presidente Uribe en su momento. La inflación se nota hasta en los discursos. En 1994, antes de su desastrosa actuación en el Mundial de los Estados Unidos, la selección Colombia recibió la consabida distinción en su máximo grado. Las condecoraciones ex ante, entregadas no como reconocimiento sino como acicate, son sin duda una innovación colombiana.

“La patria ha reservado la Cruz de Boyacá para sus mejores hijos, para sus héroes”, dijo el presidente Uribe en varias ocasiones. En apariencia estamos llenos de hijos ilustres. Los caciques electorales, los empresarios, los funcionarios, los deportistas, todos, casi sin distinción, son héroes de la patria. Tristemente un país con demasiados héroes es lo mismo que un país con ninguno.

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Corte de cuentas

Llegó la hora de los balances, de los análisis retrospectivos, del corte de cuentas. Esta columna hace un examen preliminar del progreso socioeconómico del país durante la era Uribe. El énfasis del examen es comparativo. Las comparaciones, lejos de ser odiosas, son indispensables. En economía, el bien de muchos puede ser el orgullo de los tontos. En últimas, los logros de un gobierno o de un mandatario sólo son discernibles desde una perspectiva comparada.

Entre 2002 y 2009, Colombia fue el campeón latinoamericano de la inversión. Medida como porcentaje de la producción total, la inversión en Colombia creció 50%. En la región como un todo, creció a una tasa mucho menor, cercana a 20%. Pero la inversión no es un fin en sí mismo. La confianza de los inversionistas sólo importa si contribuye al bienestar de la gente, al crecimiento económico y al aumento del empleo. Durante la era Uribe, el crecimiento promedio anual de la economía apenas superará el 4%, una tasa similar a la observada en los países grandes de América Latina, pero dos puntos por debajo a la observada en Perú, el país de mejor desempeño durante la última década. En los últimos años, el crecimiento económico fue aceptable, no deficiente pero tampoco excepcional. Colombia, eso sí, recuperó su medianía histórica, su mediocridad tradicional.

Colombia es actualmente el campeón del desempleo en la región, un honor nada honorífico. De los países grandes de América Latina, Colombia es el único que aún presenta una tasa de desempleo de más de dos dígitos. En 2002, la tasa de desempleo estaba 2,5 puntos porcentuales por encima de la tasa promedio de las siete mayores economías de la región. En 2009, estaba ya 3,0 puntos por encima. En términos relativos, la situación del empleo empeoró durante la era Uribe. La pobreza disminuyó menos rápidamente que en la región, un resultado previsible dados el similar crecimiento y el mayor desempleo observados en el país. En la totalidad de los países latinoamericanos, 32 millones de personas (6% de la población total) salieron de la pobreza entre 2002 y 2009. En Colombia lo hicieron 1,7 millones de personas, aproximadamente 4% del total de la población. En términos relativos, también nos rajamos en reducción de la pobreza. Avanzamos, sí, pero a un ritmo menor, mucho menor podríamos decir.

Pero el peor resultado social de los últimos años, el más preocupante y nocivo, ha sido la creciente división de la sociedad colombiana en dos partes, una que disfruta de los beneficios de la inversión y la modernización de la economía, y otra que debe resignarse a la informalidad y contentarse con los subsidios estatales, el único instrumento de cohesión social. La informalidad laboral, esto es, la exclusión de más de la mitad de la población de la economía moderna, ha contribuido a la perpetuación de unos niveles muy altos, inaceptables en cierto sentido, de desigualdad del ingreso. En suma, durante los últimos ocho años tuvimos, en términos relativos, mayor inversión, igual crecimiento, más desempleo y más pobreza. Finalmente, los subsidios no impidieron, no pueden hacerlo, la exclusión económica asociada con la informalidad laboral, con la desaparición del empleo para amplios sectores de la población.